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Mimetismos

Lunes, 24 de Mayo de 2010
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“Quería ser alguien” La miraba sin que ella supiera que la estaba mirando. Ya estaba en la sala cuando yo llegué con mi número y me senté a esperar que llegara mi turno. Llegas con toda la ilusión del mundo y de repente, según sale el número que te corresponde por la maquinita, te descorazonan y te tienen media mañana esperando, cada vez más ansioso, siguiendo desesperado el capricho de un sistema informático con el que desearías confraternizar para que avanzara cuanto antes. Yo pensaba que había alguien que decidía, pero por lo visto es la propia máquina la que manda. Tú tienes el A105 y ella se empeña en hacer avanzar los números que están precedidos por la letra D o la letra H. Si protestas, el empleado de turno te deriva sobre la marcha a la máquina, y, una vez asumes que contra la tecnología no hay nada que hacer, no te queda otra que atemperar tus nervios, ver pasar los minutos y desear con todas tus fuerzas que te llamen cuanto antes. Esa situación la vives cuando vas a comprar el embutido, cuando te acercas al banco o a Correos, o cuando tienes que ir a recoger el borrador de la Renta. Cada vez perdemos más tiempo en más lugares intrascendentes. En medio de esas esperas, no te queda otra que buscar algo que te distraiga. Y allí estaba ella, tal cual te encuentras a la otra por la tele ensayando un desplante barriobajero que el público aplaude enfervorizado. No era la Esteban. A Belén Esteban me la tropecé una vez en un centro comercial de Madrid, cuando aún no tenía la trascendencia que tiene ahora y cuando puede que todavía formara parte de la familia jesulina. Ya entonces se la veía venir: iba chillando y llamando la atención, y todos, como imbéciles, la señalaban y la reconocían: se había cumplido el sueño de todas esas farotonas: el reconocimiento en el centro comercial, lo más de lo más, la consecuencia lógica tras salir por la pantalla unos minutos en prime time. La que estaba conmigo esperando turno no era Belén Esteban, pero vestía, gesticulaba y agitaba la coleta como la que presume de ordinariez todo el santo día. También movía los carrillos con la lengua, o bien sacaba la sin hueso y la colocaba entre los dientes como mismo hacían los más gamberros en las peleas entre barrios de nuestra infancia. No supe su nombre ni su procedencia, pero sí deduje su aspiración en la vida. Y la cosa es que cada vez hay más mujeres queriendo ser la Esteban y más hombres aspirando a jesulines de pacotilla. Baudelaire decía que teníamos que ser sublimes sin interrupción; pero ha llovido mucho desde que Baudelaire escribiera eso. Hoy lo sublime sólo se concibe cuando se alcanza esa fama perdularia y barriobajera que genera monstruos de feria intercambiables. Esa chica que estaba delante de mí también soñaba con su minuto de gloria televisiva. Quería ser alguien. CICLOTIMIAS Cuando caminas descalzo por la arena de la playa sientes cómo palpita la vida en cada paso.
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