Parafraseando el poema “Canción de otoño en primavera” de Rubén Darío hablando de la juventud, se podría también decir como el poeta: “Justicia divino tesoro, te vas para no volver”. Aunque, pensándolo mejor, tal vez no se pueda ir lo que nunca estuvo.
Hace unos días, a raíz de un suceso lamentable que acabó con un conocido empresario en la cárcel, en la prensa local se pudieron leer decisiones judiciales difíciles de entender para las personas corrientes, de esas que aún creen que la Justicia es su última garantía frente al delito. Creen, ilusas, que los autos judiciales y las sentencias tienen como fin corregir injusticias a la vez que deben ser socialmente ejemplarizantes cuando reprochan conductas delictivas.
“La justicia de la Justicia es una entelequia”, a lo sumo hay que aspirar a retorcer el Derecho en la defensa del delincuente, explicaba un muy reputado abogado. Y lo aterrador del asunto es que probablemente tiene toda la razón. Malinterpretar el conocido aforismo de “aborrece el delito pero compadece al delincuente”, adobado de una buena dosis de “buenismo” sociológico y relativismo político, está reduciendo a las víctimas a meras circunstancias que hay que ocultar, mientras se presenta al delincuente como la verdadera víctima obligado a actuar así por una sociedad alienante que no le comprende.
En los tiempos que corren, parece que el Derecho se separa del sentido común a galope tendido. Hasta su peculiar lenguaje es difícil de entender. Se dice que los investigados por la policía, o los cogidos en delito flagrante, son técnicamente “presuntos inocentes” hasta que un tribunal los condena. Mientras eso acontece, (normalmente la duración de un proceso es inversamente proporcional al poder económico del procesado), algunos de ellos hacen ostentación pública, apareciendo en actos sociales o comiendo con otros presuntos en restaurantes afamados. Salvo en los estados policiales, se supone que la policía y los jueces sólo investigan a quienes parecen ser realmente “presuntos culpables” y no pierden su valioso tiempo en averiguar cosas de quien no ha levantado sospechas de conducta delictiva.
A las portadas de los periódicos y los telediarios llegan los casos más escabrosos o los que son de interés político partidario, sin que eso le importe a quien no le preocupa “ensuciarse la toga con el lodo del camino”. Y ya se sabe que la política todo lo corrompe, o como sentenció Lord Acton: “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Y en clave más hispánica también lo dijo Alfonso Guerra al hablar de la separación de los tres poderes en relación con la justicia: “Montesquieu ha muerto”. En realidad parece que sólo se equivocó en el número de poderes fallecidos ya que los tres clásicos ─legislativo, ejecutivo y judicial─ han sido sustituidos en España por otros tres distintos: el partido político gobernante (que engloba a los primeros), la prensa y los sindicatos (los mayoritarios, no todos por suerte).
Aprender de la historia puede ser bueno para no repetir errores del pasado. Es sabido que la justicia y el poder judicial durante el III Reich llegaron de la mano a límites aberrantes, precisamente por aferrarse al derecho y no a la justicia. En la película “Vencedores o vencidos”, rodada en 1961, hay un diálogo revelador cerca del final de la cinta, cuando tras la condena a jueces y magistrados del régimen nazi, el magistrado alemán Ernest Janning, autor de excelentes tratados de derecho e interpretado por Burt Lancaster, pide hablar en su celda con el juez que lo sentenció. Tras admitir su responsabilidad personal y aceptar como justa su condena quiere disculparse moralmente, confesándole que “nunca jamás supuse que se iba a llegar a eso”. El Juez Haywood, interpretado por Spencer Tracy, le replica: “Sr. Janning, se llegó a eso la primera ve que usted condenó a muerte a un hombre sabiendo que era inocente”.
Volviendo a territorio patrio, resulta inquietante que ante el tratamiento que se está dando a los presos y asesinos terroristas etarras, otorgándoles beneficios penitenciarios, permisos y excarcelaciones difícilmente entendibles por las víctimas y por casi cualquier persona de bien que se conduzca por códigos éticos y morales y no por consignas oportunistas de partidos políticos, el lema de las manifestaciones de rebeldía cívica contra esa situación sea “Memoria, dignidad y justicia”. Dicen las víctimas, y yo lo suscribo, que memoria para no olvidar lo inolvidable; dignidad para no ser tratadas con menosprecio y como si ellos fueran culpables de algo; y justicia para que los asesinos cumplan condena por sus delitos y se busque la forma de que reparen en lo posible el inmenso sufrimiento causado por ellos a víctimas inocentes. No piden venganza, sólo ser tratados como seres humanos ¿cabe mayor grandeza moral?








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