A propósito de las tres últimas alertas por fuertes vientos y lluvias casi seguidas, me viene a la memoria, los comentarios que mi padre hizo en varias ocasiones, de cuando CORRIÓ ROCIANA (1.956-1.957). Decía que estuvo dos meses (algo exagerado) agarrando el techo de la choza donde vivía; para que no se lo llevara la lluvia y el viento. Los más viejos del lugar no recordaban un temporal como aquel, ni lluvias como aquellas, tanto por su intensidad como por su duración; el barranco corría de lado a lado con una fuerza que bramaba.
La choza (cuartería), estaba donde se ubica hoy el hotel Paraíso Maspalomas, las cabras las tenia al otro lado del barranco, y un vecino piadoso les dio de comer y las ordeñó durante ese tiempo, mi madre seguro encontró alguna solución; siempre asumió la responsabilidad sin dudar.
Mis padres como tanto vecinos de los distinto pagos de la Caldera de Las Tirajanas, bajaban a la costa para trabajar durante la zafra, en un régimen de aparcería (cuasi esclavista) en el cultivo de tomateros.
Las cuartearías eran cobertizos que preparaban los aparceros con piedras, palos, y pencas de palmas, etc., y solían vivir durante la zafra una o varias familias con un sentido solidario, y que estabas difuminadas en todas las zona del sur-sureste gran canario (todavía quedan muchas, como vestigios de lo que fuimos y seguimos siendo) en este municipio.
Todas la familias que se iban instalado en ellas con ideas de permanencia, bien, porque el patrón les aseguraba que la zafra siguiente les daría una o dos fanegá, dependiendo de los miembros de la familias disponibles para el trabajo, o bien, porque no tenían otra alternativa; se procuraba su huertito, sus animales para sobrevivir (los anticipos a cuenta del resultado, eran insuficientes), las cabritas, las gallinas, el cochino, etc.
Las cuartearías no solían tener guarderías, ni colegio, así que los niños estaban con ellos en el trabajos y en el cuidado de los animales y a muy corta edad nos acostumbramos a tener un cierto grado de responsabilidad, (si no le echabas de comer a las cabras, tu padre lo notaba cuando las ordeñaba), así que, era mejor hacer las cosas bien y de paso te ahorrabas una bronca o algún cogotazo.
Me hago cargo lo difícil que debe ser, entender desde el presente de dónde sacaron fuerzas aquellos que desde la cuna le habían negado todo menos el trabajo de sol a sol. Y sin embargo salieron adelante.
Hoy nuestro jóvenes y no tan jóvenes que sueñan con ideales de libertad, de igualdad, de paz, de armonía medioambiental..., deben conocer la historia que no ha traído hasta aquí, y de aquellos que lo hicieron posible y ser capaces de identificarse con sus afanes, sus dificultades y sus luchas, aunque finalmente tendrán que escribir su propia historia.
Los pueblos que no tienen historia, que no sienten la historia como algo propio, son pueblos empobrecidos. Pero los pueblos que no saben buscar nuevos horizontes son pueblos acabados.
Decía también mi padre, que si alguna vez volviera a llover igual, el Campo Internacional, desaparecería.
Y todo esto es porque, muchas veces, a pesar de las tremendas penalidades por la que pasaron mis padres al igual que muchos de la época, me pongo a imaginar cuales serian las vistas desde la choza donde vivían mis padres.








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