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Conocimiento, reconocimiento y voto

Miércoles, 11 de Mayo de 2011
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En esta época electoral, pero sobre todo en la preelectoral, los periódicos hacen encuestas, unas veces por su propia iniciativa y otras utilizan filtraciones, más o menos interesadas o intoxicadas, de los partidos políticos que pueden permitirse tal enorme gasto o que otros intermediarios que están o aspiran a estar subvencionados por su patrocinado se las encarguen y asuman, a beneficio de inventario, el coste del trabajo de campo, la tabulación y la cocina. Leyendo en la prensa esas noticias, llenas de gráficos coloreados y medias tablas para darles un aspecto de seriedad, al lector no especialista en estos asuntos le llenan de perplejidad y de incredulidad ver cómo todos ganarán. ¿Cómo es posible que sean tan, pero que tan disparares unas de otras? La conclusión que suele sacarse, aparentemente de forma razonable, es que sigue siendo válido aquel dicho archiconocido atribuido al que fue Primer Ministro Británico a mediados del siglo XIX, Benjamin Disraeli, “hay tres tipos de mentiras: mentiras pequeñas, mentiras grandes y estadísticas”. O en lapidaria frase, también ingeniosa de Lawrence Lowell, decano de la Universidad de Harvard por el año 1909, afirmando que las estadísticas, “como algunos pasteles, son buenas si se sabe quién las hizo y se está seguro de los ingredientes”. En primer lugar, es de justicia destacar que la estadística es una ciencia experimental, y como tal produce resultados ciertos siempre que se utilicen adecuadamente las técnicas y los procedimientos definidos en ella. No es, como algunos afirman, un arte o un puro ejercicio de adivinación. Es pura matemática en acción. Pero también es necesario precisar, que muchos de trabajos publicados en los periódicos no son realmente estadísticas sino refritos que han sido previamente cocinados y adulterados por el propio medio de comunicación o, más probablemente, por la casta política que los ha filtrado para adaptarlos a sus intereses manipuladores de opiniones y conciencias. Y es bien sabido y reconocido que todo lo que manosean los políticos, al poco tiempo suele oler a podrido. Si se lee cualquier trabajo científico en una publicación especializada, lo primero que se expone son las hipótesis y los métodos de trabajo o restricciones aplicados a esa investigación. Eso permite a todo lector que conozca el método científico sea capaz de saber qué fue lo realmente estudiado y el alcance de los resultados obtenidos. En el caso de las investigaciones demoscópicas, sería imprescindible conocer, de entrada, dos cosas: la ficha técnica, (al menos el tamaño de la muestra, la forma de selección de los individuos encuestados y la fecha de realización, no la de publicación), y el cuestionario de preguntas realizadas. Con el tamaño muestral y la forma de elegir a los entrevistados, es posible prefijar el nivel de confianza y fiabilidad de los resultados, ya que no es lo mismo un análisis cualitativo o de proporciones que una investigación cuantitativa. No es el momento de desarrollar estas cuestiones matemáticas altamente especializadas, pero en el caso de previsión de resultados electorales, no es la misma cantidad de personas a entrevistar para intentar conocer el porcentaje de votos que presumiblemente, al día de la fecha de la encuesta, diferente al de las elecciones, podría obtener tal o cual partido si se celebraran en ese momento los comicios, que saber cómo se traducen esos votos en escaños y mucho menos quien gobernará. En esto es donde interviene la “cocina infernal de Pedro Botero” y con gran frecuencia la manipulación pura y dura de los resultados del trabajo de campo. Pero donde más manipulación puede introducirse, si con la encuesta se busca un poco, o un mucho, de agitación y propaganda sectaria, “agitprop” al estilo comunista, es en la elección de las preguntas del cuestionario. Hay un ejemplo clásico en los tiempos en que un determinado partido político va de favorito. No es lo mismo, a efectos de resultados electorales, preguntar ¿quién cree usted que ganará las elecciones? o ¿a qué partido votará usted? Las respuestas pueden ser distintas y si no se tiene en cuenta esto, el resultado publicado puede ser disparatado y asentar la opinión generalizada de que las estadísticas que se ofrecen, no las que se guardan los propios interesados, son un fraude. Y es de suponer que los datos suministrados por las empresas demoscópicas sean verosímiles, lo contrario sería como hacerse trampas en un solitario. Pero la experiencia también afirma que suelen ser bien distintos, tramposos y mentirosos los que filtran después a medios y periodistas de su cuerda. Particularmente falaz son los índices de conocimiento de los políticos. ¿Por quienes y cómo se ha preguntado por ellos? Cuesta trabajo que, por ejemplo en Gran Canaria, la lista de políticos conocidos no esté encabezada por José Macías. Cosa distinta es que esas personas que encabezan los rankings tengan también reconocimiento social positivo. Casi todo el mundo conoce a Santiago Carrillo, al Dioni o a otros personajes mediáticos, frikis de todo pelaje del mundo social o empresarial (como arquetipo isleño estaría Frikigil), aunque desprecien y reprueben su comportamiento. Y tratándose de políticos, una cosa es conocerlos, reconocer o no su coherencia y su presunta honradez y otra bien distinta es votar por ellos. Como ejemplos paradigmáticos suelen proponerse a Julio Anguita, tal vez el político más coherente que hayamos tenido y no por ello merecedor de la confianza de los electores, o a Adolfo Suárez, que acuño aquella frase celebérrima de “quiéranme menos y vótenme más”.
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