Si entendemos por ineptitud la carencia de aptitud para una cosa, la inhabilidad e incompetencia, e incluso la muestra de necedad o incapacidad para un algo en particular, hay que ponerse a temblar cuando una persona inepta alcanza el poder en la política o en la empresa. Hay algunos ineptos que alcanzan el poder en los dos campos.
La existencia en las empresas de directores generales ineptos es una realidad. Alguno ha llegado a la empresa privada valiéndose de su hipotética influencia por haber ejercido el poder en la política aunque después se demuestre que esa influencia no existe. En la mayoría de los casos muestran las mismas características como, por ejemplo, confundir la acción de dirigir con la de gobernar, exigiendo sólo soluciones desde su despacho estableciendo tiempos y especificando el contenido de los resultados sin tener la más mínima idea de lo que pide.
Un director general inepto se muestra siempre ocupado y carente de tiempo. Para él se requieren días de treinta y seis horas, sacrificio en las vacaciones de los demás, exige el triple de esfuerzo a su personal, los obliga a trabajar sin reparar en el tiempo, pero cuando tiene un compromiso fuera del ambiente laboral no duda en retirarse. Se muestra prepotente ante su personal pero nervioso ante sus superiores. Hace uso del poder que le confiere la posición pero duda, vacila o calla ante el cuestionamiento que le realice cualquier superior.
Un director general inepto vende como suyas las ideas que su personal le ha sugerido. En algunos casos pide que les envíen la propuesta o el desarrollo de un trabajo en formato electrónico y, tras algunas pequeñas modificaciones, las presenta a sus superiores como si fuera el resultado de su esfuerzo.
Un director general inepto es adulador, servil y exhibicionista con sus jefes aunque, en el fondo, los considere unos “paletos” que no están a la altura de su nivel intelectual. Siempre resalta sólo aquello que considera valioso ante los ojos de sus jefes, a quienes atiende y complace de una manera servil y poco ética, sin importar la imagen que se forje ante sus subordinados. Frente a sus superiores se muestra incansable y dedicado, manifestando que si no fuera por su “estilo gerencial” la empresa no tendría éxito, obviando por completo el esfuerzo de su equipo de trabajo.
De manera constante y repetitiva, dice a su personal que las cosas van de mal en peor y por lo tanto han de aceptar las condiciones que él les imponga en el ambiente laboral, pues de lo contrario estarían arriesgando sus empleos y no duda en practicar el acoso laboral para intentar quitarse de encima a quienes pueden poner en evidencia su incapacidad en determinadas cuestiones.
Se muestra estresado y malhumorado, se empeña en que las cosas deben hacerse como él lo dice y especifica el más mínimo y absurdo de los detalles, aún cuando lo que desea expresar no se vea reflejado en sus demandas y trata de menospreciar los éxitos de los demás.
Suele ser muy hábil en la palabra, en el montaje de escenarios que le favorezcan, en dar una buena impresión a las personas que no lo conocen o no son de su área e, incluso, en parecer una verdadera lumbrera en el campo administrativo. Estudia y ordena las expectativas que sus superiores poseen de él y se las ingenia para quedar bien frente a ellos, sin importar el costo en el capital humano que ello genere. En la mayoría de los casos conoce sus limitaciones, aunque no las acepte, por lo que se vale de artilugios para alinearse con personas serviles que pueden ofrecerles soluciones o ideas que posteriormente mostrará como el fruto de su experiencia y reflexiones.
Esa ineptitud se acentúa más cuando el director general ha ejercido el poder político durante muchos años y pretende dirigir la empresa con el mismo estilo mediocre que lo hizo en la política, olvidándose que en la empresa no valen los eslóganes y las promesas sino la buena gestión y proyectos de futuro. Está tan acostumbrado a dejar en la cuneta ideas y personas y aupar a quienes no tienen más mérito que haber caído simpáticos, que no se da cuenta que el escenario empresarial es distinto y requiere de otras actitudes y ritmos
Cuando un inepto alcanza el poder, aspira únicamente al saldar sus deudas con aquellos que le agraviaron por el sólo hecho de ser mejores que él; por eso, tras su paso sólo queda desolación. En su pequeña y retorcida mente, disfruta de antemano de uno de los pocos placeres que se permite, y es el imaginarse la caída del pedestal que está intentando socavar. Lo que no sabe es que ese mismo pedestal, si cae, puede caerle encima.
Es lamentable que un inepto alcance el poder, pero más lamentable es que haya alguna empresa o partido político que le dé cancha para que siga desarrollando su ineptitud, sin darse cuenta que, con ello, la empresa puede estar perdiendo talento humano y el partido credibilidad ante sus votantes.








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