Recomponiéndonos democráticamente
Con todo, desde el Mayo del 68, la necesidad de un modelo social más horizontal y participado democráticamente alienta los vientos del cambio.
La llamada visión política conservadora, por muy bien intencionada que sea, es consustancialmente reaccionaria. Sus orígenes, a finales del siglo XVIII, están vinculados al intento de recuperar los regímenes políticos absolutistas, vencidos por los defensores de los nuevos Estados Nación. El conservadurismo fue fundado para mantener la tradición social del poder político piramidal, sostenido en un orden jerárquico de autoridad y en un modo disciplinario de ejercerla con los subordinados. Por eso, la tríada revolucionaria de la libertad, la igualdad y la fraternidad -que constituía al nuevo sujeto soberano colectivo, la ciudadanía- y los Parlamentos representativos modernos -aún con limitaciones masculinistas y censitarias para los electores- fueron los primeros enemigos declarados de los “conservadores”.
Cuando a lo largo del siglo XX fraguaron los Estados Sociales, auténticamente democráticos en su variante representativa, la derecha siguió defendiendo las concepciones más elitistas y meramente procedimentales de gobierno y pugnando por un status quo de asimetría y dualización sociopolíticas. No obstante, las clases populares, en general, y las mujeres, en particular, por primera vez sujetos plenos de ciudadanía, llegaron a conseguir, en algunos países, importantes avances y logros con esa vía democrática de delegación electoral. Pero con las Revoluciones Conservadoras de Reagan y Thatcher en los 80, quedó de manifiesto que la ideología liberal escoraba la democracia representativa, sobre todo, hacia el reforzamiento de la autoridad de los representantes electos para tomar decisiones políticas, mientras que la rendición de cuentas -el control social- se desatendía hasta volver a los regímenes representativos altamente vulnerables a la corrupción sistémica.
Con todo, desde el Mayo del 68, la necesidad de un modelo social más horizontal y participado democráticamente alienta los vientos del cambio. Y hasta hoy, la ciudadanía no ha hecho sino que crecer en capacidades sociales y en pluralismo ético. Desde estas inusitadas condiciones, la pugna -cada vez más generalizada- porque sea la propia sociedad la protagonista de su tiempo y de su gobierno institucional, resulta más justificada. Visto el estrepitoso fracaso del excluyente y competitivo diseño elitista y las múltiples amenazas que se ciernen sobre el bien común y el bienestar general, un modelo más democrático, participativo y pluralista se requiere con urgencia. Construido territorialmente desde abajo, federado desde los municipios y, en palabras de Ramón Máiz, centrado sociopolíticamente en las dinámicas de “la mutualidad, la reciprocidad, la cooperación, la empatía y la confianza, frente al modelo unitarista, coercitivo y jerárquico del [ya obsoleto] Estado nación”.
La democracia comunitaria, un hálito consustancial a lo humano en circunstancias de convivencia interdependiente, la expresión, en lo pequeño y en lo cotidiano, de una relación entre próximos autónoma, liberada, igualitaria y solidaria, será el tercer engarce para una profundización en lo democrático que zanje la tiranía globalizada y biocida presente, abriéndonos, por fin, a porvenires humanitarios y sostenibles.
En los barrios y pueblos, y en sus ámbitos sociales y económicos de gestión de lo común; en las regiones, los países y el mundo entero, donde toda responsabilidad y toda oportunidad deben ser ya compartidas, es hoy la hora de la democracia completada: de elegir a iguales que respondan de nuestro encargo en los organismos de representación, de participar activamente en el control y gestión de los intereses generales y de protagonizar el día a día de nuestras comunidades, sus recursos y sus retos. Libres, equivalentes y solidarios, es decir, por fin, plurales, autónomos y corresponsables.
Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com
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