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De Villa Cisneros a Dakhla (II)

Viernes, 27 de Agosto de 2010
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Siguiendo con las caminatas matutinas por la ciudad de Dakhla, (hasta el último cuarto del siglo XX llamada Villa Cisneros, la capital de la provincia de Río de Oro-La Güera), andar por el amplio Boulevard Al Wala, en español algo así como “el homenaje”, antes de que el Sol del mediodía nos caiga a plomo, es paseo muy agradable además de una prescripción facultativa por aquello de mantener un corazón sano. Un peculiar médico brasileño decía, por el contrario, que si caminar fuera sano, los carteros serían inmortales. Volviendo por el Paseo Marítimo, es muy recomendable hacer una parada logística para tomar un cafecito, un té moruno o un reconfortante refresco, en el Hotel Bab al Bahar, posiblemente el mejor de la ciudad. Su terraza con hermosas vistas al mar, sus murales con motivos asirios, la calidad de sus habitaciones y la posibilidad de navegar en el catamarán que tiene para sus clientes ya justifican el no perderse una visita a este establecimiento. En una amplia calle, se había montado una gran jaima, carpa le llamamos nosotros, adornada para celebrar una boda al estilo saharaui, según me dicen. En el exterior había amarrados tres camellos, regalo tradicional del novio para la novia. Uno de esos animalitos, nos mira con curiosidad y nos invita, entre rumio y rumio, a asistir por la noche a la celebración. Interesante resulta también hacer una visita al muelle pesquero, que es la base de una importante flota pesquera multinacional que opera en esas aguas saharianas. El camino transcurre entre viviendas que raramente superan las dos plantas, pero que todas ellas, casi sin excepción, tienen instalada una antena de televisión por satélite. No parece que sus moradores conozcan el concepto de “antena colectiva”. Al divisar, al final de una calle, una parabólica gigantesca, les pregunto en tono de broma a los amables cicerones que nos enseñan la ciudad que si pertenece al rico del pueblo… aún recuerdo sus risas, francas y pegadizas. Son buenísima gente. Por cierto, es prácticamente imposible ver a un saharaui sin un teléfono móvil y sin que los tonos, politonos y otros sonsonetes de aviso de llamada, llenen el aire las conversaciones o los actos públicos. Como el tiempo allí no se mide igual que en nuestras aceleradas islas y nadie parece tener prisa, las conversaciones prosiguen sin mayor problema. Estoy casi convencido de que ellos siguen utilizando el reloj de arena, pero que olvidan darle la vuelta. Y hablando de teléfonos móviles, si funcionara allí lo de restar puntos por hablar mientras se conduce, no quedaría un solo conductor nativo con carné en Dakhla. Una visita muy interesante fue la realizada al Hospital Oled Eddahab. Allí hay montada una unidad de diálisis para gentes sin recursos económicos, que se mantiene funcionando gracias a donaciones de particulares. Desde aquí hago un llamamiento, apelando a la solidaridad de cuantos puedan ayudar enviando los productos químicos y filtros que esa maquinaria de tratamiento renal necesita. Es una labor altruista digna de elogio y de apoyo. Como muestra de lo que para sus profesionales médicos y enfermeros significa realmente la solidaridad ante el dolor humano, hay a la entrada al recinto un cartel, escrito en francés, que dice literalmente “Yo no quiero saber de qué religión eres, tú sufres y eso me basta”. Sinceramente, aún me emociona volver a ver la foto y recordar la visita a ese hospital rodeado por el desierto inmenso y la mar salada.
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