Desde hace décadas, la ideología neoliberal promociona las imposiciones culturales, políticas y económicas que, a conveniencia de las elites antisociales del poder internacional, están asolando el mundo. Pero a diferencia de en el resto de los países, los ataques de esta “revolución” reaccionaria contra las condiciones sociales de subsistencia digna y los derechos económicos básicos, en los Estados Democráticos de los países más poderosos, ha precisado mucho más que el empleo de la cooptación y la corrupción de los dirigentes institucionales y de la fuerza bruta contra los rebeldes para aplicar su puño de hierro a las sociedades.
Debido a la cultura democrática general y a la influencia institucional de la ciudadanía en estas naciones, a su libertad de pensamiento y tolerancia ideológica relativas, en Occidente, los poderes fácticos hegemónicos han debido justificar públicamente las presuntas virtudes de su modelo frente a otros, y asegurar los supuestos efectos positivos para el progreso general de sus procedimientos. Y ese mínimo rendimiento de cuentas ha permitido hacer visibles las críticas, las contestaciones y las resistencias a este estado de cosas.
Con todo, como se trata de una continuada acometida “desde arriba” y global, orquestada ideológicamente con los ingentes medios actuales de ocultación, tergiversación y adoctrinamiento masivos, su extensión en todos los niveles sociales ha resultado notabilísima, consiguiéndose que la alienación y el conformismo predominen, a pesar de la absurdidad de los valores neoliberales y de los nefastos resultados de sus prácticas. La situación internacional a la que nos ha conducido este dominio irrestricto de los poderosos es tan inusitada como amenazante. Estos son sus parámetros:
El modelo económico del Sistema ha estallado. Hace más de tres años que, tras la plena liberación de la desquiciada lógica del capitalismo, muere “de éxito”, arrasándolo todo en su derrumbe.
Con el petróleo llegando al límite de su escasez, estamos abocados a un colapso energético mundial inmediato de persistir en el uso de las energías fósiles, insosteniblemente contaminantes.
Y nos encontramos próximos a una catástrofe medioambiental planetaria por el agotamiento y deterioro de acuíferos y suelos cultivables, por los múltiples desequilibrios y extinciones infringidos a los ecosistemas, y por los efectos del calentamiento global.
Todo ello tiene su causa en el modelo de crecimiento impulsado por la plana mayor de quienes domeñan el mundo a despecho de las ansias fraternas de la ciudadanía cosmopolita y de las múltiples capacidades emancipatorias la cultura mundial contemporánea. Por sus objetivos, por sus procedimientos y por su falta de responsabilidad humanitaria y ecológica, las actuales elites de poder están completamente desprestigiadas: tras sus barnices cultistas y morales, solo había voluntad de opresión y explotación, necedad y vicios materialistas.
No obstante, los voceros de este orden antihumanista y biocida siguen ninguneando en su expresión mediática los términos más relevantes de esta encrucijada histórica y civilizatoria en la que nos encontramos. La cohorte de expertos para nada, de cuadros burocráticos, de cómplices apesebrados y de tontos útiles de toda ralea, ante la magnitud de la farsa y del descalabro, se conduce como si no quedara más que seguir en la suicida inercia, confiando en que el camino hacia ninguna parte al que nos precipitan, continúe con la sumisión resignada de las grandes mayorías silenciadas, extraviadas y embrutecidas.
Esta deriva demencial es sostenida por la contumaz connivencia de quienes, indignamente, gestionan, en las instituciones políticas, la perversión de nuestros sistemas democráticos y de sus valores solidarios. Aunque todos y todas somos responsables y víctimas del momento en que nos encontramos, no tenemos ni la misma responsabilidad en el engaño, ni la misma desidia en pugnar por su solución. Y eso marca muchas diferencias y posibilidades.
En estos días de remembranzas sobre lo pasado, tanto a nivel íntimo como colectivo, y de aspiraciones y buenos deseos sobre lo que tiene que venir, hay un gran propósito que urge emprender: debemos asumir nuestra responsabilidad de ser ciudadanos y ciudadanas de Estados sociales y de derecho. Hemos de aprender, discernir y ocupar nuestro crucial cometido político de defender y profundizar nuestra democracia y nuestras instituciones públicas. Frente a quienes persisten en modelos caducos e indignos; a pesar de la propaganda nihilista de que solo se puede ir a peor; por nosotros y nosotras, por cada uno, por los que nos siguen en la vida y sus afanes, por nuestra Tierra… Tras siglos y siglos de esclavización, de masacres y de hambrunas inducidas, ante el máximo reto de emanciparnos y reconciliarnos, regenerémonos solidariamente, pues es necesario, es urgente y es posible.
Feliz año.








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