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Primarias, el gran elixir crecepelo

Miércoles, 06 de Octubre de 2010
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Por muchos que algunos se empeñen, las primarias en España se parecen a las que se celebran en EEUU sólo en el nombre. Las que más se aproximan a las americanas, por ahora y a mi modesto entender, son las que anuncian Unión Progreso y Democracia, UPyD. Y eso tan sólo por el asunto de los avales que, por ejemplo, el PSOE exige a los aspirantes a candidatos para presentarse y que tantos comentarios negativos y acusaciones de manipulación por parte del oscuro aparato han suscitado. En el partido cuyo mascarón de proa es Rosa Díez, pueden presentarse ante su militancia cuantas personas aspiren a representarlos en las instituciones públicas, sin necesidad de que previamente tengan que convencer a nadie para que les firme un aval que ya no podrán otorgar a otros aspirantes. Es decir, obligando al militante a apostar por una persona sin haber podido escuchar previamente las propuestas de unos y otros en debates serios y formalmente convocados, no en corrillos de bar y otros contubernios conspirativos comunistas-judeo-masónicos, que se decía en otros tiempos. Como parece obvio, la posible y más que probable adulteración de los principios democráticos está servida con este peculiar sistema. Conviene recordar que es condición necesaria en una auténtica democracia que los ciudadanos puedan votar, pero eso no es condición suficiente. En Cuba, Venezuela o Corea del Norte se vota, sus dirigentes se autoproclaman campeones de la democracia. Pero allí, oponerse al poder, puede costar al osado su propia vida, dicho literalmente no de forma eufemística. Es imprescindible poder votar en libertad, sin coacciones del partido violento que cierra medios de comunicación y que tiraniza, encarcela o asesina al disidente del pensamiento totalitario. Algo de eso también sucede en Las Vascongadas, extendiéndose a otros territorios donde el extremismo se va asentando, donde el candidato no etarra o no nacionalista deberá llevar escolta policial que proteja su vida. Por otro lado, el sistema de primarias “tipical spanish”, es muy deficiente y en la práctica sólo presenta una apariencia de libertad de elección, que en muchos casos no se separa mucho de la dedocracia del instalado en el machito. Pero, a mi entender, hay algo aún mucho peor. Parece que sólo busca elegir al cabeza de lista, elegir un caudillo interno. Renuncia a encontrar a las mejores personas para representar al partido aspirante a gobernar en todas las instituciones y para todos los ciudadanos, no sólo para los militantes afectos al político ganador, que esperan ansiosos con el carné en los dientes, donde los piratas llevaban el puñal. ¿Por qué sólo elegir a uno si se trata de seleccionar a los mejores para ocupar todos los cargos políticos posibles? ¿Por qué serán mejores políticos los que después designe el ganador de las primarias a su antojo y no todos los que las bases pudieran elegir? ¿Caudillismo o democracia participativa? Este sistema de primarias más parece un remedo de remedio suministrado por los beneficiados por el aparato del partido, para producir un efecto placebo sobre las aspiraciones democráticas de las bases para la renovación de personas y de ideas. Ejemplos hay dónde comprobar cómo los elegidos por las bases son después laminados por el aparto del partido. En este sentido, es de antología el caso Almunia-Borrell, que debería ser estudiado en esos encuentros con las juventudes del partido, dónde es casi imposible oír a los discrepantes. Las últimas primarias celebradas, en el sentido temporal del término y no en el festivo pues poco tienen que “celebrar” los perdedores, bien merecen una reflexión en el sentido que se viene apuntado. José Miguel Pérez, después de ganar las primarias socialistas en Canarias, reafirmó el órdago a la grande que había echado a su militancia y que ésta, a juzgar por lo votado aceptó alborozada, diciendo que no contaba con Santiago Pérez, candidato perdedor, para ninguna lista en 2011. Y además, dice, lo hace “por coherencia democrática”. Pero eso tal vez convenga traducirlo del lenguaje “politiqués” al román paladino y a utilizar el sentido común, pocas veces coincidente con el pensamiento general de la casta política. Es de suponer que a esas primarias se presentaron, tras la poco defendible y antidemocrática lucha por los avales, lo más granado del socialismo canario aspirante a gobernarnos, como dice la canción de María Cristina. Se trataba, al menos así parecía en el montaje escénico, de decidir quien tenía más posibilidades de “ilusionar” a los votantes, no sólo a los socialistas. Pero el resultado final es que Santiago Pérez no podrá ya representar a nadie, en ninguna institución, tal vez tampoco en la Comunidad de Vecinos del edificio dónde resida. Es decir, que uno de los más combativos activos del socialismo canario no será incluido en ninguna lista. Por si acaso, quiero aclarar que no se defiende a uno o se ataca a otro, se critica el sistema que a veces obliga a los pacientes militantes a elegir entre lo peor y lo pésimo, sin auténticas posibilidades de hacer valer su opinión. Algo de eso acaba de decir de Zapatero el histórico e histriónico, a sus horas, Alfonso Guerra, que mucho alega en los corrillos pero poco “jase, jase” en el Congreso. Es un gallito sin espuelas, como tantos otros Todo este bochornoso espectáculo se acabaría si, de una vez por todas, se permitiera a los ciudadanos elegir libremente a sus representantes. No a que sean los partidos políticos, o las agrupaciones electorales, las únicas que pueden presentar listas. No a las listas, ni abiertas ni cerradas, sí a las personas. Quisiera poder elegir libremente a quien deseo que me represente y no que, por mor de un apaño partidista de la casta, mi voto sirva para sentar en las instituciones, cobrando sustancialmente, a personas que desconozco. Y si hay apaños posteriores, no refrendados por una segunda vuelta electoral, que el voto a una lista sea utilizado para sentar en el gobierno a quien no deseaba que de ninguna lo hiciera. Tal vez ya soy mayor y creo más en las personas, menos en grupos o sanedrines, que diría Don Pepito.
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