La iglesia ya no es lo que era
Joseph Ratzinger, el sumo pontífice de la iglesia católica conocido como Benedicto XVI, ha anunciado que renuncia a su papado
Joseph Ratzinger, el sumo pontífice de la iglesia católica conocido como Benedicto XVI, ha anunciado que renuncia a su papado. Lo ha justificado alegando que: “Para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”. Tras la notificación, el próximo día 28 de febrero, como si de una mera profesión se tratara, se hará oficial su cese.
Estas causas aducidas para concluir su condición de “representante de Dios en la Tierra” son, en parte, tan mundanas como la mengua en su fuerza corporal. Una justificación comprensible, que, no obstante, es la antítesis de la mantenida por su antecesor, Juan Pablo II, el cual, siguiendo la costumbre, aún con notables muestras de decrepitud, persistió en su cometido hasta la muerte. Pero Ratzinger, para explicar su renuncia a continuar al frente de la institución religiosa más poderosa del mundo, también ha añadido a las mermas materiales, las cuestiones espirituales, la pérdida de su energía moral. Y en esto, su testimonio es excepcional, y hace traslucir que hasta el principal ministerio en nombre de la divinidad puede ser una carga excesiva, ante algunos de los acontecimientos que han caracterizado su mandato.
Los crecientes indicios de corrupción financiera dentro de la propia Iglesia y la incontenible emergencia de casos de depravación por pederastia de múltiples clérigos han marcado sobremanera la actualidad de la institución. Estas lacras, que ya semejan endémicas, rebajan “la pobreza, la castidad y obediencia” a meros lemas para crédulos e incautos. Y han terminado por deslegitimar las ínfulas de decencia y compromiso moral que los dirigentes eclesiásticos utilizan como garantes de su posición jerárquica ante los creyentes y de su ascendencia privilegiada sobre el conjunto de la sociedad de muchas naciones.
Con todo, no es la condición humana y pecadora de los integrantes de “la Casa de Dios”, lo que parece haber desanimado al papa, sino la férrea resistencia en el Vaticano a que se pusiera coto a esos viciosos delitos. Entre otras muchas maniobras, el despido llevado a cabo por altos miembros de la Curia del banquero Ettore Gotti Tedeschi, que había sido elegido por Ratzinger para sanear la banca del Vaticano, dejo al anciano y enfermo pontífice en una triste condición, expresada por algunos como la de “un pastor rodeado de lobos”.
Los intentos papales -muy tardíos, aunque, pretendidamente, firmes- para limpiar el Templo no han prevalecido. Y a este fracaso mayor, vienen a sumarse la inaguantable obsolescencia de la propia institución, dominada por una casta sacerdotal y machista. Se ve que, ajena a los tiempos de secularización que corren, la iglesia de Roma sigue determinada a mantener concepciones y prácticas medievales: se vanagloria de su estructuración antidemocrática y, a despecho de los más básicos derechos humanos, persiste en una misoginia feroz hacia la mitad femenina de la humanidad, dentro y fuera de sus puertas. Ni la continuada pérdida de vocaciones en las últimas décadas, que compromete, sobremanera, el relevo generacional de los y las religiosas, hace que tales inercias se corrijan.
Como en los ámbitos institucionales de la política y la economía en el ámbito secular, deberán ser los creyentes cristianos de a pié quienes tendrán que aplicarse en poner coto a tanta tiranía e inhumanidad, pues en la cúspide lo que prevalece es la podredumbre. ¡Si hasta el Papa se marcha!.
Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com
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Manuel | Miércoles, 27 de Febrero de 2013 a las 22:40:24 horas
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