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Cuando la tarde languidece

Lunes, 21 de Marzo de 2011
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“Cuando la tarde languidece, renacen las sombras y en la quietud los cafetales vuelven a sentir…”, cantaba desde México Javier Solís. Es de suponer que esta canción no la escribieron José Manzo Perroni y su sobrino Hugo César Blanco Manzo mientras contemplaban un atardecer en Agaete, sentados frente al mar junto a los arbustos del café, en un día 19 de marzo de no importa qué año. Pero, sin la menor duda, esa es la sensación que se pudo sentir en esa zona del noroeste de Gran Canaria cuando el carpintero José, terminada su jornada el día de su onomástica, se disponía junto con María a contarle un cuento a su hijo Jesús para que se durmiera. A medida que el Sol caía, Tamadaba resplandecía como queriendo retar al astro rey en un pique de fuego. El mar permanecía tranquilo y silencioso, sólo dos tenues líneas bancas de unas espumosas estelas rompían la monotonía de su limpio azul. Una era producida por un barquito que volvía a puerto pausadamente. La otra, que se adivinaba más aparatosa en la distancia, era la de un fast ferry que se alejaba hacia el horizonte a toda velocidad. Hasta Tenerife asomó su grandiosa silueta a esta parcela de mar que une ambas islas para ser testigo de tanta belleza y serenidad. Y así permaneció hasta que el Sol se ocultó en el horizonte y se comenzaron a encender las farolas en Agaete y las luces en Santa Cruz. Pocas horas antes lucían toda su belleza natural la flora de la zona, desde la humilde lavanda hasta la inmensa e imponente palmera llena de támbaras, como por aquí se llama a los dátiles, pasando por los claveles de sol o las plantas crasas, con su hermosa austeridad elevándose hacia el cielo. Parecían anunciar, con tranquilidad pero de forma evidente, que al día siguiente explotaría la primavera y que dormiría por tres trimestres el frío y tristón invierno. Así porque sí, no porque lo dictamine unos grandes almacenes. La tranquilidad y la paz que se sentía en el ambiente, ayudaba a olvidar por un rato problemas de guerras y catástrofes en tierras lejanas. La nostalgia del momento se puede dejar reflejada en dos postales que recuerdan los colores y la estética de aquellas primeras películas filmadas en technicolor que tanto sorprendían cuando ya no eran en blanco y negro, ofreciendo un mundo, si no como era realmente, al menos así lo parecía en la oscuridad de las salas de cine. Aun quedan cosas, sitios y momentos de suma belleza en la naturaleza y en los pequeños detalles para todo aquel que quiera, además de ver, mirar a su alrededor con curiosidad.
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