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El olvido de los muertos, consecuencia de la pérdida de memoria del siglo XXI

Domingo, 31 de Octubre de 2010
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El olvido de los muertos y el abandono de tradiciones funerarias arraigadas en la sociedad canaria desde hace unos cuarenta años, como el lugar donde se enterraban y la forma en que se velaban, es una de las consecuencias de "la pérdida de memoria" propia del siglo XXI. Así lo ha manifestado en una entrevista con Efe el arqueólogo de la Unidad de Patrimonio Histórico de la Consejería de Cultura del Cabildo de Gran Canaria Javier Velasco con motivo del curso "Un patrimonio de Muerte", organizado para tratar de recuperar tradiciones que se están perdiendo "con las nuevas formas de celebrar el Día de los Muertos". La segunda edición de este curso ha recordado que los Ranchos de Ánimas, -las cofradías que se dedicaban a pedir por las ánimas a partir del siglo XVIII-, están a punto de desaparecer en Canarias, y también se ha centrado en el bicentenario de la fundación del Cementerio de Las Palmas, en Vegueta, que se conmemora en 2011. Velasco destacó que los cementerios que se conocen en la actualidad sólo tienen 200 años de historia, ya que entre los siglos XVI a XVIII a las personas se las enterraba en las iglesias y conventos en tumbas que se situaban más o menos cerca del altar si tenían o no lápida o eran o no de propiedad. Así, destacó que templos como la Catedral de Santa Ana o iglesias como las de San Francisco o Santo Domingo, en Las Palmas de Gran Canaria, fueron lugares de enterramiento y afirmó que "esos muertos aún están ahí debajo" y que, en algunos casos, se les conoce arqueológicamente y, en otros, a través de documentación escrita. A partir del siglo XIX, por influencia de las ideas ilustradas y para evitar las malas condiciones de salubridad que originaba el continuo enterramiento en las iglesias, se comenzó a enterrar en cementerios que, además, se sacaron de las ciudad, concretamente a las afueras de la muralla que la rodeaba y en una zona de explotaciones agrícolas, en el caso del Cementerio de Las Palmas, en el barrio de Vegueta de la capital grancanaria. No fue hasta el Concilio Vaticano Segundo cuando la Iglesia aprobó que las personas pudieran ser incineradas, ya que la destrucción del cadáver por el fuego era una práctica que tres siglos atrás estaba reservada para los que no profesaban la fe católica o eran herejes. Velasco subrayó que a las brujas y herejes se les incineraba para privarles de su cuerpo y que así no pudieran resucitar en el día del juicio final y destacó que esta práctica que hoy resulta tan cotidiana, hace 300 ó 400 años era un castigo para esas personas. El arqueólogo manifestó que estos cambios de mentalidad ponen de manifiesto que "la muerte es una continuidad del mundo de los vivos" y en ella proyectamos muchos elementos consustanciales a la sociedad en que vivimos, de ahí la importancia de "dónde nos enterramos, al lado de quién lo hacemos o cómo recordamos a nuestros difuntos". Sus investigaciones le han llevado a concluir que la vinculación entre vivos y muertos es un elemento en común entre las poblaciones prehistóricas y las posteriores a la conquista de Canarias, si se compara con la lejanía con la que hoy se trata a los muertos. Así, afirmó que en la mayor parte de los yacimientos arqueológicos de Gran Canaria vivos y muertos compartían espacios, es decir, que la relación con los antepasados era cotidiana. Sin embargo, en la actualidad se han abandonado "tradiciones de no hace más de 40 ó 50 años", como las de morir en casa, ser velado allí y ser conducido hasta el cementerio con ayuda de familiares, ya que ahora se muere en hospitales y los velatorios se hacen en tanatorios absolutamente asépticos que no permiten esa vivencia con la muerte. El arqueólogo lamentó que sea mucho más infrecuente el recordatorio a los muertos, aunque que cada 1 de noviembre se sigan llenando los cementerios y achacó este olvido a la "pérdida de la memoria que sufrimos en este siglo XXI".
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