La economía democratizada
(A partir de la ponencia desarrollada por el filósofo y político Antoni Comín con el título de “Democracia económica”.)
La ciudadanía en conjunto, el pueblo, somos la depositaria de la soberanía nacional en la generalidad de los Estados liberales. Asimismo, los países en los que se ha pretendido aplicar estatalmente el socialismo se denominan, a menudo, repúblicas populares. Y hasta los regímenes más autoritarios pretenden justificar su poder como emanado del pueblo. Así, por lo menos en los pronunciamientos teóricos e institucionales, la generalidad de las naciones son democracias, regímenes donde el ejercicio del poder político consistiría -según la célebre expresión de Abraham Lincoln- en “el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”. Por ello, no se justifica que en todos esos espacios de soberanía no se haya extendido ya la libertad, la igualdad y la solidaridad, cumpliendo con los Derechos Humanos hasta erradicar las condiciones de vida indignas de sus sociedades. La justicia social sigue siendo la gran cuestión pendiente.
A lo largo del siglo pasado se pugnó por conseguir este fundamental objetivo de interés general desde dos modelos antagónicos, representados por las democracias capitalistas y los socialismos de Estado. Pero el capitalismo, desde su propia constitución, ha demostrado ser profundamente antidemocrático. En estos tiempos de azote neoliberal, en el que la concentración de poder y riqueza en manos de unos pocos alcanza las mayores cotas, mientras el empobrecimiento generalizado de las poblaciones se extiende vertiginosamente, el supuesto “fin de la historia”, la pretendida síntesis definitiva de la Democracia y el Capital, se evidencia como un puro esperpento: el sistema económico imperante no deja de drenar -caiga quien caiga- los recursos generales a beneficio de los antisociales intereses privados. Porque a los más poderosos nunca les ha interesado la suerte del pueblo.
Los experimentos estatales del “Socialismo real” tampoco han resultado eficientes en el ámbito económico, ni respetuosos con las dignidades democráticas: la República popular China, la fábrica del mundo, es un auténtico horror en derechos humanos y en condiciones materiales de vida para la gran mayoría de sus ciudadanos, y una incontestable muestra de lo bien que se llevan el capitalismo y el autoritarismo. De hecho, el pensador Cornelius Castoriadis definió a este tipo de regímenes como “Capitalismo de Estado”.
Ser desangrados, en nombre de “la libertad”, por poderes fácticos o permanecer subyugados, defendiendo “la igualdad”, por burocracias estatales ¿Nos queda alguna alternativa la gente de a pié?
Nos queda mucho: la fraternidad, la solidaridad comunitaria, la autogestión democrática, el socialismo civil, el mercado social. La democracia económica es un asunto de la sociedad civil. Entre un sector público que tiende al autoritarismo y un sector privado regido por el interés particular, está “el tercer sector”, conformado por iniciativas que, desde el pluralismo y la libre concurrencia, pretenden cumplir con fines de interés social. Las concepciones elitistas del poder pueden dejar paso a diseños horizontales y autónomos de autoridad compartida, donde la competencia y la responsabilidad lo sean solo por el interés general. Finanzas éticas, empresas de economía social, consumo responsable, redes democráticas de empoderamiento civil, socialización de la propiedad. Todo un conjunto de realidades incipientes cargadas de futuro, si nos activamos, personal y conjuntamente, a ello. Compartir, de manera sostenible, los esfuerzos y los frutos solidariamente o subsumirnos en una insoportable tiranía globalizada. Ya poco más nos queda.
A lo largo del siglo pasado se pugnó por conseguir este fundamental objetivo de interés general desde dos modelos antagónicos, representados por las democracias capitalistas y los socialismos de Estado. Pero el capitalismo, desde su propia constitución, ha demostrado ser profundamente antidemocrático. En estos tiempos de azote neoliberal, en el que la concentración de poder y riqueza en manos de unos pocos alcanza las mayores cotas, mientras el empobrecimiento generalizado de las poblaciones se extiende vertiginosamente, el supuesto “fin de la historia”, la pretendida síntesis definitiva de la Democracia y el Capital, se evidencia como un puro esperpento: el sistema económico imperante no deja de drenar -caiga quien caiga- los recursos generales a beneficio de los antisociales intereses privados. Porque a los más poderosos nunca les ha interesado la suerte del pueblo.
Los experimentos estatales del “Socialismo real” tampoco han resultado eficientes en el ámbito económico, ni respetuosos con las dignidades democráticas: la República popular China, la fábrica del mundo, es un auténtico horror en derechos humanos y en condiciones materiales de vida para la gran mayoría de sus ciudadanos, y una incontestable muestra de lo bien que se llevan el capitalismo y el autoritarismo. De hecho, el pensador Cornelius Castoriadis definió a este tipo de regímenes como “Capitalismo de Estado”.
Ser desangrados, en nombre de “la libertad”, por poderes fácticos o permanecer subyugados, defendiendo “la igualdad”, por burocracias estatales ¿Nos queda alguna alternativa la gente de a pié?
Nos queda mucho: la fraternidad, la solidaridad comunitaria, la autogestión democrática, el socialismo civil, el mercado social. La democracia económica es un asunto de la sociedad civil. Entre un sector público que tiende al autoritarismo y un sector privado regido por el interés particular, está “el tercer sector”, conformado por iniciativas que, desde el pluralismo y la libre concurrencia, pretenden cumplir con fines de interés social. Las concepciones elitistas del poder pueden dejar paso a diseños horizontales y autónomos de autoridad compartida, donde la competencia y la responsabilidad lo sean solo por el interés general. Finanzas éticas, empresas de economía social, consumo responsable, redes democráticas de empoderamiento civil, socialización de la propiedad. Todo un conjunto de realidades incipientes cargadas de futuro, si nos activamos, personal y conjuntamente, a ello. Compartir, de manera sostenible, los esfuerzos y los frutos solidariamente o subsumirnos en una insoportable tiranía globalizada. Ya poco más nos queda.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.









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