Desde el día 10 al 12 de diciembre se celebró en esa calle de nombre tan gloriosamente imperial, la Avenida Carlos V de Carrizal, la VII Feria del Sureste, con la participación de casi un centenar y medio de puestos de artesanía, agricultura, ganadería y hostelería de los municipios de Agüimes, Ingenio y Santa Lucía.
Las casetas estaban ubicadas a lo largo de la Avenida. Para recorrerlas había dos posibilidades, según donde la diosa fortuna le hubiera permitido aparcar el coche. La más recomendable era empezar por abajo, por la parte donde se inicia la cuesta interminable. Probablemente no sea casual que allí estuvieran ubicados los tenderetes de hostelería, dicho en su doble sentido, donde catar uno de esos nuevos vinos de la zona, entreverados con algún pizco de queso o unas aceitunitas de la comarca, para que la “Pacha Mama”, que diría el indigenista Evo Morales, nos de fuerzas para remontar la empinadilla calle. Luego para caminar hacia abajo, dicen las gentes sabias, hasta las piedras ruedan.
De quesos, aceitunas, aceites, mieles, vinos, verduras y frutas son los puestos más numerosos en esta Feria. Algunos menos de artesanía tradicional, cestería, ebanistería, calados y bordados o derivados de la cera para fabricar velas decorativas. Muy llamativo, a la vez que original, resultaba un Nacimiento con figuras de ratones dentro de un queso. Todo ello amenizado con el canto y baile de una agrupación folclórica. Y como puede apreciarse en las fotos, “abierto hasta el amanecer” estuvo la Feria.
Agüimes, Ingenio y Santa Lucía son los municipios que componen la Mancomunidad del Sureste, organizador de este evento, que esperan lo visiten más de cien mil personas. Ellos sabrán de dónde y cómo obtienen esta cifra tan abultada y generosa. A mi entender esta Feria concreta tiene más de fiesta que de feria y no estaría de más conocer los resultados económicos reales para los que allí acuden, no los estimados por los organizadores por el método de chuparse el dedo y enfrentarlo al viento. Convendría tener presente que frutas y verduras, aceites, quesos y mieles son vendidos directamente por los agricultores cada semana en los mercadillos que se celebran en las distintas poblaciones de la Isla, lo que probablemente implique que esta clase de productos no tengan demasiado interés económico en una feria, salvo por el aspecto étnico y cultural y para que la gente recuerde lo que ya suele saber: qué productos hortofrutícolas produce cada comarca. Algo similar se puede decir de la mayoría de la artesanía tradicional que se muestra. Por el contrario hay muy poca representación de los nuevos creativos, que ofrecen elementos de la cultura canaria plasmada en materiales y soportes distintos de los llamados tradicionales, por ello con alto interés como souvenir.
Sin pretender ni por asomo justificar decisiones políticas ni agravios comparativos, tal vez sea en ese dudoso interés donde encontrar la respuesta a las quejas de un empresario, “no se entiende la dejadez del Gobierno canario”, o a las del Presidente de la Mancomunidad, Juan Díaz, “Paulino Rivero, presidente del Gobierno canario ha incumplido el compromiso de colaborar con la feria”. ¿No estará alguien confundiendo Feria con mercadillo amenizado por grupos folclóricos o actuaciones en directo de otros grupos musicales? Cuando Antonio Morales, alcalde de Agüimes, dice que “hemos solicitado esa ayuda y no se ha cumplido”, está evidenciando la inviabilidad económica de una feria de esta naturaleza, que no es capaz de autofinanciarse sino que necesita acudir a la “teta” pública. ¿Es lógico y razonable que se gaste así el erario, aunque sea igual de reprobable que otros políticos también malgasten dinero público en eventos similares?
La muestra de halcones y otras rapaces estuvo muy interesante, mostrándose bellos ejemplares de estas aves, dicen que las más veloces cayendo en picado sobre una presa. Sus entrenadores explicaban a los asistentes algunos detalles curiosos de la cetrería, o caza con aves rapaces, que también se usan en los aeropuertos para ahuyentar a los pájaros y palomas, evitando que colisionen con los aviones que aterrizan o despegan.
Igual de interesante estuvo la pequeña muestra de ganadería, desde los pequeños cochinos negros hasta las enormes vacas y bueyes, pasando por ovejas y cabras. Mención especial merece la burrita. Las de esa zona son tan “humanas” que cuando alguien le preguntó sobre una cuestión medioambiental o por un plan urbanístico en trámite, se llevó la pata trasera a la cabeza para pensar, al igual que hacemos los humanos cuando reflexionamos. Si es que a la postre burros y humanos somos tan parecidos. Ya lo decía Juan Ramón Jiménez en su “Platero y yo”. ¡Pues va a ser que sí!








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