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Hikikomoris

Domingo, 18 de Abril de 2010
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“Todo termina llegando” Todo termina llegando. No sólo verás pasar el cadáver de tu enemigo si te sientas a esperar delante de la puerta de tu casa, también verás cómo transitan todas las sucesivas modas que van saliendo en los telediarios. Lo del fenómeno hikikomori fue algo que empecé a leer hace años y que entonces me parecía imposible que se consolidara en una sociedad como la nuestra. Con esta palabra se describía la conducta de muchos adolescentes y adultos jóvenes japoneses que se encierran durante años en su propia habitación, siempre en la casa de sus padres, sin querer saber nada del mundo: viven conectados a la virtualidad del ordenador y de la televisión con todas las consecuencias. Uno se decía que eso, con nuestra forma de ser y nuestras playas, no terminaría pasando aquí en la vida. Pero para qué confiará uno en la lógica si ahora lo que se lleva es el surrealismo diario. Ya aquí hay muchos hikikomoris, cada vez más, en muchas casas de padres desesperados por la renuncia a la vida y al fresco de la calle de ese hijo en el que habían depositado todas sus esperanzas. En Dublinesca, la última y magistral novela de Enrique Vila-Matas, el escritor catalán se acerca a esta costumbre nipona que se ha terminado extendiendo a medio mundo. La palabreja, si la traducimos al castellano, significa aislamiento. Por tanto los canarios somos un poco hikikomoris si tenemos en cuenta que aislamiento, hasta que no se demuestre lo contrario, viene de isla; pero creo que ese parecido se queda sólo en la epidermis del significado de la palabra. También es verdad que últimamente, con tanto partido de fútbol entre semana, y con los Mundiales a la vuelta de la esquina, sí corremos el riesgo de no salir de casa en todo el día. Si miramos desde el punto de vista de esos adolescentes encerrados entre las cuatro paredes de su casa, nos encontramos a rebeldes y a desencantados de una sociedad agresiva y sin espíritu que sólo premia lo material y lo crematístico: muchos de ellos se ven incapacitados para seguir el ritmo productivo que se les exige y acaban derrotados dentro de su propia habitación. En literatura se daba mucho la figura del acostado: Marcel Proust escribió los siete tomos de En busca del tiempo perdido metido en la cama, lo mismo que hizo el uruguayo Juan Carlos Onetti sus últimos años en su piso de la Avenida de América con buena parte de su obra. Los hikikomoris, sin embargo, sólo escriben y se comunican a través de los ordenadores. Se han extraviado y no saben dónde queda la realidad que sigue palpitando en la calle. Antes los jóvenes rebeldes se iban al Tibet o a darse un baño purificador al Ganges. Ahora, en cambio, se encierran y se pierden dentro de sí mismos como caracoles extraviados en su propia concha. Ni siquiera les salva el amor. CICLOTIMIAS Mirando a las estrellas, todavía es posible vislumbrar un poco de eternidad.
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