En estado de emergencia democrática
Estamos en un estado de emergencia democrática. Lo que está en juego es nuestro sistema de igualación y de redistribución social, política y económica a favor del conjunto de la ciudadanía, no nuestras capacidades de supervivencia material.
La llamada globalización neoliberal ha traído el expolio económico y el desposeimiento democrático generalizados. Utilizado, desde sus inicios, todas las herramientas sociales de explotación y manipulación a su alcance, esta conspiración, promovida por las élites de poder internacionales “desde arriba”, ha podido cumplir, hasta el presente y con relativa facilidad, sus objetivos a escala planetaria.
Por
eso, el fiasco del casino financiero global en 2008, lejos de traer la
asunción de responsabilidades para sus causantes, por los gravísimos
problemas de solvencia y confianza económicas originados, sólo ha
servido para evidenciar la magnitud de la indignidad del Neoliberalismo y
el alcance del dominio que los poderes fácticos internacionales ejercen
sobre las supuestas soberanías nacionales. Por eso, la nueva hegemonía
capitalista, tras la debacle de la traumática contracción del crédito y
de la inversión ocasionada, ha impuesto, además, la socialización de las
pérdidas a los estados nación y a sus ciudadanías.
Con
todo, en realidad, no se trata de economía, se trata de política. Pues
no ha habido, aún, una auténtica crisis -natural, energética, social o
en la economía “real” (la de los bienes y los servicios)- que justifique
esta feroz recesión o que aconseje las severas recetas de austeridad
selectiva que se imponen por doquier. Efectivamente, el abrupto cierre
generalizado de acceso a la financiación privada y la ausencia de cauces
alternativos públicos de obtención de crédito, están precipitando a
multitud de empresas a la bancarrota y ocasionando una enorme
destrucción de empleos que, de seguir así, nos pueden llevar a un
colapso mundial. Pero, estas políticas económicas son, en última
instancia, el “caballo de Troya” que las fuerzas e instituciones
neoliberales están empleando para doblegar los regímenes políticos que
todavía defienden los derechos humanos universales y que, por ello,
imponen cortapisas a los poderosos.
Tras haber esquilmado los recursos económicos públicos y particulares con el cambalache de la “financiarización” de las necesidades materiales de las administraciones y las familias, ahora, el Neoliberalismo pretende cercenar los sistemas democráticos para consolidar su antihumanitaria, avariciosa y suicida oligarquía. La expresión de este catastrófico dominio en nuestra sociedad canaria se expresa soportando los costes de vida más altos y los salarios más bajos de España. Y en, además, padecer un creciente desempleo que afecta ya a más del 30% de la población trabajadora. La histórica dualización socioeconómica carpetovetónica también tiene mucho que ver con estos estragos. Así, mientras la precariedad económica y la exclusión social arrecian en la ciudadanía, los poderes legítimos y los fácticos persisten -por inercias o por conveniencias- en actitudes irresponsables, prácticas contraproducentes y estrategias inútiles para la urgente recuperación.
Estamos
en un estado de emergencia democrática. Lo que está en juego es nuestro
sistema de igualación y de redistribución social, política y económica a
favor del conjunto de la ciudadanía, no nuestras capacidades de
supervivencia material. La economía –siempre debió de ser así- es,
prioritariamente, el conjunto de actividades que los colectivos humanos
precisamos llevar a cabo para asegurarnos, solidariamente, las
condiciones de subsistencia digna. Y, logrado este requisito de cuidado
humanitario, todo lo demás que, equitativa y medioambientalmente, sea
posible producir y sostener. Ahora lo sabemos, aunque limitados y en
riesgo, aún contamos con recursos y habilidades de sobra para cumplir
con los objetivos socioeconómicos fundamentales y para bastante más.
Pero no sin responsabilidades políticas y ecológicas.
Así que, si buscamos un empleo decente, si deseamos una sociedad sin excluidos ni miserables, debemos defender nuestro imperfecto sistema democrático frente a los nuevos usurpadores. Para contribuir, personal y colectivamente, a profundizarlo en sus objetivos y alcances. Aunque en democracia cada ciudadano y cada ciudadana comparte la soberanía conjunta y cuenta, el interés general, en las duras y en las maduras, sólo prevalece cuando la ciudadanía se une para defenderlo. A la vista está.
Xavier Aparici Gisbert. Filósofo y Secretario de Redes Ciudadanas de Solidaridad.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com.
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