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Ser libres desde dentro

Jueves, 20 de Mayo de 2010
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La historia de los pueblos es la historia de sus gentes y de todo aquello que han hecho para construirlos. También la de sus dirigentes, pero no sólo ni principalmente. Quizás eso es lo que nos han hecho creer desde los libros de historia, algunas escuelas y hasta cierta conciencia colectiva. Conocemos más quién es el Presidente de tal o cual país o Comunidad Autónoma, quién preside tal o cual ayuntamiento, partido o asociación, quién es un dirigente empresarial o sindical, etc. Pero ignoramos quienes trabajan día a día por hacer posible un país, un territorio, un municipio, un partido, una asociación. Al contrario, la historia de muchos llamados “dirigentes” está jalonada de procesos (personales y colectivos) que hablan de ir amasando dependencias a cambio de favores que van esclavizando poco a poco no sólo a las personas, familias y grupos, sino hasta la propia conciencia. Así se van sucediendo los símbolos de esta dependencia – esclavitud a lo largo de la historia, también de la historia de nuestro municipio, iguales, por otra parte, en casi todos los ámbitos de la vida: puestos de trabajo, materiales para cubrir determinadas necesidades, influencias sociales para favorecer a las amistades, utilización de los servicios públicos para prebendas particulares, promesas y compromisos casi siempre incumplidos, introducción del miedo o la amenaza o las multas (de esto saben mucho los vecinos y vecinas del Castillo del Romeral con el tema de la macrocárcel) como arma para acallar palabras y conciencias, cuando no la compra ya descarada con dinero constante y sonante de los votos y voluntades. Son palabras mayores, pero desgraciadamente no aisladas, cuando los llamados “dirigentes” utilizan la represión, las armas o las guerras para anular o aniquilar al que antes no han podido comprar de otra forma y se ha atrevido a rebelarse individual o colectivamente. En el municipio de San Bartolomé de Tirajana tenemos muchos ejemplos de esto en nuestra historia. Muchos de ellos arrancaron ya desde los últimos estertores del franquismo del que bebieron sus principios y sus prácticas, que luego continuaron llevando a cabo durante más años de los deseados. Como lluvia fina fue calando en nuestras vidas y en nuestras conciencias que la solución, al menos la más inmediata, para nuestros problemas era estar a la sombra de los que tenían en cada momento los cargos públicos. Y ya no digamos si la sombra era la de aquel o aquellos que los nombraban. Si conseguías al menos una parte de esta sombra, no importaba mucho a cambio de qué, podrías tener la seguridad de que tú, tu familia y tal vez algunos conocidos más cercanos, pudieran gozar de una cierta seguridad en el trabajo, de unas mejores condiciones en tu vivienda, incluso de un mayor prestigio social entre los vecinos y tal vez, con bastante suerte, podrías llegar a merecer que te pusieran en alguna de sus candidaturas y, quizás, ostentar (¡parece casi increíble!) uno de esos cargos que tanto poder daban. Así hemos padecido, durante demasiados años y legislaturas, las consecuencias nefastas de un espectáculo deprimente, que muchos contemplamos horrorizados, que nos ofrecía, año tras año, una sociedad municipal enredada en disputas internas (que se extendían luego a pueblos, barrios y hasta familias), con la mirada pegada al cortísimo plazo de cuatro años, con la degradación paulatina de la vida colectiva y de las infraestructuras públicas, con la progresiva dependencia – esclavitud de las personas y sus condiciones de vida de la voluntad volátil de los cargos públicos de turno, hasta tal punto de que se ha llegado a sentar en la conciencia colectiva (salvo honrosas excepciones) la convicción de que “esto no tiene solución y pobre del que ahora pretenda ponerle remedio”. Y como la conciencia de los hechos es desgraciadamente efímera y los que tienen el gobierno, la información y, por tanto, el poder lo saben, ya casi todos nos hemos olvidado del deprimente espectáculo que han dado grupos que han presentado mociones de censura y que se han ido a esconder lejos “para no ser presionados”, familias que cada cuatro años ponen precio a los votos que tienen en casa, personas que expresan su opinión públicamente pero lo hacen detrás de un nombre ficticio, colectivos que son duramente reprimidos por el justo derecho de manifestarse públicamente contra decisiones y actuaciones ilegales e injustas, etc. Y no estamos hablando de la época franquista o inmediatamente postfranquista en la que tuvimos gendarmes armados que seguían y perseguían en coches oficiales a aparceros, maestros y curas, sino desgraciadamente de etapas más cercanas en las que creíamos tener una democracia más madura. “No se puede echar vino nuevo en odres viejos”, ya lo decía el Maestro. Esta sociedad y este municipio necesitan personas y colectivos que sean libres desde dentro, que no dejen que esclavicen sus conciencias, que no hipotequen a ningún precio sus principios. Ellos serán en los que confiemos la responsabilidad pública.
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