Alentando al monstruo
La paciencia de los ciudadanos con la política, con los partidos, con las instituciones democráticas está seriamente dañada. Nunca como hasta ahora.
Sin duda, se trata de un momento muy peligroso para la democracia y las libertades públicas. Frente a un sector minoritario de la sociedad que no renuncia a la crítica, a las manifestaciones, a las acciones pacíficas y al debate para fortalecer nuestro sistema de libertades, se alza otro para el que la política ha dejado de ser una alternativa. Es el mejor caldo de cultivo para el populismo y la extrema derecha y Europa lo sabe perfectamente porque vivió, desgraciadamente, una experiencia terrible el siglo pasado y porque, en su seno, no dejan de crecer movimientos de este tipo en la actualidad.
El fracaso generalizado de la socialdemocracia en el Viejo Continente (en España también), la dilución de las ideologías en una suerte de amalgama al servicio de los grandes poderes económicos, el miedo, la inseguridad, la ausencia de perspectivas y el fracaso de los partidos políticos tradicionales fundamentalmente, están propiciando el auge del populismo y de la extrema derecha en el continente europeo de una manera brutal (con mayor virulencia en los antiguos feudos socialdemócratas), como reconocía hace muy poco el presidente del Consejo Europeo, Van Rompuy. El mapa extremista es el siguiente: en Alemania, donde un miembro del partido socialista, Sarracin, publicó un libro xenófobo de un éxito extraordinario, acabamos de ser testigos de cómo una célula oculta neonazi actuó en la clandestinidad durante una década con el apoyo de los propios servicios secretos alemanes. En estos días la ultraderecha germana, volcada en las ayudas a los “sin techos” y a los parados, ha decidido unirse para hacerse más visible. En Francia, Marine Le Pen ha conseguido los mejores resultados para la ultraderecha francesa de las últimas décadas, obteniendo el voto de los sectores más populares. En Grecia, Aurora Dorada, erigida en defensora de la gente humilde, ha tomado las calles y el Parlamento con sus camisas negras, utilizando la violencia contra los periodistas, los inmigrantes y los adversarios políticos. El Partido para la Libertad de Holanda se ha convertido en la tercera fuerza política del país y bisagra para conformar gobierno. En Rusia, el ultranacionalismo, que usa el saludo nazi, congrega en sus actos a miles de personas. En Hungría, el Gobierno de extrema derecha de Víctor Orbán se ha hecho con el poder. En Austria, el Partido de la Libertad, relanzado tras la muerte de Haider, ha conseguido más de una quinta parte de los votos del país. En Finlandia, el Partido de los Auténticos Finlandeses sigue teniendo una presencia importante, a pesar de que perdió escaños en las últimas elecciones de 2011. En Inglaterra, el Partido Nacional Británico consiguió situar a varios de sus miembros en el Parlamento Europeo. En Suiza, el Partido Popular Suizo gana cada vez más adeptos. En Noruega, el Partido del Progreso llegó a alcanzar la cuarta parte de los votos del país. En Suecia, los Demócratas Suecos han facilitado la formación de mayorías de gobierno. En Dinamarca, el Partido Popular Danés formó mayoría con los liberal-conservadores y sigue siendo el tercer partido. En Bélgica Vlaams Belang tiene una importante presencia en la sociedad. Y en Bulgaria, Ataka, Orden y libertad en lituania, la Liga Norte en Italia… En España, con una presencia testimonial de grupúsculos, la extrema derecha ha permanecido fiel al PP y hasta ahora le ha votado mayoritariamente, pero ¿seguirá siendo así?
Como pueden comprobar, no se trata de una anécdota. La presencia de la extrema derecha y los populistas en toda Europa avanza, es notable e inquietante y juegan con la demagogia de ser antisistema, defender a los más débiles, atacar a los inmigrantes que roban el empleo y sustituir a los partidos tradicionales inservibles. Y tienen además algo en común: se nutren, mayoritariamente, de antiguos votantes socialdemócratas y de la clase obrera. No debemos cerrar los ojos ante la enseñanza de la Historia: el nacimiento del fascismo en Italia tuvo su origen en la crisis que vivió ese país a finales de la I Guerra Mundial, con graves problemas sociales, económicos y políticos, lo que provocó una enorme conflictividad social y el rechazo a la política y a los políticos tradicionales incapaces de propiciar alternativas. También el nazismo y el peronismo bebieron de la misma pócima. Antoni Gutiérrez-Rubí define el problema con meridiana claridad: “las encuestas son concluyentes. La paciencia de los ciudadanos con la política, con los partidos, con las instituciones democráticas está seriamente dañada. Nunca como hasta ahora. Y el rumor de fondo es cada vez más audible. El populismo avanza. Los que promueven que sobran políticas y administraciones acabarán diciendo que sobran instituciones. El caldo de cultivo está ahí”. Es preciso que entre todos hagamos un ejercicio de responsabilidad. Todos debemos hacer una autocrítica seria y responsable. Todos: los partidos, los sindicatos, los empresarios, la ciudadanía… No podemos seguir alentando al monstruo.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.









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