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No hay salidas a la crisis

Miércoles, 07 de Julio de 2010
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La crisis mundial en la que actualmente nos encontramos el conjunto de la humanidad es una consecuencia directa de la llamada Globalización Neoliberal. Efecto de ese proceso político-económico de alcance planetario es que, hoy en día, sus directrices -el desmantelamiento del sector público, la desregulación de la inversión y de la producción, la precarización del sector laboral y la exoneración tributaria a los grandes capitales- son las prácticas hegemónicas en las administraciones políticas de los principales países. Otro efecto notable de esa estrategia capitalista de mundialización ha sido la creación del mayor volumen de riqueza de la historia. Así, la economía productiva -los bienes y servicios que se producen en el mundo- ha aumentado extraordinariamente en estas últimas décadas. Pero el sector financiero y su patrimonio son los que más han crecido, con diferencia: su montante económico se cree que ha llegado a ser noventa veces mayor que el de la “economía real”. Desde luego, esta desaforada creación de beneficios económicos ha tenido como objetivo el acaparamiento privado, pues, estos excedentes, en un 90%, han ido a parar a un escaso 10% de la población. En general, el macro proceso de la Globalización ha cursado como una vampirización para el conjunto social y para el medioambiente. En los países ricos, los artificios de financiarización han provocado que las economías productivas de las empresas y las reproductivas de las familias hayan terminado, en su mayoría, con una dependencia absoluta de los bancos privados y con ingentes porciones de la riqueza social transferidas a las entidades de capital. Las políticas monetarias decididas por los bancos centrales han sido un requisito básico de esa estrategia de empobrecimiento. En el resto de las naciones -tanto las de economías emergentes como las de sumergidas- esta dinámica no ha hecho sino que contribuir a crear los mayores niveles de padecimiento humano: nunca antes ha habido tantas muchedumbres excluidas de unas condiciones dignas de vida. Además de los graves padecimientos humanitarios que ha provocado esa desatinada búsqueda de opulencia, para obtener el aporte material que la ha hecho posible, se ha perpetrado el más grande desequilibrio biosférico jamás cometido: la humanidad ha llegado a ser un agente de agresión planetaria equiparable a las fuerzas que ocasionaron las grandes extinciones biológicas en el pasado de la Tierra. El tremendo saldo de este camino a ninguna parte es que estamos situados al borde de un colapso civilizatorio y ambiental generalizado. Tres años después del hundimiento del “Casino financiero” internacional y del controvertido salvamento llevado a término por las instituciones políticas y económicas, la situación no hace sino que empeorar: el último informe de la ONU sobre los objetivos del milenio, afirma que unos 211 millones de personas en el mundo, precisándolo, no tienen trabajo. Y ante este panorama, los líderes de las mayores economías del mundo, en la última reunión del G-20, han considerado que lo más prioritario es “fortalecer la tambaleante recuperación económica”, sometiendo a las endeudadas finanzas públicas a férreas políticas de ajuste presupuestario. Todo ello para garantizar los pagos a los acreedores, que resultan ser las mismas entidades financieras que fueron rescatadas por los Estados. También, con toda probabilidad, esto provocará una recesión generalizada. Lo más paradójico de este dramático escenario es que está produciéndose sin que lo hayan precipitado catástrofes naturales generalizadas, grandes calamidades sociopolíticas o un colapso energético. Descartados esos ámbitos -no sus evidentes amenazas a corto plazo- como los desencadenantes de la fractura, lo que queda, entonces, es una crisis de origen cultural. ¿Es posible que las generaciones actuales de la humanidad estemos asistiendo al derrumbe del sistema político-económico hegemónico? Si esto es así, estamos siendo testigos directos del fracaso ecuménico de un patrón civilizatorio que, llevado a su completo desenvolvimiento, evidencia su inhumanidad política y su inviabilidad ecológica, es decir, su obsolescencia. Más aún, caído el modelo, las élites promotoras de su maximización, las que detentan los poderes legítimos y los materiales en el mundo actual, en sus patéticos intentos de enderezarlo, muestran a las claras sus confabulaciones mutuas y sus arteras motivaciones. Una determinación obsesiva por obtener un lucro infinito -a costa de todos y de todo- es el afán prioritario de los ricos del mundo. Esos son todos sus honores. La bochornosa connivencia de las élites políticas, facilitando esa trastornada codicia con los “medios legales” –que reducen a papel mojado los valores fundamentales de nuestras democráticas sociedades y las garantías del nuestros estados de derecho-, las ha hecho quedar completamente deslegitimadas. Y esa es toda su ejemplaridad. Por eso, no hay salidas a esta crisis, no hay apaños para este fiasco. Porque el autoritarismo antihumanitario del que siguen haciendo gala las instituciones de poder ya no es una opción en la actual sociedad mundial, que se pretende solidaria, ilustrada y cosmopolita. Porque el crecimiento material, irrestricto y depredador de la naturaleza, no es sostenible. Porque ni siquiera sirve, en el momento presente, el sustento energético (las energías fósiles) del modelo económico que nos determina. Y porque, al contrario de otros momentos en la historia, no queda legitimidad entre las élites para reconducir las problemáticas. Esta vez, quienes controlan la política y la economía planetarias son los cómplices y los responsables principales de este desafuero. Con todo, y afortunadamente, sí que hay soluciones a nuestro alcance. En este momento axial, está emergiendo, irrefrenable, la ciudadanía mundial y están presentes y factibles múltiples estrategias, democráticas y sostenibles, para la regeneración social y la recuperación ambiental. La fraternidad humanitaria, siempre ha estado ahí. Y por fin, tenemos un diseño científico para las necesidades económicas: la economía ecológica. Confiemos en que la solidaridad y la sostenibilidad sean los nuevos medios para una humanidad que, al borde del abismo, se reencuentre con el amor intraespecie y la armonía con nuestra naturaleza. Y pongámonos, pacífica y determinadamente, a ello.
Por Xavier Aparici Gisbert.
Filósofo. Secretario de la asociación Redes Ciudadanas de Solidaridad.
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