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Intolerancia canina

JOSÉ F. FERNÁNDEZ BELDA Ver comentarios 3 Domingo, 12 de Febrero de 2012 Tiempo de lectura:


Entre los países de nuestro entorno, España tiene todo el aspecto de ser peculiar, al menos en lo referente a la convivencia entre personas y mascotas

“Spain is different” rezaba un antiguo eslogan de la época en que la vieja España comenzaba a ser una nueva Spain para el turismo de masas, esos europeos que llegaban en cantidad creciente con la imagen de Manuel Fraga en bañador dándose un chapuzón en Palomares e inaugurando Paradores Nacionales por toda la piel de toro.  Y aunque algunos no quieran recordarlo, con Franco aún vivito, pescando y cazando ciervos como algún ministro, juez, fiscal y policía actual.

Basta leer los diarios oficiales para comprobar cómo los políticos se han propuesto legislar y reglamentar la mayor parte de nuestra vida.  Son por naturaleza liberticidas, a pesar de que anuncian y proclaman mayores derechos y libertades para todos, todos los de unas minorías. Para muestra un botón. Aquellos ciudadanos que gustan tener mascotas, ven cada día como se restringen sus opciones para pasear libremente con ellas.  A muy pocos espacios públicos se permite ir con perritos para que jueguen y corran juntos, por supuesto de forma controlada por sus dueños.  Y eso a pesar de que, para muchas personas de vida sedentaria, hablando en media broma, pasear un perro puede ser la mejor medicina contra el colesterol, alternativa que muchos preferimos a “machacarse” en un gimnasio con tediosas y repetitivas tablas de ejercicios físicos.  Cada paseo es diferente a otro, las tablas gimnásticas son siempre iguales.  Pero lo importante es la libertad de elegir, por cierto título de un libro de Milton y Rose Friedman recomendable para tanto aficionado a coartar la libertad del prójimo en asuntos incluso íntimos y de opciones estrictamente individuales.  

Como sufridor de estas restricciones a la tenencia y disfrute racional de perros, tal vez antes no era muy consciente de ellas, reconozco no acabar de encontrar la lógica de muchas normas municipales, que más parecen intolerancia irracional que una regulación racional de la convivencia entre personas y las interrelaciones con los animales.  Por ejemplo, y en el ámbito de los servicios públicos, ¿por qué no se puede viajar en guagua con un perro, en todas o en algunas, limitando así la posibilidad de trasladarse con ellos a ciertos lugares lejanos?   A veces se oye argumentar a los enemigos de los animales, que pueden producir alergias o enfermedades.  Puede que sea cierto en algunos casos, pero no más y muy probablemente menos que las que pudieran contagiar el humano que se sienta al lado.  Y en el ámbito privado, por ejemplo, ¿qué impediría a ciertos restaurantes permitir mascotas en ellos, si clientes y restaurador así lo desearan?  Es casi la misma polémica que se generó con las zonas de fumadores y no fumadores, saldándose por la vía liberticida, tan del gusto de algunas ex ministras, de prohibir fumar en todos los locales.  ¿Es eso racional?  ¿Por qué ese miedo a permitir elegir libremente el ir o no ir a un determinado local, cuando hay variedad de oferta y posibilidades?  Pero si eso fuera así, ¿con qué se rellenarían las miles de páginas del BOE?

Otras veces la prohibición de pasear por ciertas calles o parques es justificada afirmando que es para evitar el “caca slalom” de los viandantes, zigzagear entre “obstáculos”.  Por esa misma razón se deberían prohibir las concentraciones de jóvenes, también los botellones y “quedadas” masivas, por la gran suciedad y basura que dejan tras ellos.  Creo sinceramente que los concejales no debieran pretender resolver el problema por la forma fácil de la prohibición, muerto el perro se acabó la rabia, sino de la educación para la ciudadanía junto con la vigilancia y sanción de los que sean incívicos y poco respetuosos con los demás.

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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