Desde que en el siglo XIX se empezó a considerar a la Sociología como la ciencia de las sociedades humanas, la indagación sobre las problemáticas sociales ha sido para esta disciplina científica una temática de investigación principal.
No obstante, las capacidades de clarificación y pronóstico de este conocimiento social están marcadas, principalmente, por dos límites, uno específico y el otro histórico. Por un lado, las teorías sociales al referirse a fenómenos tan complejos como son los conjuntos de convivencia humanos y sus instituciones en evolución, concitan un alto nivel de controversia y adolecen de una muy limitada capacidad de pronóstico. Por otro lado, dada la naturaleza autoritaria de los poderes jerárquicos de control social, los estudios que tratan de sus entresijos y de los modos para su mejoramiento en eficiencia y justicia, están sometidos al control académico y publicitario del sistema, para minimizar sus efectos críticos y emancipatorios.
De este modo, dentro y fuera de las facultades se sigue discutiendo sobre muchas temáticas como si los notabilísimos avances en técnicas de investigación no sirvieran aún para precisar suficientemente “lo que hay” y “por qué”. Estas cuestiones resultan, ciertamente, muy complejas de dilucidar, pero, también, interesa mantenerlas en la nebulosa de las indefiniciones impuestas, las polarizaciones forzadas y las polémicas bizantinas. Por ello, a pesar de las fuertes intuiciones e importantes investigaciones al respecto, aún se discute sobre si el conflicto social es el motor del cambio de las comunidades o es una rémora para su pretendida continua tendencia al mejoramiento. Y también hay enconadas controversias sobre cuál es el vehículo idóneo de ese impulsor, sobre si es la revolución o es el reformismo el auténtico vector para el progreso social.
Con todo, en los últimos tiempos, distintos investigadores de lo social han venido a complicar el asunto, o tal vez, por fin, a llevarlo en sus adecuados parámetros. Buscando y proponiendo alternativas a esta dialéctica en los posicionamientos y enmarcados en el concepto de “pensamiento disutópico”, hablan de autonomía ciudadana y no de emancipación general y establecen profundizar en la transformación de las instituciones de gobierno y no de simplemente reforzarlas o echarlas abajo. Profundamente democráticos, frente a las posturas reaccionarias y las utopistas “del progreso consumado” que pretenden negar el carácter histórico de la evolución social -su tendencia irrefrenable a los cambios nunca definitivos-, se centran en el mejoramiento integral de las instituciones democráticas existentes.
Así, Cornelius Castoriadis, uno de sus más notables representantes, considera que la conciencia de que las leyes que rigen la ordenación social son fruto exclusivo de la propia sociedad y no de fuerzas naturales o sobrenaturales ajenas a ella, es el requisito previo para una sociedad que pretende hacerse cargo de sí misma. Y que, desde esa sapiencia, es la propia sociedad la que requiere de sus ciudadanos y ciudadanas para coprotagonizar, a través de formas democráticas sustanciales (y no meramente procedimentales), la búsqueda del interés general: el objetivo es promover una ciudadanía autónoma, consciente de la condición histórica del mundo social, y para lo cual se requiere tanto de auténtica soberanía popular como de prudencia política. Hay que ser libres como para poder hacer lo que queramos, pero debemos saber que no debemos hacerlo. Podemos liberar el mundo, pero no debemos pretender “acabarlo”.
Entre la inhibición fatalista ante lo dado y las tentaciones totalitarias, hay toda a una línea de pensamiento social que nos anima, a todos y a todas, el demos soberano, ha hacernos cargo de nuestro tiempo cultural y de nuestro espacio político, siendo, a la vez, radicales y contenidos. En libertad, con igualdad y fraternalmente. Y esta es una vía del medio, que no del centro.








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