La reciprocidad, el nuevo paradigma socioeconómico (III)
Las actitudes egoístas y el altruismo, la propensión a saltarse las normas y el deseo de seguirlas, la malicia y la simpatía, la envidia y la aversión a la inequidad, el deseo de dominio y la reciprocidad, son diferentes tipos de motivaciones -más o menos contradictorias, más o menos sociales- que nos animan a los seres humanos en nuestras relaciones mutuas.
No obstante, tal como ponen de manifiesto investigaciones de la economía experimental y la teoría comportamental de juegos, hay una motivación en las transacciones económicas que ha resultado prevalecer sobre las demás, la llamada “reciprocidad fuerte”. Según sus promotores, Samuel Bowles y Herbert Gintis, ésta consiste en «una propensión a cooperar y compartir con aquellos que tienen una predisposición similar y una voluntad de castigar a aquellos que violan la cooperación y otras normas sociales, aun cuando el hecho de compartir y el castigo conlleven costos personales».
Se ha obtenido numerosa evidencia experimental en diferentes culturas, en cuanto a que este tipo de reciprocidad es el cuantitativamente más relevante. Basándose en la utilización de juegos de simulación de comportamiento, como es el “del ultimátum”. Este juego consta de dos jugadores que, en una sola jugada, deben repartirse un bien divisible, por ejemplo, una cantidad de dinero. El “ofertante” debe hacer una propuesta de repartición al “ receptor”, el cual, sólo puede aceptarla o rechazarla. En caso de rechazo, ambas partes pierden el bien. De acuerdo con la Teoría de Elección Racional estándar, que promociona los supuestos conductuales centrados en la maximalización de ganancias, en el caso propuesto, un ofertante racional ofrecería un reparto de 9 a 1 y un receptor racional, lo aceptaría. Sin embargo, muy a menudo, los receptores rechazan ofertas de cuantías considerables por considerarlas injustas. Ni siquiera en juegos de tipo “dictador”, donde la parte receptora no cuenta con la posibilidad de rechazar la oferta, los ofertantes siguen mayoritariamente la conducta esperada por la ortodoxia de la teoría económica.
Las personas sensibles a la reciprocidad fuerte coinciden con las que tienen aversión a la falta de equidad en que quieren alcanzar una distribución equitativa de los recursos y se distinguen de los que practican la reciprocidad débil -el “yo te ayudo a ti y tú me ayudas a mi”- en que no se guían por intereses exclusivamente egoístas. Así, frente a la propaganda vertida por los intereses autoritarios y explotadores, estas investigaciones justifican experimentalmente el tópico de que, en general, los ciudadanos y las ciudadanas suelen comprometerse en asociaciones y propuestas de interés cívico muy a menudo, acostumbran a respetar las leyes y los requerimientos de las relaciones cooperativas y actúan desinteresadamente cuando tienen la ocasión de asistir a sus semejantes necesitados. Es decir, somos buena gente, pero no somos generosos sin más: habitualmente, si nos dejan ser, reconocemos que “somos hermanos, pero no primos”.
El “castigo altruista” -la sanción que un cooperador aplica a quien no lo es o a quien actúa haciendo trampas, pese a que tal acción punitiva conlleve también un coste para sí mismo- provee al grupo cooperativo de un bien público, pues cuando hay posibilidad de sanciones se reducen las conductas indeseables. Mientras que los cooperadores que no sancionan, al consentir la corrupción, se convienen en tramposos de segundo orden.
Todas estas motivaciones e interacciones, llevadas al ámbito de la política, nos sitúan en el centro de la equidad económica en nuestras sociedades, aportando criterios para el reparto justo de los esfuerzos de producción de la riqueza y de sus bienes.
Xavier Aparici Gisbert. Filósofo y Secretario de Redes Ciudadanas de Solidaridad.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com.
No obstante, tal como ponen de manifiesto investigaciones de la economía experimental y la teoría comportamental de juegos, hay una motivación en las transacciones económicas que ha resultado prevalecer sobre las demás, la llamada “reciprocidad fuerte”. Según sus promotores, Samuel Bowles y Herbert Gintis, ésta consiste en «una propensión a cooperar y compartir con aquellos que tienen una predisposición similar y una voluntad de castigar a aquellos que violan la cooperación y otras normas sociales, aun cuando el hecho de compartir y el castigo conlleven costos personales».
Se ha obtenido numerosa evidencia experimental en diferentes culturas, en cuanto a que este tipo de reciprocidad es el cuantitativamente más relevante. Basándose en la utilización de juegos de simulación de comportamiento, como es el “del ultimátum”. Este juego consta de dos jugadores que, en una sola jugada, deben repartirse un bien divisible, por ejemplo, una cantidad de dinero. El “ofertante” debe hacer una propuesta de repartición al “ receptor”, el cual, sólo puede aceptarla o rechazarla. En caso de rechazo, ambas partes pierden el bien. De acuerdo con la Teoría de Elección Racional estándar, que promociona los supuestos conductuales centrados en la maximalización de ganancias, en el caso propuesto, un ofertante racional ofrecería un reparto de 9 a 1 y un receptor racional, lo aceptaría. Sin embargo, muy a menudo, los receptores rechazan ofertas de cuantías considerables por considerarlas injustas. Ni siquiera en juegos de tipo “dictador”, donde la parte receptora no cuenta con la posibilidad de rechazar la oferta, los ofertantes siguen mayoritariamente la conducta esperada por la ortodoxia de la teoría económica.
Las personas sensibles a la reciprocidad fuerte coinciden con las que tienen aversión a la falta de equidad en que quieren alcanzar una distribución equitativa de los recursos y se distinguen de los que practican la reciprocidad débil -el “yo te ayudo a ti y tú me ayudas a mi”- en que no se guían por intereses exclusivamente egoístas. Así, frente a la propaganda vertida por los intereses autoritarios y explotadores, estas investigaciones justifican experimentalmente el tópico de que, en general, los ciudadanos y las ciudadanas suelen comprometerse en asociaciones y propuestas de interés cívico muy a menudo, acostumbran a respetar las leyes y los requerimientos de las relaciones cooperativas y actúan desinteresadamente cuando tienen la ocasión de asistir a sus semejantes necesitados. Es decir, somos buena gente, pero no somos generosos sin más: habitualmente, si nos dejan ser, reconocemos que “somos hermanos, pero no primos”.
El “castigo altruista” -la sanción que un cooperador aplica a quien no lo es o a quien actúa haciendo trampas, pese a que tal acción punitiva conlleve también un coste para sí mismo- provee al grupo cooperativo de un bien público, pues cuando hay posibilidad de sanciones se reducen las conductas indeseables. Mientras que los cooperadores que no sancionan, al consentir la corrupción, se convienen en tramposos de segundo orden.
Todas estas motivaciones e interacciones, llevadas al ámbito de la política, nos sitúan en el centro de la equidad económica en nuestras sociedades, aportando criterios para el reparto justo de los esfuerzos de producción de la riqueza y de sus bienes.
Xavier Aparici Gisbert. Filósofo y Secretario de Redes Ciudadanas de Solidaridad.
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