Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

Continuar...

Llévame hasta la luna

MANUEL ÁNGEL SANTANA TURÉGANO Ver comentarios 1 Domingo, 03 de Febrero de 2013 Tiempo de lectura:

Había llegado desde la Luna hasta la Estación Espacial de Maspalomas

La orquesta tocaba un tema de clásico de Armstrong. El cantante negro, que había venido de Estados Unidos para la ocasión, cantaba con voz ronca, sin que casi nadie lo entendiera. Porque en aquella sala casi nadie hablaba inglés. Hacía menos de tres meses desde que aquel 22 de julio la famosa frase “Es un pequeño paso para un hombre pero un gran paso para la humanidad”, pronunciada por Neil Armstrong, había llegado desde la Luna hasta la Estación Espacial de Maspalomas. Desde allí había sido distribuida por teléfono hasta Las Palmas de Gran Canaria. Luego, por onda corta, a Inglaterra. De allí, por cable submarino, había llegado a Houston, Texas, desde donde se había hecho mundialmente famosa. Por ello, para la gira mundial de los tres astronautas el gobierno americano había elegido a Maspalomas como punto de inicio. Por ello y porque en un contexto de Guerra Fría había juzgado conveniente empezar la gira en un país tan fervientemente anticomunista como la España franquista. Por ello y por la buena gestión de Fraga, entonces ministro de Información y Turismo, que veía en el acontecimiento una buena forma de apuntalar el ya por entonces consolidado boom turístico español.

El Hotel Maspalomas Oasis, recién inaugurado, estaba abarrotado con lo más selecto de la sociedad canaria, que había acudido a lo que posiblemente sería el evento más emocionante de sus vidas. ¡Iban a ver a los hombres que habían estado en la luna! El conde, Alejandro del Castillo y del Castillo, pensaba que no podía haberle ido mejor en el lanzamiento de su proyecto de Maspalomas- Costa Canaria. Casi literalmente se había propulsado como en un cohete hasta la luna. Habían pasado sólo cinco años desde que se iniciara el proyecto, y allí tenía a Armstrong, Collins y Aldrin, dándole un valor añadido a su proyecto como nunca habría podido imaginar. Música interpretada por una orquesta de músicos vestidos con chaquetas blancas. Hombres de aspecto saludable, con americanas de mangas un tanto anchas y oliendo a las colonias más selectas del momento. Señoritas con peinados complicados que realzaban aún más su belleza. Maquillajes, faldas y medias que hacía perder la cabeza a los ayudantes de cocina que alcanzaban a ver tan sólo parte de tan importante acontecimiento mientras empezaban a trabajar en algo que sus padres no habían conocido: el turismo.

Ana María llevaba un peinado complicado, un maquillaje en tonos azules y unas faldas y medias de ésas que hacían perder la cabeza. Pero sus padres sí que tenían alguna idea de qué era eso del turismo. Su padre, proveniente de Dover, Inglaterra, había sido el primer miembro de la familia en instalarse en la isla. Se había enriquecido con la exportación del plátano canario hacia el Reino Unido y había adquirido una finca en el norte de la isla, en el municipio de Gáldar. En su interés por mantener a la familia unida había procurado mantener el uso del inglés, de forma que sus hijos, que hablaban inglés perfectamente, habían estudiado todos en el Reino Unido. Ana María, la menor, había terminado sus estudios de enfermería en Londres hacía tan sólo un año. Y al volver a la isla, y dado que el trabajo en la enfermería estaba complicado, había aceptado un empleo como guía turístico. El turismo empezaba a despuntar en la isla y faltaba personal que pudieran hablar idiomas, y ella, además de hablar perfectamente inglés y español, hablaba francés.

Claro que en aquella época lo más que llegaba a la isla eran suecos, las suecas que tomaban el sol en bikini en la Playa de las Canteras. Los lugareños se acodaban en la barandilla para disfrutar el espectáculo, hasta el punto de que los policías municipales, los “guindillas”, tenían que espantar a los moscones pidiéndoles que transitaran. El asunto llegó a tal punto que al final el ayuntamiento cambió las barandillas del paseo por macetones llenos de cactus. En cualquier caso, desde su emisora, Radio Catedral, el obispo Pildain, amenazaba con el fuego eterno a quien fuera a la playa de forma impúdica. Ésta era la isla que recibió a los tres hombres que habían ido a la luna. Bueno, en realidad sólo habían ido a la luna dos, Neil Armstrong y Edwin Eugene “Buzz” Aldrin, ya que el tercero, Michel Collins había permanecido a cargo del Apolo XI. En ese contexto, Ana María, que había estudiado en el

Londres de mitad de la década de los sesenta (había vuelto a la isla nada menos que en el mítico año de 1968), parecía la candidata ideal para acompañar como guía a los astronautas. El primero en llegar al Hotel Oasis había sido Edwin Aldrin, un día antes que el resto de astronautas. El director del hotel se lo llevó a dar un paseo en barco por la costa del sur de la isla, en una nave que era propiedad de Suárez Almeida, por entonces presidente del Real Club Victoria. Suárez Almeida era amigo del padre de Ana María, así que su elección para acompañarles como guía y traductora (necesitaban alguien que hablara bien el inglés) pareció de lo más natural.

