Viviendo en San Borondón
El margullo lingüístico
El segundo punto a considerar se refiere a la selección de los profesores, monitores y personal auxiliar, capaces de recrear la vida cotidiana en el idioma a enseñar
Si de Cádiz “pa'rriba” meterse completamente en el agua se llama inmersión, en el habla canaria se denomina “margullar” a lo mismo y un poco más, pues aquí incluye el poder nadar sumergido como los peces. De ahí el neologismo introducido de la mano de los nacionalistas con el hecho diferencial alborotado, para llamar inmersión lingüística al aprendizaje de un idioma, o enseñanza si se ve el asunto del lado de los docentes, colocando a los alumnos frente a un ambiente y un profesorado que sólo se expresa en el idioma en el que se pretende aprender. Más o menos como si se trasladaran a otro país con esa nueva lengua.
Sobre esta cuestión el presidente Paulino Rivero anunció solemnemente una de las tantas promesas hechas durante el ya casi olvidado debate del estado de la autonomía, reducido en la práctica a un cruce de monólogos desgranados en esa función teatral perpetrada durante los primeros días de la Semana Santa, fechas elegidas, según unos, para que pasara ese cáliz lo más desapercibido posible vista la evidencia del desastre autonómico y según otros, como justa penitencia -aunque escasa- por los pecados de acción u omisión de sus señorías.
A falta de mayores concreciones y antes de que se perpetre cualquier improvisación a costa de los alumnos, habría que conocer en cuantos océanos lingüísticos pretenderá “inmersionar” a los 12.000 alumnos, (alemán, inglés, francés, etc.), durante cuánto tiempo y otros cuantos detalles no menores de ese programa. Es de desear que no haya sido la simple ocurrencia de un político en apuros, sin su coro de agradadores y aplaudidores, sino de un auténtico plan minuciosamente elaborado por profesionales expertos en la enseñanza de idiomas.
Salvo explicaciones o aclaraciones más y mejor documentadas, hay dos puntos importantes que merecería la pena desarrollar. Una primera cuestión hace referencia a los alumnos. Habrá que investigar en qué idiomas quieren ser sumergidos, qué nivel previo académico y lingüístico tienen los chicos, con qué predisposición se preinscriben, edades, etc. Sin analizar bien esos detalles será imposible clasificarlos en grupos, más o menos homogéneos, para que este bien intencionado y loable programa educativo tenga buen fin. Convendrá recordar dos cosas a este tenor. Una, que la igualdad de oportunidades no significa presuponer que todos los alumnos parten con el mismo nivel, ni que todos han de obtener necesariamente el mismo resultado. Y dos, que es una cuestión de equidad el que cada joven tenga su oportunidad de aprender, pero que los chicos obtengan resultados útiles para su futuro dependerá, casi en exclusiva, del esfuerzo que ellos estén dispuestos a hacer y lo hagan.
El segundo punto a considerar se refiere a la selección de los profesores, monitores y personal auxiliar, capaces de recrear la vida cotidiana en el idioma a enseñar. A mi entender, poco tienen que decir los sindicatos y las listas de interinos de la Consejería. Será necesaria una contratación específica basada en competencias y conocimientos de los idiomas a enseñar más que en currículos académicos, títulos o baremos para sumar puntitos por cursos más o menos pintorescos no directamente conectados con el idioma a enseñar durante esas clases veraniegas en un nivel determinado. Tal vez sea conveniente una prueba específica de competencia para esta contratación temporal, si es que aún hay tiempo y examinadores capacitados para ello.
Si no se hiciera todo eso de forma realista, pensando en la formación de los alumnos y no en remendar un roto coyuntural con visión electoralista, a los jóvenes no se les estaría proporcionando una inmersión, o un “margullo”, sino la broma siniestra de una “ahogadura”.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.








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