Recientemente hemos asistido a un clamor popular a cuenta del programa “Callejeros” dedicado a Jinámar. Es evidente que todo lo que se refiera a algo cercano tiene una repercusión mayor, para bien o para mal. En este caso ha sido para mal porque ha habido muchas personas que se han sentido ofendidas por la imagen que se ha dado de la zona en la que viven. La primera reacción es ir en contra de la cadena que ha confeccionado el programa y pedir responsabilidades.
Permítanme que me haga las siguientes preguntas: ¿Por qué existe en determinadas cadenas este tipo de programas? ¿No será porque hay mucha gente que los ve? Porque lo que está claro es que si un programa no alcanza una audiencia mínimamente aceptable no sigue en antena. ¿Cómo es que no se produce la misma reacción popular ante la emisión de programas como, por ejemplo, Generación NI NI emitido por la sexta, una cadena que va de progre y cree por ello que tiene patente de corso para emitir una serie de programas que atentan contra las más elementales normas de educación y buen gusto. Una cadena, en la que uno de sus máximos dirigentes, Emilio Aragón, al que muchos conocimos como el payaso Milikito se cree el máximo gurú de la progresía audiovisual, y quiere utilizar su mega poder mediático permitiendo este tipo de programa, sin darse cuenta del montón de basura que empieza a acumular en su cadena.
Los de la Sexta se descuelgan ahora con uno de los momentos más impresentables, soeces y lamentables de la década televisiva española. Y eso que lo tenían difícil con tanta, y tan “buena”, competencia de tantas otras cadenas que utilizan el mismo estilo de hacer televisión para atraer a la audiencia. Pero lo suyo supera todo lo habido y por haber. Es de juzgado de guardia. Lo visto hace unos días en Generación NINI, de lo cual se ha hecho eco algún medio de comunicación, es una agresión sexual en toda regla. Un comienzo de burda violación que deja abochornado a todos los que todavía creemos en normas y valores.
Ante la emisión de este tipo de programas uno se pregunta ¿Qué hace el Ministerio de Igualdad que pagamos entre todos cuando ocurren estas cosas? ¿Es verdad que están aumentando los comportamientos machistas en el seno de esta muchachada que ni estudia ni trabaja? Y, si eso es así ¿no es también motivo de denuncia pública por parte de los colectvos que velan por erradicar la violencia machista? ¿O sólo hay que manifestarse cuando ocurre un asesinato? ¿No tendrá que decir algo el Instituto Canario de la mujer?
Ante este tipo de acciones, parece que todo nos da igual. Me gustaría que por una vez, por ejemplo, el Gran Wyoming dejase de criticar tanto a la competencia y mordiese la mano que le da de comer. A ver si denuncia, pero en serio, en su programa esta lamentable ignominia. Pero como eso no va a ser posible porque él también come de la sexta, tendremos que ser los ciudadanos los que marquemos las reglas de juego para no seguir callados y sólo protestar cuando en algún programa se dice algo que resulte ofensivo hacia el lugar donde vivimos.
Tenemos que ser conscientes de que este tipo de programas basura están influyendo en la construcción de nuestra identidad, influyen sobre nuestra noción de género, sobre nuestro sentido de clase, de raza, de nacionalidad, sobre quiénes somos «nosotros» y quiénes son «ellos». Sus imágenes organizan y ordenan nuestra visión del mundo y de nuestros valores más profundos: lo que es bueno y lo que es malo; lo que es positivo y lo que es negativo; lo que es moral y lo que es inmoral. Nos dicen cómo comportarnos ante determinadas situaciones sociales; nos proponen qué pensar, qué sentir, qué creer, qué desear y qué temer. Nos ofrecen ideas de qué es ser hombre y qué es ser mujer, de cómo vestirnos, de qué consumir, de qué manera ser popular y evitar el fracaso, de cómo reaccionar ante miembros de grupos sociales diferentes al «nuestro», y de qué modo responder a normas, instituciones y valores sociales.
Pero si existe este tipo de programas es porque hay una gran audiencia para los mismos, porque no somos lo suficientemente críticos para rechazarlos y obligar a las cadenas a cambiarlos porque no son rentables.
Hay que plantearse seriamente una “educación para la comunicación” o una “educación para los medios” como respuesta a la necesidad de abordar este tipo de contenidos televisivos desde una perspectiva analítica. Hay que fomentar la formación crítica de los telespectadores para que en su rol de ciudadanos se sirvan de los medios a partir de la reflexión, el análisis y la participación.
Si no lo hacemos así, mucho me temo que seguiremos “padeciendo” este tipo de programas” y habría que pensar si, en el fondo, no somos todos cómplices de que esto ocurra y que nos merezcamos por ello este tipo de televisión.








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