Aldrin tenía entonces 39 años y estaba casado con Joan Archer, con quien tenía ya tres hijos. Con solo 21 años había sido el tercero de su promoción en la academia militar de Westpoint. Había sido piloto de guerra en Corea y después había obtenido una licenciatura y un doctorado por el MIT, y a partir de entonces había empezado a trabajar más estrechamente para la NASA. Él era el científico de la misión Apolo XI. Y él hubiera querido ser el primer hombre en pisar la luna, pero sólo había sido el segundo. La NASA había preferido a un civil y él era militar. Por lo demás, decían que incluso había sido más práctico. Pero el hecho es que Neil Armstrong había sido el primer hombre en pisar la luna, y él sólo el segundo. Pasarían los años y todos recordarían a Armstrong, pero ¿quién se acordaría de él? Tan sólo los creadores de Toy Story, que bautizarían a uno de sus personajes, Buzz Light Year, con el apelativo cariñoso que le daba su hermana menor, Buzz. Como aun no hablaba bien, decía “buzzer” en lugar de “brother” y con el tiempo lo había convertido en el nombre por el que todos lo llamaban y que, años después adoptaría como nombre oficial. “Hasta el infinito y más allá” decía Buzz Light Year. Hasta el infinito y más allá había ido Buzz Aldrin para volver siendo solo segundo.

Hasta la luna había ido Aldrin para encontrarse después en aquel barco, en el extremo sur de aquella pequeña isla, en medio del Atlántico, y darse cuenta de que lo que más le llamaba la atención era la belleza de Ana María. ¿Seguiría siendo siempre el segundo? Ana María, en ese octubre en que los astronautas llegaron a Maspalomas, acababa de cumplir 29 años. Tenía el pelo muy negro, muy largo y muy rizado, recogido en una coleta y con tanta gomina que a pesar del viento permanecía ordenado. La piel blanca, la nariz fina y una breve marca en su mejilla derecha que dotaba de un curioso atractivo asimétrico a su rostro. Los labios rojos, ni finos ni gruesos, dejaban entrever cuando sonreía, y lo hacía a menudo, una hilera de dientes blancos y perfectos. Las cejas, absolutamente perfectas, enmarcaban unos ojos marrón claro, “pale Brown eyes”, como él le había dicho en una broma, que miraban con curiosidad el mundo que la rodeaba. En los últimos tres meses Buzz Aldrin había empezado a acostumbrase a que le miraran con curiosidad. Al fin y al cabo, él había ido a la luna y había vuelto. Era el segundo hombre que había pisado la luna.

Había sido un precioso y soleado día de octubre. El director del hotel les había llevado a dar un paseo en barco, desde Maspalomas se habían dirigido hacia el Oeste, una costa virgen entonces. El barranco de Arguineguín con plantaciones de plataneras y un pequeño refugio pesquero. Y a partir de allí, prácticamente nada más hasta el Puerto de Mogán, donde habían fondeado, se habían dado un baño y habían almorzado una auténtica “Spanish Paella”. De vuelta hacia Maspalomas, Aldrin contemplaba alternativamente la costa y el inmenso mar. A veces buscaba los ojos de Ana María, pero estos se refugiaban detrás de unas enormes gafas de sol. Aquel día había sido perfecto para él. Había llegado el primero al hotel, un día antes que sus compañeros, así que de momento era “el astronauta que había ido a la Luna” y no “el segundo hombre que había pisado la luna”. El día había sido espléndido, la mar en calma, la temperatura agradable, la comida deliciosa y la compañía aún más agradable. Y allí estaba aquella hermosa mujer, bonita por dentro y por fuera, que le prestaba toda su atención y traducía sus palabras cuando era necesario. En el futuro recordaría ese día como “pasado perfecto”. El pasado perfecto hace referencia a una acción que ocurrió en el pasado pero cuyos efectos continúan hasta la actualidad. Y hay pasados que perduran mucho en el tiempo.

