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SANTIAGO GIL

Psicografías

La guagua

SANTIAGO GIL Martes, 31 de Enero de 2012 Tiempo de lectura:

“Solo cambian los trayectos”

Entra en la guagua y comienza con el relato de alguna queja lastimera o con la crónica de la última muerte cercana: “¡no somos nada!” o “¡quién se lo iba a decir a ella cuando la veíamos tan campante hace menos de dos meses sentada ahí detrás!”. Ni siquiera espera a que el chófer le cobre. Cuando señala el lugar donde estuvo en su día la finada, los que ocupan ahora ese asiento buscan como locos un trozo de madera al que agarrarse. La señora, mientras, escruta el horizonte guagüero para ver con quién puede ir pegando la hebra. Casi siempre va camino del hospital. No sé cómo se las apaña para atraer las enfermedades, o para tener a alguien ingresado todos los días del año. Todos nos enteramos de los motivos de esos ingresos, y raro es el día en que los hipocondríacos no llegamos al trabajo pendientes de no vernos afectados por cualquiera de los síntomas que ha ido describiendo con todo lujo de detalles.

En otra parada posterior sube una señora con un talante muy distinto. No para de sonreír y jamás cuenta una desgracia. Te gusta escucharla porque relata los sucesos cotidianos con ironía y con un alejamiento de toda esa casquería innecesaria con la que la gente está imitando la crónica de los reportajes televisivos más siniestros. Siempre se ha dicho que la televisión es un reflejo de la propia vida, pero yo creo que ahora es al revés, que la tele está cambiando la realidad y hasta la forma de contarla. Esa señora habla sin estridencias, y solo te enteras de lo que va diciendo cuando te toca en una asiento cercano. Su sonrisa ilumina las mañanas más nubladas. En la guagua también va siempre un despistado pensando en sus cosas, alguien que espera a que suba el amor de su vida en la siguiente parada, el estudiante que repasa histérico los temas del examen que tendrá a media mañana, el que no deja de mirar por la ventana tratando de buscar algún horizonte que le salve del fracaso, la joven hermosa que se maquilla con un espejo de mano mirando disimuladamente al joven de ojos de claros que es clavado a uno de los cantantes de moda; y también están los conductores que uno ya casi reconoce como parte de su propia familia, y los otros pasajeros que saludas a diario sin saber nada de sus biografías o de sus trabajos, hombres y mujeres con los que llevas media vida compartiendo destino. Baja la señora alegre y la que se relame con las tragedias. Todos vamos bajando y perdiéndonos en la ciudad que no nos reconoce. Solo al final del día, cuando regresamos a la guagua, volvemos a comprobar que con nosotros vuelven muchos de esos habituales y que la vida no es más que un largo viaje itinerante. También la guagua no es más que una metáfora de la gente que pasa, sociología cercana, viajes que se van repitiendo igual que se repiten los cumpleaños. Solo cambian los trayectos.


CICLOTIMIAS

Cualquier presente se vuelve fósil cuando le alcanza el olvido.

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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