El pasado mes de enero se conoció el informe de la Comisión nombrada por el Congreso estadounidense para "examinar las causas, nacional y mundial, de la actual crisis financiera y económica en los Estados Unidos". En sus conclusiones se atribuye conjuntamente la responsabilidad del descalabro económico global a los bancos, por sus arriesgadas prácticas para lucrarse; a las agencias de calificación, por su ineptitud al realizar valoraciones; a los supervisores institucionales, por sus laxas actuaciones; y a los responsables políticos, por la falta de iniciativa en regular eficazmente y disciplinar al sector financiero.
Poco después, la Unidad de Evaluación Independiente del Fondo Monetario Internacional, en su informe sobre la “Actuación del FMI en la fase previa de la crisis económico financiera (…)”, llega en su propio ámbito, a similares conclusiones: las múltiples deficiencias organizativas y los enfrentamientos internos, la mala comunicación, la debilidad y los sesgos analíticos, las presiones políticas que provocaron la autocensura, y la falta de supervisión y control por parte de la dirección del Fondo, fueron las causas de que no se pudiera, en tiempo y forma, prevenir la Gran Depresión actual. Ni más, ni menos.
El Neoliberalismo ha resultando ser un colosal fiasco, tanto para el interés general de las Democracias en sus fines de cohesión y solidaridad social, como para asegurar la sostenibilidad ambiental de las actividades económicas, necesidad esta impostergable en estos tiempos. La “revolución conservadora” globalizada, en contra de sus promesas, nos está dejando a la ciudadanía del planeta con los bolsillos vacios y a merced de un entorno cada vez más desestructurado y hostil. Por si fuera poco, desde los estamentos institucionales de la aún gran potencia mundial y de la organización internacional avalista de la Globalización, se reconoce que la avaricia, la falta de profesionalidad, el incumplimiento de responsabilidades administrativas, la vulneración de las leyes, y la connivencia de las autoridades con los poderosos, han sido condición la necesaria para perpetrar este enorme desaguisado. La necedad se ha impuesto desde hace décadas y la corrupción ha sido su punta de lanza.
Estos ignominiosos hechos recuerdan, esperpénticamente, a la fábula de Hans Christian Andersen, “El traje nuevo del Emperador”. La que cuenta como un monarca, embaucado por dos charlatanes que pretendían confeccionar una tela muy suave y delicada con la propiedad de resultar invisible a cualquiera que fuera estúpido o incapaz para su cargo, les encargó un traje hecho con ese maravilloso material. La noticia corrió por la ciudad. Llegado el momento, el Emperador, “vestido” por los timadores, salió en desfile por las calles convencido de portar la nueva vestimenta, pero creyéndose demasiado necio o inepto como para poder verla, aunque guardándose de reconocerlo públicamente. Todos los asistentes, también crédulos y preocupados porque los demás sí lo vieran, a su paso alababan la belleza y calidad del supuesto traje. Hasta que un niño dijo: «¡Pero si va desnudo!». Esto desenmascaró la farsa, pero el rey, aún así, persistió en su conducta hasta que terminó el desfile.
En el mundo real, afortunadamente, en los países “desarrollados” ya no hay emperadores. Solo gente muy rica, expertos muy cualificados, altos funcionarios de la Administración y cargos políticos de máximo nivel, que juntos conforman las élites de poder. No obstante, en nuestros regímenes democráticos, están tan sometidos al imperio de la ley como el resto de sus conciudadanos. Los que de ellos representan el interés y la autoridad públicas, además, están explícitamente obligados a cumplir y a hacer cumplir ese imperativo legal al conjunto. Por ello, con las acciones y omisiones puestas en evidencia, estas élites, no solo han demostrado que estaban “desnudas”, carentes de auténtica visión y liderazgo; también han dejado al descubierto sus múltiples inmundicias, en definitiva, su falta de legitimidad.
Esta es la desquiciada situación puesta al descubierto en casi todos los países “occidentales”, “ricos” y “democráticos”, por informes del propio sistema, pero, sobre todo, por novedades informativas surgidas de Internet, como WikiLeaks y un sinfín de medios de comunicación y difusión alternativos: las cúpulas de poder, pretendiendo arrogarse la capacidad, la legitimidad y la autoridad para gestionar los intereses y destinos generales, han visto puesta en evidencia su auténtica condición: los pretendidos bomberos han resultado ser, en realidad, los pirómanos. A despecho de los omnipresentes cantos de sirenas de los subordinados mediáticos del status quo hegemónico, el velo se está rasgando por múltiples sitios y las tramoyas de la alienación están al descubierto.
No obstante, con el desenmascaramiento, a excepción de la notable vía alternativa abierta por Islandia, estamos muy lejos de tener la problemática encauzada y en vías de solución. Por ejemplo, uno de los miembros demócratas de la Comisión del Congreso de EEUU mencionada, Byron Georgiou, advertía que las estructuras básicas del sistema financiero que llevaron a la gran crisis siguen firmemente instaladas. Más aún, “(…) la concentración de activos financieros en los bancos comerciales y de inversión más grandes es significativamente mayor ahora que antes de la crisis, como resultado del vaciamiento de algunas de las instituciones y la unión y fusión de otras para conformar entidades más grandes”. Privatizaron los beneficios entre las minorías privilegiadas, como nunca en la historia; socializaron las pérdidas, arruinando a millones de ciudadanos y ciudadanas y empresas por todo el mundo; y con los fondos obtenidos generosamente por los gobiernos, ahora, especulando con la deuda pública, mantienen en jaque a las soberanías de las administraciones políticas de los países, y revientan los precios de materias y alimentos básicos.
Aún así, hoy, gracias al poder local y global de comunicación y difusión de contenidos multimedia al alcance de la ciudadanía de a pié, en algunos países con regímenes dictatoriales, la población está empezando a librarse de la opresión autoritaria y cruenta, tomando pacífica y multitudinariamente las calles y plazas de las grandes ciudades, para reivindicar sistemas políticos, formalmente democráticos y de derecho. En los países donde están consolidados estos sistemas electoralistas y de libertades formales, el reto de liberación pendiente es la erradicación de la alienación socioeconómica que mantiene a las sociedades pasivas y atomizadas ante tanto desafuero. Para este envite, la ciudadanía deberemos hacer bastante más que encontrarnos, en multitud y pacíficamente, en los espacios públicos. Además, es preciso que accedamos a las instituciones políticas, a través de la participación masiva en las candidaturas y las votaciones electorales, para erradicar la corrupción y despedir a los corruptos. Implantando maneras transparentes y responsables e instaurando vías para el control popular y efectivo de la gestión de las Administraciones, haremos posibles, por doquier, verdaderos regímenes democráticos y constitucionales, auténticamente sociales y ecológicamente sostenibles. Condiciones, todas ellas, imprescindibles para alcanzar sociedades autónomas, solidarias y viables. De esta manera, podríamos completar el círculo de emancipación, conciencia y responsabilidad preciso para la mundialización de la libertad, la igualdad y la fraternidad del conjunto de la humanidad. ¡Que ya es hora!.








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