La política, entre el bien común y el cambalache
Empieza oficialmente la precampaña para las elecciones generales del próximo 20 de Noviembre. La casi totalidad de las organizaciones políticas que desean concurrir a las mismas, por no tener representación institucional en la legislatura que termina, se ven obligadas por la nueva reforma de la ley electoral, a afanarse en conseguir entre los y las ciudadanas electores, apoyos y firmas hasta llegar al porcentaje que ahora se exige en este Estado para poder participar en elecciones, supuestamente, “libres y democráticas”. Por ello, quienes creamos que la democracia se funda en el reconocimiento del pluralismo y en la igualdad de oportunidades de su expresión social, también estamos de precampaña, llamados a facilitar la participación de alguna de las opciones que lo precisen, aunque no vaya a ser nuestra elección política.
Mientras,
los partidos políticos que han tenido cargos electos en el periodo que
concluye, libres de ese requisito, inician sus estrategias mediáticas.
El PSOE y el PP, en particular, vuelven a repetir su esperpéntica
escenificación de la política democrática centrándose en provocar la
adhesión emocional, acrítica y revanchista de la ciudadanía; en reducir
el debate de ideas y estrategias a un “culebrón” de dimes y diretes y de
“tú más que yo”. Y también volverán a procurar que el resto de las
opciones políticas -muy inferiores en recursos, pero igual de legítimas-
no entren en el “baile a dos” a que pretenden reducir las multiplicidad
de las visiones de gobierno en liza, información que convendría que
conociera la ciudadanía soberana para ejercer su elección con pleno
conocimiento. Nada de eso: los actos públicos, la información general y
la propaganda mediática estarán copados, por los de siempre, los cuales,
repetirán el cambalache de pretender ser los más centrados de la
izquierda y de la derecha y los únicos que saben lo que hay que hacer,
aunque la reiterada experiencia de sus prácticas de gobierno lo niegue.
Así
las cosas, el asunto de a quién votar resulta harto difícil. Pero no
imposible. Por ejemplo, empezando por a quién no votar, quienes creamos
que la ley que obliga a recoger el apoyo de los y las electores a unos
sí y a otros no, es contraria a la ética democrática, con averiguar qué
partidos la aprobaron ya tenemos un criterio. Quienes, creamos que el
bipartidismo es contraproducente para la Democracia, ya tenemos otro.
Quienes creamos que la reciente reforma de la Constitución es contraria a
nuestro Estado social o que, en todo caso, se debería haber realizado
una consulta de ratificación popular, pues ya podemos descontar a
quienes la han votado y a quienes no han apoyado la iniciativa
parlamentaria de pedir el referéndum ciudadano.
Pero,
sobre todo, quienes nos consideramos demócratas, deberemos votar.
Decidir, olvidándonos del voto “de castigo” y del voto “útil”.
Simplemente, no dando nuestro apoyo a quién -según el criterio de cada
uno- no se lo merezca y apoyando a quién -al parecer de cada cual-
pudiera representar a la ciudadanía en la Administración de nuestro
Estado social y democrático de Derecho. Habrá que moverse del sillón,
apagar la televisión y buscar donde nos podamos informar de las
distintas alternativas en competencia. Y quien, después de eso, crea que
lo que debe hacer es votar “en blanco” o votar “nulo”, para mostrar así
su apoyo al sistema y su desinterés por la concurrencia, pues que lo
haga.
Pero hay que participar, hay que pronunciarse, aunque nos dirán que votar así no sirve para nada. Es mentira: sirve para ejercer de demócrata. Lo otro es dar nuestro apoyo como lo hacen casi todos los políticos que nos gobiernan, por pura conveniencia. Y esto no va de elegir entre los que mandan, sino del interés general; ni de “hacer bulto”, más bien, de “una persona, un voto”. En fin, de democracia, aunque sea representativa.
Xavier Aparici Gisbert. Filósofo y Secretario de Redes Ciudadanas de Solidaridad.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com.
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