En otoño de 2008 se puso en evidencia la inviabilidad de la globalización capitalista. La vorágine de abusos y fraudes promovida por las élites del poder económico estallaba en la bancarrota general. No obstante, tras el colapso financiero y hasta el presente, ni en los ámbitos nacionales, ni en los internacionales, la legítima preeminencia política, la presumible racionalidad económica o la mera legalidad vigente, han sido capaces de reconducir la voracidad del capitalismo contemporáneo hacia cauces sociales de justicia, técnicos de eficacia o legales de responsabilidad.
“Los dos vicios mayores del mundo económico en el que vivimos son que el pleno empleo no está garantizado y que la repartición de la fortuna y de la renta es arbitraria y falta de equidad”. Esta crítica al paradigma económico actual no es nueva. Fue realizada en 1936 por J. M. Keynes, el experto que teorizó las concepciones económicas de los Estados del bienestar. Entonces, la imposición de un sistema capitalista sin restricciones ni control político se llamó “liberalismo”, pero los efectos ya eran los mismos que provoca ahora lo que se llama “neoliberalismo”.
Con respecto a la persistente necesidad general de pleno empleo en condiciones “decentes”, tras los 27,6 millones de despidos -más de la mitad de ellos, en los países industrializados- que originó de la crisis económica en su inicio, la Organización Internacional del Trabajo ha informado que el 2011será el tercer año en que habrán unos 205 millones de personas paradas en todo el mundo, los niveles más altos de la historia. Además, en el mundo hay unos 1.530 millones de trabajadores con empleos vulnerables o temporales, por lo que, actualmente, la gran mayoría de la población mundial se ve obligada a malvivir con escasas posibilidades laborales, con altos precios en los bienes esenciales provocados especulativamente y con fuertes recortes presupuestarios en sus Estados.
Durante el fuerte crecimiento económico de los cinco años anteriores al descalabro financiero la reducción del número de empleos en condiciones de pobreza fue mínima. Con todo, la OIT advierte que para evitar un crecimiento del desempleo mundial, en los próximos 10 años deberían crearse 400 millones de puestos de trabajo. A pesar de las nefastas consecuencias, sin importantes cambios en los agentes y objetivos económicos, estas necesidades resultan inalcanzables. Y ejemplarizan la manifiesta incompetencia en materia laboral del modelo económico hegemónico.
Mientras, en el otro lado del espectro, el de los que viven en la cima de la opulencia, las cosas son diametralmente distintas. De los 7 mil millones de seres humanos que habitamos el mundo, sólo unos 10.9 millones ostentan, sin contar otras posesiones, activos disponibles de al menos un millón de dólares. Son los ricos, que acaparan conjuntamente unos 42.7 billones de dólares, el 39% de la riqueza global. Según se constata en un Reportaje sobre la Riqueza elaborado por el banco Merrill Lynch, esta élite del dinero, tras un crecimiento sostenido anual de 9.7%, ya se ha repuesto de sus pérdidas en la crisis de 2008. Los privilegiados, además, han aumentado en un 8,3% su número. En concreto, los millonarios con fortunas de más de 30 millones de dólares aumentaron en un 10,2% y su riqueza, en un 11,5%.
Este prodigio de acaparamiento, las grandes fortunas lo consiguieron especulando en más de lo mismo: invirtiendo el 33% de su riqueza disponible en renta variable y el 29%, en renta fija; apostando el 22% de sus inversiones en materias primas y realizando aportaciones récord en los mercados emergentes; e invirtiendo en el mercado inmobiliario de la región de Asia-Pacífico.
En un contexto de precarización y exclusión económica generalizadas, estos datos muestran el alcance de la mayor iniquidad de la historia social de la economía. Y evidencian la más absoluta incapacidad –e intención- del capitalismo para redistribuir equitativamente la riqueza.
¡Y todo esto sin que hayan mediado crisis bélicas, ambientales o energéticas mayores!








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