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Viviendo en San Borondón

Del Juan Palomo al Juan Canario

JOSÉ F. FERNÁNDEZ BELDA Martes, 26 de Marzo de 2013 Tiempo de lectura:

Todos estos bandoleros comparten una cierta simpatía

Si las leyendas populares de la Inglaterra medieval y también el Hollywood actual, cantaron a Robin Hood como arquetípico de héroe y forajido, muy probablemente la España de los últimos cinco siglos, y la que corre del XXI, haya elevado al cénit a otros grandes ladrones, pícaros y ladronzuelos con un tinte más hispánico, plagado de un cutrerío difícil de entender fuera de nuestras fronteras.  Así ha entrado en el refranero popular la frase atribuida al gran amigo de José María el Tempranillo, Juan Palomo, de “yo me lo guiso, yo me lo como”.  

Todos estos bandoleros comparten una cierta simpatía popular porque, según la leyenda con la que se les ha revestido, saqueaban a los ricos para dárselo a los pobres.  Si en el siglo XIX se les justificaba popularmente porque redistribuían una parte del botín robado a los franceses, la Andalucía de hoy no se queda a la zaga en desvergüenza y desfachatez cuando algunos políticos se enfrentan a la justicia.  Así el exdirector de trabajo Francisco Javier Guerrero, dijo en su comparecencia ante el Parlamento de Andalucía por el asunto de los ERE fraudulentos, que “todo el mundo me tiene, y me tengo, por una persona jovial pero ni he sido un putero ni me he dedicado (sic) a la drogodependencia… Hago las cosas que cualquier persona normal [haría]”.  Lo afirmó con ese gracejo propio atribuido a los andaluces y con total naturalidad.  A fin de cuentas charlaba los que él consideraba sus empáticos colegas y sabía que lo entenderían perfectamente, sobre todo los socialistas con los que había compartido gobierno.

Fue esperpéntico que lo de ser “jovial” lo dijera para justificar sus imputaciones judiciales por malversación de dinero público en relación con la previa y celebérrima testifical de su chófer, cuando aseguró que parte del dinero malversado era utilizado para cocaína, copas y prostitutas.  Lo que a muchos españoles les causa risa, cuando no secreta complicidad no exenta de envidia, es la prueba obvia de la evidente corrupción generalizada, real o percibida, de la casta política y de la comunidad a la que dicen servir y más parece que es de la que se sirven.  El desarme y el relativismo moral en la España actual es inocultable.  Como ejemplo propio de una película de Torrente, el “asalto” a los cajeros de CajaCanarias en Tenerife ante el rumor infundado de que la entidad bancaria estaba regalando dinero como consecuencia de un error informático y no quedaban registrados los movimientos en las cuentas.  Así de crudo se leyó en la prensa internacional, pero que mucha gente aquí justificó en su interior porque a fin de cuentas se robaba a los bancos, que son ricos. Ahora esos mismos consideran un “abuso” que el banco cargue en cuenta esas retiradas de fondos que creían “anónimas”.  

Canarias tampoco es ajena a trapisondas de mayor calado.  En el ABC del pasado día 18 se leía que, en el marco de la “operación Ladrillo”, habían sido detenidos los dos jefes provinciales de la Policía Canaria por tres posibles delitos: presunta detención ilegal, mobbing y falsedad documental en la cúpula del cuerpo.  Al día siguiente el mismo periódico amplia la información, que a mi entender, resulta escalofriante y sintomática del interés de los nacionalistas de todo pelaje por crear y controlar su propia policía, para utilizarla si fuera menester con fines no siempre coincidentes con la represión del delito.  Por eso y sin que se haya oído el cloquío de los políticos reputados como serios, si los hubiera o hubiese, ya se atribuye a jueces y a la Guardia Civil una persecución política por las actuaciones contra la policía autonómica canaria, la “Guanchancha” la llaman algunos graciosillos.  Mal debe pintar la cuestión, siempre adjetivada de presunta, cuando se pretende llevar al terreno de la lucha política para asegurar la impunidad, también presunta por supuesto, ¡faltaría menos!

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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