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SANTIAGO GIL

Psicografías

Justicia poética

SANTIAGO GIL Miércoles, 21 de Marzo de 2012 Tiempo de lectura:

“Un autor acerca a otro”

Hay poetas cuyos nombres jamás pronunciaremos. Escribieron versos, tuvieron sus minutos de gloria y poco a poco se fueron borrando de la memoria de la gente y de los manuales que, azarosamente, solo deciden guardar las biografías de unos pocos. No siempre sobreviven los mejores, ni siquiera después de muertos. Durante muchos años la cultura de Canarias vivió en un estado de guerra permanente. Si alguien sobresalía, inmediatamente se conjuraban todos los necios para borrarlo del mapa cuanto antes. Por eso hay tanto olvido y tantos artistas que se quedaron en el camino. Solo creo en la cultura arropada por el apoyo y el estímulo, por la crítica constructiva y por los muchos intentos que a veces se precisan para dar con las palabras o con los trazos precisos. Todo lo demás atenta contra el talento.

En los últimos años, Canarias vive uno de los mejores momentos literarios de su historia. Se está escribiendo mucho y bien en los distintos géneros. Y curiosamente ese momento de esplendor coincide con el respeto y el apoyo mutuo entre casi todos los escritores. La mayoría asume que la buena escritura de uno de ellos ayuda a que los lectores se sigan acercando sin complejos a lo que se está escribiendo en las islas. Un autor acerca a otro, y esa suma creo que es la que está cambiando las cosas. Al mismo tiempo, ese interés por lo que se crea en Canarias nos lleva a bucear en el pasado rescatando a muchos otros escritores sepultados durante años en el olvido. Un ejemplo de todo ello lo encontramos en Domingo Rivero. Cien años después de su muerte es cuando en la Península lo reconocen y se preguntan que dónde estaba ese poeta que escribió Yo, a mi cuerpo para que, ni siquiera en sus islas, fuera reconocido como merecía. Y ese milagro se produce gracias a la labor que desarrollaron poetas como Manuel González Sosa o Eugenio Padorno, y sobre todo por el empeño de su nieto, el periodista y amigo, Pepe Rivero. Pepe lleva todos estos años moviendo Roma con Santiago para que la obra de su abuelo estuviera en el lugar que tenía que estar. Y lo ha conseguido. De él se ha escrito últimamente en los más destacados suplementos culturales del país y ya se está incluyendo en los libros de texto. Pero no todos los artistas canarios olvidados tienen la suerte de contar con un nieto como Pepe. Al resto los tenemos que revivir los que ahora mismo escribimos y leemos en las islas. Si no lo hacemos, quedarán para siempre fuera de ese orbe digital que niega lo que no está en las pantallas. Esta próxima semana se pone en marcha la Fundación Domingo Rivero con una serie de conferencias. Se encuentra situada en la calle Torres. Allí encontrarán una placa con el nombre del poeta; pero al leer cualquiera de sus poemas también ustedes podrán contribuir a su resurrección diaria.

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