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Carmelo Artíles, un socialista

Sábado, 12 de Marzo de 2011
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En junio de 1994, el día antes de su fallecimiento, visité en su lecho al Senador socialista Don José Prat, que durante la II República había sido Subsecretario y Director General de lo Contencioso del Estado con el presidente Negrín. Me cogió la mano y dijo: “Eligio, la democracia es un ejercicio continuado de humildad”. Ese ejercicio continuado de humildad es el que ha caracterizado toda la vida personal, familiar y política de Carmelo Artíles, campesino de raíz pero de traza de hidalgo, como se definió el poeta socialista gomero, Pedro García Cabrera. Uno de los días que más recuerdo con emoción de mi vida política fue el de la toma de posesión de Carmelo como presidente del Cabildo. Las palabras de su madre, mujer de humilde linaje excepcional, a la que quise y admiré profundamente, me hicieron llorar. Era, posiblemente, la primera vez desde la creación de los Cabildo Insulares, que un político nacido de los veneros del pueblo ocupaba la presidencia del Cabildo Insular de Gran Canaria. Libramos juntos, él como presidente del Cabildo y yo como Delegado del Gobierno, muchas batallas políticas, sobre todo la de lograr que el económicamente exhausto Hospital Insular, que dependía entonces del Cabildo, fuera asumido por el Insalud. Fuimos amigos entrañables, más que compañeros de militancia política, unidos por la fraternidad socialista y por nuestras convicciones cristiano-progresistas. Como los abogados canarios de la II República, que tuve la suerte de conocer y tratar, Carmelo era, como yo pretendo, más humanista que jurista. Lector culto, de una curiosidad intelectual sin sosiego. El último libro que me regaló era una biografía del padre Arrupe, Superior General de los Jesuitas, por el que supe que había sido alumno del Dr.Negrín y compañero del premio Nóbel Ochoa en la Facultad de Medicina de Madrid. Como hombre humilde, Carmelo siguió toda su vida el camino de la virtud para ser un caballero, como le recomendó Don Quijote a Sancho. Era, como se definió Machado, bueno, en el más amplio sentido de la palabra. Se sentía hermano de sus semejantes. Dotado de una proverbial socarronería e ironía campesina, siempre dispensó a todas las gentes un trato afable, y un dialogo sincero a los políticos. Decía que el buen político es el que sabe hablarle a un viejecita del campo y comprenderla. Asumió que ser socialista es no poder ser feliz sólo, y, por ello, siempre trató de paliar el dolor de los más necesitados. El poder que tuvo como dirigente político del PSC-POOE, como parlamentario, y como presidente del Cabildo, no le alejó nunca de los trabajadores ni de los labriegos, de los que provenía y hacía gala con orgullo. Huía del brillo, atento sólo al peso de su trabajo. Le acompañé un día a visitar en su lecho de muerte a Gabriel Mejías, que fuera Alcalde de Las Palmas. Me impresionaron y conmovieron las palabras de consuelo que le dirigió Carmelo sobre la fragilidad de la vida y de la condición humana, y sobre la efímera degradada humanidad. Cuando fui al Tanatorio a velar su cuerpo acompañado de mi amigo y compañero Antonio Aguado, me acordé que en un reciente homenaje al escultor socialista canario Felo Monzón en el CICA, en presencia de Carmelo, Alfonso Guerra citó el texto de una lápida romana de las termas de Caracalla, que dirigí a Carmelo para mis adentros: “Te recordaré siempre querido amigo, en invierno y en verano, cerca y lejos, mientras viva y después”.
Eligio Hernández
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