Las tertulias, reinos de opinión
Hoy se ha establecido, con interesado acriticismo, que tanto los asuntos de interés general como los chascarrillos, son temas de mera opinión
(A partir del artículo “Notas sobre la tertulia” de Enrique Tierno Galván.)
Hace medio siglo, el académico, pensador y político Enrique Tierno Galván caracterizaba a las tertulias como un fenómeno hispánico, efecto cultural de la muy particular y autoritaria manera en que el Estado español venía siendo gobernado desde antes de la Modernidad. Definía a la tertulia como “un grupo de ociosos que se aglutina por la fruición de opinar”, es decir, de “enjuiciar desde un conocimiento insuficiente apoyándose en la intuición”.
La denominación “tertulia” tiene un origen incierto, pero se ha convenido que toma su nombre de Quinto Septimio Florente Tertuliano, padre de la Iglesia que vivió entre el siglo segundo y tercero. Este fue un prolífico escritor al que la tradición le atribuye toda suerte de cualidades intelectuales y retóricas. Así, el tertuliano sería un concurrente profundo, original, agudo y ponderado que junto a otros pares pone en común lo mejor de sí mismo.
Las tertulias, asentadas como modos sociales ociosos desde el siglo XVIII en España, cumplieron como medios de relativa liberación para sus partícipes en un ambiente sociopolítico dominado por el servilismo y la sumisión, posibilitando “la convivencia entre gentes sobrecargadas de odios, censuras y temores”. Y promocionaron una cierta opinión pública. Pero en una sociedad limitada, desde la Edad Media, a comportarse como séquito de las autoridades y coaccionada a la mera adulación de los poderosos, los vuelos tertulianos fueron necesariamente cortos y en constante riesgo de fugas acríticas, chismosas, histriónicas o bufas.
Históricamente, las tertulias han supuesto una promesa de catarsis inconclusa: el frecuente riesgo de delación y calumnia las situaba, muy a menudo, en una tierra de nadie “entre el miedo al poder y el miedo a la libertad”. Su apogeo y rápido declive se sitúa a caballo entre los siglos XIX y XX, en su ámbito más propio, la tertulia de café. Pues no hay peor enemigo de las prácticas tertulianas que un ambiente social y político opresor. La guerra civil fue el bárbaro prólogo de la extinción del fenómeno en su versión clásica, presencial y en ámbito público.
Pero, pasada la larga noche del franquismo, la sociedad plural emerge tecnológicamente interconectada, volviendo a remozar las tertulias y reubicándolas en ámbitos radiofónicos y televisivos. Culturalmente, la primavera democrática fue muy corta. La imposición de la partitocracia pronto reeditó el modelo represivo y servil y hoy, salvo honrosas excepciones, lo que prevalece es el espectáculo y la trivialización. También en las tertulias y de manera especialmente insidiosa.
Hoy se ha establecido, con interesado acriticismo, que tanto los asuntos de interés general como los chascarrillos, son temas de mera opinión. Cuestiones como el colapso medioambiental, la miseria y la injusticia globalizadas, la degeneración de los órdenes democráticos, la indefensión de las ciudadanías y la corrupción generalizada se despachan entre tópicos, ingeniosidades y ocurrencias, como si tal cosa.
Urge que las tertulias ganen en rigor y responsabilidad. Que se aproximen a ser más ágoras de contraste fundado de pensamientos, de crítica solvente de ideas y de búsqueda honesta de soluciones. Y que se alejen de las manipulaciones interesadas y de arteras tutorías, por no hablar de que dejen de entronizar los lugares comunes y las bufonadas. En estos aciagos tiempos de poco pan, al menos, no nos embrutezcamos con mucho circo.
Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com
Hace medio siglo, el académico, pensador y político Enrique Tierno Galván caracterizaba a las tertulias como un fenómeno hispánico, efecto cultural de la muy particular y autoritaria manera en que el Estado español venía siendo gobernado desde antes de la Modernidad. Definía a la tertulia como “un grupo de ociosos que se aglutina por la fruición de opinar”, es decir, de “enjuiciar desde un conocimiento insuficiente apoyándose en la intuición”.
La denominación “tertulia” tiene un origen incierto, pero se ha convenido que toma su nombre de Quinto Septimio Florente Tertuliano, padre de la Iglesia que vivió entre el siglo segundo y tercero. Este fue un prolífico escritor al que la tradición le atribuye toda suerte de cualidades intelectuales y retóricas. Así, el tertuliano sería un concurrente profundo, original, agudo y ponderado que junto a otros pares pone en común lo mejor de sí mismo.
Las tertulias, asentadas como modos sociales ociosos desde el siglo XVIII en España, cumplieron como medios de relativa liberación para sus partícipes en un ambiente sociopolítico dominado por el servilismo y la sumisión, posibilitando “la convivencia entre gentes sobrecargadas de odios, censuras y temores”. Y promocionaron una cierta opinión pública. Pero en una sociedad limitada, desde la Edad Media, a comportarse como séquito de las autoridades y coaccionada a la mera adulación de los poderosos, los vuelos tertulianos fueron necesariamente cortos y en constante riesgo de fugas acríticas, chismosas, histriónicas o bufas.
Históricamente, las tertulias han supuesto una promesa de catarsis inconclusa: el frecuente riesgo de delación y calumnia las situaba, muy a menudo, en una tierra de nadie “entre el miedo al poder y el miedo a la libertad”. Su apogeo y rápido declive se sitúa a caballo entre los siglos XIX y XX, en su ámbito más propio, la tertulia de café. Pues no hay peor enemigo de las prácticas tertulianas que un ambiente social y político opresor. La guerra civil fue el bárbaro prólogo de la extinción del fenómeno en su versión clásica, presencial y en ámbito público.
Pero, pasada la larga noche del franquismo, la sociedad plural emerge tecnológicamente interconectada, volviendo a remozar las tertulias y reubicándolas en ámbitos radiofónicos y televisivos. Culturalmente, la primavera democrática fue muy corta. La imposición de la partitocracia pronto reeditó el modelo represivo y servil y hoy, salvo honrosas excepciones, lo que prevalece es el espectáculo y la trivialización. También en las tertulias y de manera especialmente insidiosa.
Hoy se ha establecido, con interesado acriticismo, que tanto los asuntos de interés general como los chascarrillos, son temas de mera opinión. Cuestiones como el colapso medioambiental, la miseria y la injusticia globalizadas, la degeneración de los órdenes democráticos, la indefensión de las ciudadanías y la corrupción generalizada se despachan entre tópicos, ingeniosidades y ocurrencias, como si tal cosa.
Urge que las tertulias ganen en rigor y responsabilidad. Que se aproximen a ser más ágoras de contraste fundado de pensamientos, de crítica solvente de ideas y de búsqueda honesta de soluciones. Y que se alejen de las manipulaciones interesadas y de arteras tutorías, por no hablar de que dejen de entronizar los lugares comunes y las bufonadas. En estos aciagos tiempos de poco pan, al menos, no nos embrutezcamos con mucho circo.
Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
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