Para no remontarnos demasiado atrás en la historia, el 4 de noviembre de 1884 una expedición española al mando del militar aragonés capitán de infantería Emilio Bonelli y Hernando, funda Villa Cisneros en un lugar de la península de Río de Oro, que los nativos llamaban Dahla-es-saharía, (que en árabe, según me traducen allí, significa “la interior”, “la entrada” o “la puerta”). Está situada a unos 550 km al sur de El Aaiún y a poco más de una hora en avión desde Gran Canaria. Hoy ha cambiado su antiguo nombre y es conocida en el mundo por Dakhla, pronunciado Dajla, una ciudad que oscila entre los 40 y 60.000 habitantes, siendo un punto de encuentro internacional para los amantes del kitesurf en playas de una belleza sutil y apacible. Se hace patente la influencia del turismo de aventura que les está llegando, en claro e imparable aumento, que es muy respetuoso con sus tradiciones seculares.
La compañía aérea Canary Fly cubre la ruta desde Gran Canaria con un avión de 19 plazas muy confortable, pilotado por unos experimentados aviadores a pesar de su juventud. En el vuelo de ida de Gran Canaria a Dakhla pilotó el avión un joven sevillano y de vuelta una aún más joven mujer comandante. Los vuelos, así como los aterrizajes y despegues, fueron del “quince”, mucho mejor calificación que diez, al decir de la muchachada de hoy.
Unos buenos amigos, nacidos allí de padres españoles destinados en esas tierras, me habían facilitado unas fotos aéreas en blanco y negro de lo que Villa Cisneros era en los años 1920 y 1970, así como de una iglesia cristiana española de noche, cuando la villa podría tener sobre los cinco mil habitantes. La realidad actual sólo la podía intuir con la ayuda del programa en Internet “Google Earth”, y he de reconocer que superó mis mejores expectativas.
A menos de cien metros de la terminal del aeropuerto, hay un hotel confortable, sin grandes lujos, pero muy céntrico, con un personal muy amable y con una muy buena y sabrosísima restauración al estilo saharaui, ofrecida como bufé con formato europeo. El hotel se llama Sahara Regency y por sus pasillos es posible cruzarse y cambiar impresiones con deportistas amantes del katesurf o de la pesca, con gentes en busca de fauna y paisajes exóticos o con militares de la ONU llegados todos ellos de remotos lugares. Y casi todos sonríen, saludando amigablemente al estilo saharaui, llevándose la mano derecha al corazón, algunos de ellos hablando en español. Se respira paz y tranquilidad, los pajarillos despiertan al viajero con su alegre trinar mañanero frente al balcón de la habitación. Sin duda se está en otro mundo.
Justo frente al hotel se encuentra la Plaza Hassan II, donde por esos días se celebraba una gran fiesta popular amenizada por orquestas interpretando en directo música europea alternada con árabe, tanto moderna como tradicional. Un gran monolito, representando el mapa de la península donde está ubicada la ciudad de Dakhla, preside la plaza. Justo a un lado sigue allí la antigua iglesia española, así la llaman ellos, dando servicios religiosos a los cristianos practicantes. Por cierto, según me cuentan algunos canarios, las tres campanas que en su tiempo había en cada uno de sus tres grandes arcos, repican hoy en una Iglesia de las medianías de Gran Canaria. Tanto los saharauis como los antiguos residentes de lo que fue Villa Cisneros, lamentan que ya no exista el antiguo fuerte español, demolido no hace mucho, y que era un monumento de arquitectura militar.
La vida en Dakhla parece comenzar al anochecer, cuando la gente sale de compras o a divertirse. Los comercios cierran de madrugada. Por suerte para ellos, sus políticos aún no los atormentan con leyes de horarios comerciales restrictivos, liberticidas y otras zarandajas al uso por nuestro terruño. A los saharauis les encanta la vida nocturna. Son conversadores infatigables mientras toman el aromático té moruno con hierbabuena, servido según su típica forma de prepararlo y escanciarlo. Un lujo para los sentidos beberlo en compañía de buenos amigos mientras se cuentan y se escuchan historias o las anécdotas simpáticas del día.
Reconozco que me cuesta trabajo no llamar a esta ciudad Villa Cisneros, como les pasa también a los saharauis de más de 40 años cuando hablan en castellano, aquellos que aprendieron en español sus primeras letras, con maestros españoles, mientras emborronaron con palotes las cartillas Rubio o similares igual que hacíamos nosotros mismos en aquellos años…
Como cualquier ciudad costera digna de tal nombre, cuenta con un amplio y cómodo Paseo Marítimo, desde donde es posible ver la otra orilla de la inmensa ría, siendo toda la costa una inmensa playa de arena rubia. No sé muy bien si por eso a la zona la llamaban Río de Oro. Aún allí mismo resiste el paso del tiempo el antiguo muelle construido por España, aún en servicio, y un gran pantalán con barcos abarloados.
Pero en el medio del paseo, surge como por encanto un regalo para los sentidos: la cafetería restaurante “Casa Luis, cocina española”. Sirven allí, entre otras cosas, unos sabrosos pescados y mariscos de la zona fresquísimos, recién cogidos, y exquisitamente condimentados. ¡Qué paellas, qué fritadas, qué…! ¿Será por eso que a esta ciudad los saharauis la llamaron Dakhla, “la puerta”, al paraíso supongo que imaginaron con gran acierto.






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