Los sentidos
“Nadie quiere perder”
Nadie quiere perder, pero todos salimos derrotados de vez en cuando. Creo que el gran secreto de la felicidad reside en la capacidad que tengamos para sobreponernos a esas derrotas. Siempre se muere alguien cercano, o perdemos un amor, o sencillamente vamos comprobando cómo el paso del tiempo nos vuelve más lentos, más temerosos y también más precavidos. Cada vez que cerramos los ojos al dormir se rebela el subconsciente y nuestra propia historia se convierte en un puzzle de imágenes y evocaciones que no controlamos en ningún momento. Por eso, cuando dormimos profundamente, nos adentramos en una enigmática película que no sabemos cómo va a concluir. Si abrimos los ojos al día siguiente deberíamos celebrarlo como si fuera siempre el primer día de nuestra existencia.
Fue Shakespeare el que escribió que se canta lo que se pierde, pero no hacía falta nacer en Stratford-upon-Avon para llegar a esa conclusión. Eso seguro que lo pensaron todos nuestros antepasados. Más tarde o más temprano todos perdemos y descubrimos lo importante que era esa persona o esa facultad perdida cuando casi nunca tenemos posibilidad de desandar el camino y contar con ella de nuevo. A mí me ha pasado estos últimos días con el olfato. Uno vive todo el tiempo sin valorar los olores o los sabores que se tropieza a diario. De hecho, habitualmente olemos o saboreamos sin ser conscientes de que lo estamos haciendo. Durante días la comida no me supo a nada, y tampoco era capaz de percibir ningún olor. Como media isla, he padecido un trancazo tremendo agravado por la calima. Pero volviendo al tema de la pituitaria (una vez un futbolista del Oviedo le largó un cachetón a un periodista porque le preguntó si le estaba fallando la pituitaria y el tipo confundió la palabreja olfativa con sus partes pudendas), si alguien nos dijera de repente que tenemos que renunciar a un sentido, seguro que la mayoría optaría por el tacto o por el olfato. No nos damos cuenta de que sin tacto no hay caricia, y sin olfato andaríamos por el mundo como si no estuviéramos. Cuando lo recuperas te comportas como un perro que precisa husmear todo el tiempo para sobrevivir. Casi llegas a oler el miedo o la alegría. Lo primero que hice cuando lo recuperé fue adentrarme en un mercado y dejarme llevar por el olor de las guayabas, del pescado y de todas esas hierbas y esas frutas que hacen que la vida se acabe pareciendo a un paraíso. Casi siempre vivimos sin valorar nuestras sensaciones, por eso nuestra existencia se queda tantas veces a medias, como si la estuviera protagonizando otro. Los olores, las miradas, los sabores, las caricias, y también las palabras y los acordes que escuchamos, nos mantienen vivos. Sin esos cinco sentidos siempre despiertos nuestra vida se acabaría convirtiendo en un mero acto rutinario.
CICLOTIMIAS
El siroco es un horizonte que se diluye en nuestra propia memoria.
Fue Shakespeare el que escribió que se canta lo que se pierde, pero no hacía falta nacer en Stratford-upon-Avon para llegar a esa conclusión. Eso seguro que lo pensaron todos nuestros antepasados. Más tarde o más temprano todos perdemos y descubrimos lo importante que era esa persona o esa facultad perdida cuando casi nunca tenemos posibilidad de desandar el camino y contar con ella de nuevo. A mí me ha pasado estos últimos días con el olfato. Uno vive todo el tiempo sin valorar los olores o los sabores que se tropieza a diario. De hecho, habitualmente olemos o saboreamos sin ser conscientes de que lo estamos haciendo. Durante días la comida no me supo a nada, y tampoco era capaz de percibir ningún olor. Como media isla, he padecido un trancazo tremendo agravado por la calima. Pero volviendo al tema de la pituitaria (una vez un futbolista del Oviedo le largó un cachetón a un periodista porque le preguntó si le estaba fallando la pituitaria y el tipo confundió la palabreja olfativa con sus partes pudendas), si alguien nos dijera de repente que tenemos que renunciar a un sentido, seguro que la mayoría optaría por el tacto o por el olfato. No nos damos cuenta de que sin tacto no hay caricia, y sin olfato andaríamos por el mundo como si no estuviéramos. Cuando lo recuperas te comportas como un perro que precisa husmear todo el tiempo para sobrevivir. Casi llegas a oler el miedo o la alegría. Lo primero que hice cuando lo recuperé fue adentrarme en un mercado y dejarme llevar por el olor de las guayabas, del pescado y de todas esas hierbas y esas frutas que hacen que la vida se acabe pareciendo a un paraíso. Casi siempre vivimos sin valorar nuestras sensaciones, por eso nuestra existencia se queda tantas veces a medias, como si la estuviera protagonizando otro. Los olores, las miradas, los sabores, las caricias, y también las palabras y los acordes que escuchamos, nos mantienen vivos. Sin esos cinco sentidos siempre despiertos nuestra vida se acabaría convirtiendo en un mero acto rutinario.
CICLOTIMIAS
El siroco es un horizonte que se diluye en nuestra propia memoria.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.









Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.118