Las múltiples y persistentes problemáticas que en estos tiempos se ciernen sobre el mundo del trabajo a nivel mundial, tanto en las etapas de crecimiento de la economía como en las de recesión, hacen ver que esas dificultades son ya estructurales. El modelo económico y laboral vigente está motivado por el ánimo de lucro privado e ilimitado; se basa en una única concepción del trabajo como actividad asalariada; se sustenta en la producción y el consumo crecientes de bienes y servicios; y es ajeno a los requerimientos ecológicos de conservación, regeneración y reciclaje. Por todo ello, se ha tornado obsoleto y contraproducente, resultando manifiestamente inviable.
Pues conviene no olvidar que, desde el punto de vista de la sociedad en su conjunto, las actividades económicas son las estrategias de producción, cuidado y consumo que se realizan para asegurar la supervivencia social. Que en el último siglo desde el quehacer científico se ha evidenciado que, biológicamente, la especie humana es una sola. Y que, políticamente, la soberanía popular y la igualdad de derechos y deberes que conllevan los sistemas democráticos son el diseño de orden social más congruente con esa equivalencia intraespecie. Por tanto, erradicar la miseria, liberar a las personas de la indignidad material y asegurar los medios precisos de calidad de vida de todos los integrantes de nuestras comunidades, debería ser ya el objetivo económico principal de cualquier país civilizado y humanitario.
Para lograr cumplir con este requerimiento de solidaridad básica en los esfuerzos para su consecución, un medio apropiado y coherente sería el de implicar a las personas afectadas por la precariedad y a sus capacidades laborales, disponiendo de los recursos materiales estratégicos a ese fin, junto a la legitimidad redistributiva de nuestras instituciones de justicia económica. Compartir los esfuerzos y compartir los frutos, sería, frente a la mera explotación –el parasitismo de los poderosos- o el subsidio social –que incentiva el parasitismo de los débiles- la solución más digna y recíproca.
Pero, debido a la finalidad antisocial del lucro privado, son multitudes los ciudadanos y ciudadanas que, no importando su preparación y su predisposición laboral – y a despecho de derechos humanos y constitucionales-, en todo el mundo tienen que adaptarse a malvivir, si hay “suerte”, con contratos y trabajos basura. Así, el aumento exponencial de la productividad por la aplicación de las nuevas tecnologías en automatización y cibernética y la limitación de la utilidad laboral a que pueda generar beneficios crematísticos, conspiran en contra de las necesidades socioeconómicas más obvias y ningunean el protagonismo político de lo democrático: todo se compra, todo se vende… y lo que no sigue esa pauta, no interesa.
Esto está provocando que hasta el llamado tercer sector, el de la solidaridad, esté empezando a politizarse y a hablar a las claras de justicia social. Pues nunca como ahora es el momento de reorientar finalidades y procedimientos: abocados a una crisis ecológica planetaria; ante el cambio urgente del modelo de consumo energético y de sus fuentes de producción; y precisando la estabilización demográfica mundial y la erradicación de las condiciones miserables de existencia.
Durante muchos siglos el prestar dinero con interés, fue considerado no solo inmoral y pecaminoso, sino que también ilegal. La conciencia de la injusticia y padecimiento que provoca la vorágine capitalista “neoliberal” nos llama a una profunda revisión de sus bases y sus efectos.
Restaurar los ecosistemas, asegurando los recursos naturales que precisamos y cuidarnos, desde luego, cuidarnos. Esa debería ser, por fin, la última vuelta con el trabajo.










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