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Sobre el hambre y las ganas de comer

Domingo, 16 de Enero de 2011
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Para infinidad de seres humanos, el hambre supone una severa falta de recursos de todo tipo: alimenticios, sanitarios, de cobijo, socioeconómicos y políticos. Sus afanes por salir adelante se desbaratan ante la desnutrición crónica, los riesgos cotidianos de infecciones, la habitual carencia de comodidades, el frecuente desamparo comunitario y los reiterados maltratos a su dignidad y a sus derechos fundamentales. La proporción de personas en estas dramáticas circunstancias es amplísima en los países que se denominan pobres, periféricos o del tercer mundo, los cuales, no por casualidad, suelen estar dominados por élites de poder arteramente privilegiadas y enriquecidas que se perpetúan a través de regímenes autoritarios y despiadados. Hoy más que nunca, un sinfín de nuestros semejantes padecen existencias infames, día tras día, hasta su muerte. Sin embargo, para otros seres humanos, los que habitan en los Estados considerados ricos, centrales o del primer mundo, el hambre solo es una cuestión de tener ganas de comer, pues tienen amplio acceso a una variada nutrición, gozan de condiciones de vida salubres y de asistencia sanitaria de todo tipo, viven en hábitats confortables, cuentan con medios comunitarios y económicos para procurarse una existencia digna, y están protegidos por garantías sociales y derechos legitimados “de la cuna a la tumba”. Estos ciudadanos y ciudadanas “de primera”, habitantes de las naciones opulentas, son muchísimos menos que los “de tercera”. No obstante, también en estas sociedades, existen gentes empobrecidas que malviven en un virtual “cuarto mundo” de precariedad y exclusión. Hasta hace poco, éste era un fenómeno reducido, pero, actualmente, se está extendiendo vertiginosamente. Durante las tres últimas décadas, la globalización económica neoliberal de las finanzas y las empresas multinacionales, ha venido a completar los dominios de más antigua raigambre -los bélicos y los expoliadores- de las sucesivas potencias imperiales sobre el conjunto internacional. Esta vez, el sórdido fin de concentrar cantidades ingentes de riqueza material y de poder de dominio en las manos de unos pocos, ha juntado “el hambre” del viejo autoritarismo clasista, con “las ganas de comer” de las nuevas formas de explotación y alienación. Y así, signo de los tiempos, se ha provocado un desastre humanitario y medioambiental sin precedentes y de alcance planetario, que se extiende como una marea corrosiva por el mundo y la biosfera. Es por esto que, en todo el orbe, los que tienen “hambre y sed de justicia”, es decir, una fuerte pretensión de que los responsables de gestionar los asuntos de relevancia general asuman, sin más elusiones y dilación, un auténtico compromiso humanitario, son ya innumerables. Y se están empezando a oponer decididamente a esta última gran calamidad impuesta por los poderosos del mundo, sus secuaces y sus lacayos. Está en pugna por emerger un pensamiento y una acción políticos coherentes con la convicción de que el proceso histórico de la humanidad está determinado por la humanidad misma y por nuestro entorno, y de que, por tanto, según qué conductas sociales prevalezcan y qué circunstancias ecológicas nos afecten, siempre existe la posibilidad de que nuestra subsistencia pueda transformarse a mejor o a peor. Por todo ello, frente a las percepciones alienadas, las justificaciones descontextualizadas y las reacciones fatalistas que refuerzan -con sus acciones y omisiones- el status quo, sus intereses y sus inercias; éste es el momento de poner en común nuestras convicciones más lúcidas, junto a nuestras incertidumbres verdaderas, para así reconducir nuestro mundo, honesta y esperanzadamente. Sostenidos en nuestros valores de igual dignidad humanitaria, en nuestros fines de libertad, igualdad y fraternidad ecuménicas, pero imbuidos de la necesaria prudencia ante los límites y riesgos que arrostramos, es la hora de que la ciudadanía de todos los lugares, asuma el protagonismo histórico ineludible para que prevalezca la concordia planetaria. Solo tomando las riendas de la responsabilidad solidaria y ecológica es como podremos salir del postrero cerco que los enemigos de la especie humana, emancipada y consciente, pretenden llevar a sus últimas y suicidas consecuencias. Es indispensable que estas inquietudes y estos retos se asuman en correlación y simultaneidad entre los ámbitos locales y globales, dada su enorme complejidad y urgencia en asumirlos. Ningún espacio es demasiado pequeño o irrelevante en estas inusitadas circunstancias. No lo es, desde luego, el territorio y la sociedad de las islas Canarias. Nuestra población, además, está sometida a condiciones de empobrecimiento y exclusión que constituyen una auténtica emergencia social y política, debido al reiterado abandono de las responsabilidades institucionales en sus Administraciones autonómica, central y europea. Antes de las próximas elecciones, durante las elecciones y después de las elecciones, las personas, colectivos y organizaciones conscientes de la relevancia del momento, debemos dar relevancia pública a nuestro compromiso con los valores y exigencias de la Democracia, la solidaridad y la sostenibilidad. Estos son los ejes fundamentales para la necesaria regeneración y liberación general, frente al fiasco programado por los intereses más antisociales y reaccionarios. No es momento de quedarse en casa, de cobijarse en los acomodos. Hay que salir a la intemperie de la calle, que también es el ágora del pueblo soberano, y dar nuestro testimonio y ejemplo cívicos, pues es urgente refortalecer nuestro sistema democrático. Es solo con nuestra implicación directa como conseguiremos que la renovación de cargos en las instituciones se efectuará asegurando la justicia socioeconómica que merecemos la ciudadanía canaria. De no hacerlo así, lo que nos queda es resignarnos a que nos den, cada vez, menos “pan para hoy” y más “hambre para mañana”.
Por Xavier Aparici Gisbert, Filósofo.
Secretario de la Asociación Redes Ciudadanas de Solidaridad.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com.
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