No sólo fracaso escolar
Niños y jóvenes de nuestros tiempos se muestran más ocupados en el uso compulsivo de todos esos elementos modernos de las telecomunicaciones y redes sociale
Niños y jóvenes de nuestros tiempos se muestran más ocupados en el uso compulsivo de todos esos elementos modernos de las telecomunicaciones y redes sociales, que en sus estudios. Móviles, Ipads, Wasaps, tablets, Internet, los “cookies”, Play Stations y demás, acaparan la atención de miles de adolescentes de este país. ¡Ah! También de sus padres y abuelos, a los que vemos embobados en las calles con sus nuevas adquisiciones digitales. Parece que se ha extendido la epidemia de la “digitalmanía” que afecta tanto a mayores como pequeñitos.
Lo malo es que a bastantes estudiantes, de los que sus padres estaban orgullosos por su inteligencia, les han comido también el coco y han ido por la senda de la digitalización mediática y, a veces, sin sentido, que les está colocando en una situación peligrosa, sobre todo si se trata de dilucidar su futuro.
Este verano me he encontrado con algunos padres y abuelos y se mostraban disgustados porque sus hijos y nietos habían suspendido tres, cuatro, seis asignaturas, o más, debido a que se pasaron el curso utilizando todos esos aparatitos aludidos, porque no han dado golpe y no le prestaban atención a sus estudios. Así que tenían que examinarse en septiembre,y hasta dudaban que pudieran aprobar todas las asignaturas suspendidas.
Un fracaso escolar que, como vemos, no hay que atribuirlo exclusivamente al sistema educativo o a los alumnos, sino que, en parte, se debe también a la actitud, para mí, irresponsable, de determinados padres que ávidos por complacer, de forma equivocada, a sus hijos, les proporcionan todos los caprichos habidos y por haber. Desde la más tierna infancia quieren que tengan “lo último” en modas, en aparatos, en móviles, en una competición sin sentido, a veces, fuera de sus posibilidades económicas, echándose en la boca más de lo que pueden comer. No pueden quedarse desfasados, como si en ello les fuera la vida. Les han acostumbrado a un consumismo feroz que los comercios y fabricantes se encargan de desarrollar, promover y extender.
Todos estos aparatos a los que aludo requieren un control por parte de los progenitores, una dosificación, unos momentos en los que pueden utilizarlos, para que no produzcan efectos nocivos, tanto para su conducta como para su responsabilidad. Lo que no se puede hacer es que haya una vía libre y estén todo el día dale que dale.
En los niños ese uso excesivo de tales aparatos (que incluso pueden ser beneficiosos en determinados momentos) les hace caer en el descuido de sus tareas escolares, a no ser que tengan unos padres que les hayan inculcado disciplina y responsabilidad, que, por lo que se ve, son cada vez menos. Se desentienden de lo que realmente importa. O sea, de labrar el futuro de los jóvenes de este país.
La guida de este desastroso pastel lo tienen, sin duda, las actitudes inhibidoras de ciertos progenitores que no se ocupan mucho de sus hijos adolescentes. Y lo que es peor, no saben ejercer su autoridad sin que ésta se convierta en tiranía, en despotismo o en irracionalidad.
No les suelen aconsejar, en especial en esas edades en las que a ellos les gusta experimentar; no intiman con ellos, no les previenen de los peligros que les acechan “por ahí fuera”: el alcohol, las drogas, de las influencias de las malas compañías. Algunos no saben realmente dónde se encuentran cuando salen. Quizás les digan que están en casa de algún amigo o amiga estudiando, pasando el fin de semana. Pero no lo comprueban. Entonces puede darse el caso (quizás muchos casos) en los que esos menores de edad forman parte de un grupo de ruidosos litroneros; de consumidores precoces de bebidas alcohólicas o de estupefacientes, o que se introducen en sospechosas discotecas donde les está prohibida la entrada y puede pasar cualquier cosa. Muchos padres, por desgracia, ni se enteran. Su responsabilidad, como tales, está por los suelos.
Así que, si bien hemos estado asistiendo al fracaso escolar de miles de niños canarios, y españoles en general, también estamos contemplando de una forma creciente el fracaso como padres. Si falla la familia, falla la sociedad. El futuro de una nación dependen de una estructuración familiar idónea y de una buena educación.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.









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