Por un evidente deseo de confundir y enfrentar a los ciudadanos, se ha asistido en las últimas décadas en España a un cuestionamiento, políticamente interesado, de los símbolos que representan a la nación. En el País Vasco, con mayor repercusión mediática, y en Cataluña, con mayor efectividad práctica, se ha producido la que se ha dado en llamar “guerra de las banderas”.
Además y a mi modesto entender, entre gran parte de los políticos españoles, se ha llegado a aposentar la idea políticamente correcta, aunque históricamente disparatada, de que la presencia institucional de la bandera española, la aprobada en Ley de 5 de octubre de 1981 donde se establecen los símbolos nacionales, es una herencia franquista que hay que destruir. Y esa creencia está también extendida entre una significativa mayoría de españoles, debido posiblemente a la peculiar enseñanza de la historia de España que han recibido, muchas veces adulterada y tergiversada por los nacionalismos y otros “ismos”. Actualmente no llega al 1,5 % en número de españoles nacidos antes del fin de la Guerra Civil, y el 43 % nació después de la muerte de Franco. Es una cuestión demográfica elemental, pero ignorada sistemáticamente.
A pesar de lo que puedan creer, o les hagan hecho creer, a algunos de los “indignados” de las acampadas urbanas, la bandera “rojigualda” es la adoptada como pabellón nacional de España en 1785, y que la tricolor que exhiben en muchas manifestaciones políticas tan sólo tuvo vigencia entre 1931 y 1939 en la II República, a pesar de que los creadores de esta última confundieron al diseñarla el color violeta por el morado, el verdadero de los Comuneros de Castilla cuyo espíritu revolucionario pretendían simbolizar. Por lo tanto no es una cuestión de partidos políticos, ni de herencias republicanas o franquistas, sino de historia y de sentido común. Por cierto, es también una anomalía en el mundo que sea España una nación con un himno sin letra. Al igual que el 1981 se fijó por Ley la bandera nacional y el escudo, es inexplicable, en términos de racionalidad civil y no partidista, que no se aprobara una letra adecuada y consensuada por todos. ¿Qué autonomía española no tiene su himno con su letra?
En una de las calles de Vegueta, en la capital grancanaria, está ubicada la sede de la Jurisdicción de Menores de Las Palmas del Gobierno de Canarias. Si el estado de la bandera española que ondea es lamentable, lo de que ondea es sólo una figura retórica, el de la canaria es de todo punto incalificable. Es un grito a la desidia y al despropósito, probablemente también un insulto a los símbolos de la patria grande y de la patria chica, a los de España y a los de Canarias por igual. Lo peor del caso es que se produce este hecho en unas dependencias oficiales. Es difícil saber qué es peor intencionado, si ocultar las banderas o colgar harapientos trapos sucios de las astas.
Hay muchas naciones e instituciones que, por el contrario, sienten y entienden la bandera nacional como un símbolo que representa a un país o a un organismo, incluso a una empresa, más allá de creencias y partidos políticos. Es algo que une e identifica a todo un grupo social, no a un partido político concreto, que con todo su derecho y orgullo no duda en exhibir donde puede su propia bandera y su himno. Sin pretender agotar lo que puede verse en nuestras calles, sirvan tan sólo de muestra, y de claro ejemplo a tener en cuenta, las banderas de Italia y de Colombia que ondean en las sedes de sus respectivos consulados, o la de España en el Parque de San Telmo. A nadie en su sano juicio se le ocurriría pensar que sean los símbolos de Silvio Berlusconi, de Juan Manuel Santos o de José Luis Rodríguez Zapatero.
Y aprovechando que se escribe aquí de banderas y mástiles, cabe preguntar al alcalde y a los concejales que aún siguen en funciones por aquel épico y legendario proyecto de utilizar el mástil instalado junto a la fuente luminosa para instalar unos molinillos eólicos que producirían energía eléctrica suficiente para poder mantener calentito el café mañanero en alguna oficina municipal próxima. En particular preguntarle a Néstor Hernández, el abanderado de la causa (nunca mejor dicho) y si es que la cosa pasó de simple ocurrencia, de esas que se aprenden en dos tardes si el maestro es Jordi Sevilla y el alumno Zapatero, podría aclararnos a todos si se llegaron a adjudicar los proyectos de ingeniería necesarios, a quién y cómo se adjudicaron y por qué importes.
Si esos encargos se hicieron, ¿ya se pagaron o figuran registrados entre las facturas o minutas pendientes de pago, poniéndolas en cola como las de cualquier otro proveedor que reza a la Virgen del Pino para que interceda y le abonen lo que le debe? Antes de que lo piense estimado lector, ahora ya creo que responder les importa tanto como el higo de la foto… pero, en mi opinión, mejor quedaría volver a colocar allí la bandera de esta Isla, “pasando un kilo” de volver a retomar cansinas discusiones sobre de quién fue la idea. Creo que así gana Gran Canaria y se archiva la insensatez, si es que el viento no hizo ya el gran servicio de haberla volar hace ya algún tiempito.
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