8 de Marzo: Todo por reivindicar
En estos días, la ONU está realizando una conferencia especial sobre la situación de las mujeres en el mundo. Los datos que se aportan son vergonzantes. Tras décadas de la declaración universal de los derechos humanos y de su aceptación por múltiples naciones, se constata que, aun hoy, en torno al 70% de las mujeres viven en países donde la violencia de género no se considera delito. Y que el 40% de las humanas, padecen maltratos cotidianamente.
Un fracaso civilizatorio general en el que los cuadros dirigentes de los países más poderosos del mundo y sus sociedades tienen muchas responsabilidades. Empezando por los Estados occidentales, los autotitulados más modernos y progresistas, que aún consienten en su seno la pervivencia de instituciones misóginas, con completa impunidad; que, en su gran mayoría, continúan impidiendo el acceso de la parte femenina de su ciudadanía a los puestos de mayor responsabilidad, y discriminándola en sus condiciones y remuneraciones. Y terminando por China, la fábrica del mundo, que, entre otras conformaciones machistas, han consentido el sistemático aborto de fetos femeninos hasta comprometer la suficiencia demográfica de mujeres en su sociedad. La generalidad de las naciones más tradicionales son, así mismo, ferozmente patriarcales. Desde los Emiratos Árabes, que prohíben casi todos los aspectos de la libertad pública a las mujeres, hasta el África negra, donde la mutilación genital de las niñas se pretende un rasgo de identificación cultural.
La estructuración social en base a jerarquías de dominio -el caduco y violento orden aún imperante en un mundo permanentemente agraviado- se sustenta en la perpetuación de la sumisión de los desposeídos. Este drama que históricamente se viene dirimiendo entre los embates para el sojuzgamiento generalizado y las pugnas por la emancipación general, en los seres humanos de género femenino tiene una componente añadida y trágica: ellas son tratadas como las esclavas de los esclavos, las siervas de los siervos, las súbditas de los súbditos. Y por la misma “razón” que sustenta al sistema, porque se puede. Somáticamente más pequeñas, menos musculadas y menos agresivas que los hombres, ha sido “fácil” abusar de ellas, someterlas a los varones y relegarlas, privadas de dignidades y derechos, a espacios desvalorizados y domésticos.
Pero, desde que es público y notorio que la condición sexual, siendo una importante caracterización genital, no distingue a las personas en su más que comprobada equivalencia fundamental; desde que con los vientos democráticos, todos los seres humanos somos ciudadanía libre, igual y solidaria, ya no hay lugar para la hipocresía y la complicidad masculina: en derechos humanos, todos los hombres somos mujeres, porque allí donde una mujer es discriminada, un ser humano -completo, diverso y único, como cada cual- es víctima de abuso indigno.
El 8 de marzo es el día de la mujer trabajadora, un recordatorio de su condición laboral, una fecha que rinde homenaje a la muerte de unas trabajadoras de EEUU que, mientras estaban encerradas en su fábrica reivindicando derechos, murieron en un incendio provocado. Estos últimos años, las condiciones de acceso al empleo para las mujeres están siendo extraordinariamente injustas. Por ello, resulta especialmente inadecuada la pretensión, en ciertos ámbitos, de descolgar de la conmemoración el adjetivo “trabajadora”. Difuminar las problemáticas femeninas es uno de los modos para volverlas invisibles. Incluso para ellas mismas.
Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com
Un fracaso civilizatorio general en el que los cuadros dirigentes de los países más poderosos del mundo y sus sociedades tienen muchas responsabilidades. Empezando por los Estados occidentales, los autotitulados más modernos y progresistas, que aún consienten en su seno la pervivencia de instituciones misóginas, con completa impunidad; que, en su gran mayoría, continúan impidiendo el acceso de la parte femenina de su ciudadanía a los puestos de mayor responsabilidad, y discriminándola en sus condiciones y remuneraciones. Y terminando por China, la fábrica del mundo, que, entre otras conformaciones machistas, han consentido el sistemático aborto de fetos femeninos hasta comprometer la suficiencia demográfica de mujeres en su sociedad. La generalidad de las naciones más tradicionales son, así mismo, ferozmente patriarcales. Desde los Emiratos Árabes, que prohíben casi todos los aspectos de la libertad pública a las mujeres, hasta el África negra, donde la mutilación genital de las niñas se pretende un rasgo de identificación cultural.
La estructuración social en base a jerarquías de dominio -el caduco y violento orden aún imperante en un mundo permanentemente agraviado- se sustenta en la perpetuación de la sumisión de los desposeídos. Este drama que históricamente se viene dirimiendo entre los embates para el sojuzgamiento generalizado y las pugnas por la emancipación general, en los seres humanos de género femenino tiene una componente añadida y trágica: ellas son tratadas como las esclavas de los esclavos, las siervas de los siervos, las súbditas de los súbditos. Y por la misma “razón” que sustenta al sistema, porque se puede. Somáticamente más pequeñas, menos musculadas y menos agresivas que los hombres, ha sido “fácil” abusar de ellas, someterlas a los varones y relegarlas, privadas de dignidades y derechos, a espacios desvalorizados y domésticos.
Pero, desde que es público y notorio que la condición sexual, siendo una importante caracterización genital, no distingue a las personas en su más que comprobada equivalencia fundamental; desde que con los vientos democráticos, todos los seres humanos somos ciudadanía libre, igual y solidaria, ya no hay lugar para la hipocresía y la complicidad masculina: en derechos humanos, todos los hombres somos mujeres, porque allí donde una mujer es discriminada, un ser humano -completo, diverso y único, como cada cual- es víctima de abuso indigno.
El 8 de marzo es el día de la mujer trabajadora, un recordatorio de su condición laboral, una fecha que rinde homenaje a la muerte de unas trabajadoras de EEUU que, mientras estaban encerradas en su fábrica reivindicando derechos, murieron en un incendio provocado. Estos últimos años, las condiciones de acceso al empleo para las mujeres están siendo extraordinariamente injustas. Por ello, resulta especialmente inadecuada la pretensión, en ciertos ámbitos, de descolgar de la conmemoración el adjetivo “trabajadora”. Difuminar las problemáticas femeninas es uno de los modos para volverlas invisibles. Incluso para ellas mismas.
Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
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