Hacer (se) amigos
El gusto de vivir tiene mucho que ver con el estar con las amistades, nuevas o de siempre, superficiales o profundas
Para quienes pueden, estos días y noches de relajo son ocasión de reencontrarse y estar con las amistades y de hacer nuevos amigos. Compartir risas, novedades, anécdotas y afectuosidad nos acerca y nos crea confianzas. En el ocio, las actitudes amistosas reverdecen.
Ser amistosos forma parte de nuestras capacidades empáticas, que son las que propician nuestra mejor cara personal y grupal. El gusto de vivir tiene mucho que ver con el estar con las amistades, nuevas o de siempre, superficiales o profundas. Aunque, siendo toda relación de aprecio de agradecer, en la amistad, como en todo afecto, hay grados y maneras: desde la casi mera cortesía con los vecinos, a los compañer@s de aventuras; de las amistades de la infancia y el barrio, a los amigos “a las duras y las maduras”; de los colegas del trabajo, a los “hermanos por elección”.
Y así, mientras que la muy escasa amistad auténtica nunca estará excesivamente valorada, de muchas relaciones de colegueo, se puede prescindir sin merma. Pues solo en las amistades “de verdad” se logra complementar la fraternidad de los intervinientes, ese estar por pasarlo bien, con el compromiso de valorarse con nobleza. Y solo entonces se puede pasar de sentirse acompañado, a estarlo en realidad, del bien estar, al bien ser. Esos son los amigos y las amigas con los que, cada cual, conforma su círculo de cariño y valor. El que, con suerte y atención, buscamos tener desde la niñez para sacarle el jugo a la vida y para protegernos de la aridez emocional que, muy a menudo, padecemos.
Quienes conociéndote de verdad, aún te quieren; quienes además de apreciarte en tus encantos, te reconocen en tus dificultades, son tus iguales en esa forma de amor que llamamos amistad. En todas las culturas se loa la amistad y se reivindican las amistades porque la vida sin ellas, pierde el gusto y el color. Pero una amistad que no profundiza en el conocimiento y la responsabilidad mutuos, es una amistad a medias, suficiente para acompañarse en lo convencional, pero inútil para poner coto a las “soledades del alma”.
Con todo, conviene no olvidar que la amistad no se puede forzar, ni surge a conveniencia. Aunque, hasta en situaciones de soledad prolongada y aislamiento impuesto, uno mismo siempre está ahí y es el más próximo amigo que se tiene. Tener una lúcida autoestima y hábitos morales de cuidado personal son los mejores medios para practicar las virtudes de la amistad, templar el carácter y entibiar el corazón.
Aunque muchas de las “amistades” están sostenidas, demasiadas veces, en las euforias de la embriaguez compartida y en fundamentos convencionales, el festejar que estamos “vivitos y coleando” con la gente a quienes queremos, es uno de los más apreciados bienes de la vida en común: repetir los chascarrillos que a cada uno le hacen más gracia; volver a contar las mismas peripecias jocosas; alegrarse por la fuerza de la juventud compartida, o consolarse de la perdida y recordarse que “quien tuvo, retuvo”; brindar por nuestra nueva amistad, o celebrar la supervivencia de la vieja, son rituales “sagrados” desde que el mundo es mundo y los humanos, somos humanos. ¡Y que nunca falten!.
Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com
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