Al día siguiente había vuelto a ver a Ana María. Pero ya habían llegado sus compañeros Neil y Michel. Volvió a ser el segundo hombre que pisó la luna. En el hotel se había llevado a cabo una recepción en su honor por parte de las autoridades locales, con la consiguiente fiesta posterior. Y allí estaban los tres disfrutando de la fiesta y, sin querer se había establecido una competencia un tanto infantil entre ellos por ganar la atención de la guapa guía y traductora que les acompañaba en esa isla. Habían pasado todo el día de visitas y reconocimientos. Que si el Alcalde, la visita a la Estación Espacial, un baile típico, visita guiada al Faro de Maspalomas con explicación de su funcionamiento, paseo en camello por las dunas y visita a la charca. Afortunadamente, también había habido tiempo para disfrutar de un rato de tranquilidad en la playa y después en los jardines del hotel, antes de la recepción. Y después de todo un día tan atareado, la naturaleza humana no dejaba de ser sorprendente. Tres hombres que habían ido a la luna y que habían vuelto. Tres hombres que estaban felizmente casados, y que en realidad no tenían ninguna intención de ser infieles a sus queridas esposas. Pero que en cualquier caso no podían evitar competir por la atención de Ana María. Bromas, risas, una chaqueta que muestra orgullosa las insignias y condecoraciones ganadas, otra que dice "no pero yo tengo más". Una mano que toca sutilmente el hombro de ella, como buscando cercanía. Y unos ojos marrón claro, "pale brown eyes" que se clavan en el dueño de la mano, transmitiendo a la vez suavidad y firmeza. Armstrong, que había sido el primer hombre en pisar la luna, no estaba acostumbrado a que le rechazaran, en ningún sentido. Así que Buzz Aldrin, que había sido el primero en conocerla, y que ya desde el día anterior le había tomado especial cariño, sintió una empatía aún mayor por aquella guapa canaria al ver cómo se mostraba firme con quien le había privado del honor de ser el primer hombre en pisar la luna. Ana María y Aldrin cruzaron una mirada de complicidad, y la guía se alejó del grupo un momento, diciendo que se acercaba a la barra a pedir algo de beber, que les dejaba en buena compañía con el embajador, que perfectamente podía hacerles de traductor. Al reincorporarse se puso al lado de Buzz, dejando una prudente distancia con Neil.

La conversación siguió así animada un buen rato, hasta que de repente se hizo el silencio y el director de la orquesta anunció que iban a cantar un tema clásico del gran Frank Sinatra dedicado especialmente para los astronautas con quienes tenían el honor de compartir esa noche. Neil, Michel y Buzz se miraron mutuamente con cara de sorpresa, y cuando oyeron los primeros acordes del “Fly me to the moon” no pudieron evitar reírse sonoramente. La felicidad sonaba en el ambiente. Era una serena noche de octubre, habían ido a la luna y habían vuelto para contarlo, y allí estaban disfrutando de una compañía agradable. Aldrin, para saborear el momento, quiso apartarse del bullicio unos instantes y comunicarse con la inmensidad. La noche era tan agradable que invitaba a dar un paseo, así que salió del hotel y se dirigió al cercano faro. Se sentó en un pequeño muelle que había y allí se quedó unos minutos. Disfrutando de todo lo que le rodeaba. Delante de él, el Atlántico, inmenso y sonoro, iluminado por una preciosa luna llena. A sus espaldas, el faro, el hotel, las luces y los ecos de la fiesta. Y por encima de su cabeza, el cielo, las estrellas, el infinito y más allá. Era un hombre que había ido a la luna. Era el segundo hombre que había ido a la luna, había vuelto y allí estaba de nuevo frente a la inmensidad. Se acordó de su mujer en los Estados Unidos y de la bella mujer que estaba en el hotel siendo el centro de la atención de Neil y Michel. Y en ese momento le vino a la mente una pintada que había visto en su paseo triunfal por Nueva York cuando habían regresado de la luna: ése era el primer instante del resto de su vida.

Estaba ya a punto de entrar de nuevo en el salón del hotel cuando vio que Ana María se dirigía hacia él. Había venido a buscarle para despedirse, le dijo. Tenía que irse ya, que aún le quedaba un largo rato de conducción, atravesando las desoladas llanuras del este de la isla hasta llegar a su casa. Y quería despedirse de él, que había sido un placer conocerle, que le había impresionado hondamente y que le daba las gracias por todo lo que había aportado a su vida. ¿Qué puedo haber aportado a su vida?, pensó él. Y entonces, ella hizo algo que, dada su frialdad anglosajona, le azoró un poco. Le ofreció su mejilla para que él le diera un beso en el cachete, ése que ayer había admirado durante el viaje en el barco y que, de hecho, había soñado secretamente con besar. Y la besó, notando el tacto de su suave piel blanca con sus labios. A veces los sueños se hacen realidad. Cuando se separaron, él se quedó pensando que, por una vez, no había sido el segundo, sino el primero. Que ella había venido a buscarle para despedirse, mientras que con Neil se había mostrado mucho más esquiva, pese a que había sido el primer hombre en pisar la luna. Cuando se separaron, ella se metió en el coche y empezó a conducir mientras sonaba la misma canción que habían dedicado un poco antes a los astronautas: “Fly me to the moon, Let me play among the stars, Let me see what spring is like on Jupiter and Mars”. Y cuando bastante después se acostó en su fría y solitaria cama pensó que ella sí que había disfrutado de un beso sobre el cual se puede construir un sueño. Al fin y al cabo, ese beso había ido a la luna y había vuelto antes de posarse delicadamente en su cachete.

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

(1)
Tu comentario
Tu comentario

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.144

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.