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Palabras

Martes, 23 de Marzo de 2010
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“Obras son amores” Toda palabra tiene un proceso milagroso que casi nunca valoramos. Decimos adiós, amapola, ocaso o mañana sin valorar el origen, la evolución o el propio sentido de cada una de esas palabras. Vienen de otros idiomas, se van transformando, han viajado miles de kilómetros o han nacido casi al lado de casa; pero siempre hubo alguien que unió el objeto a los signos que lo representan cuando lo nombramos o lo llevamos al papel. Incluso nuestros nombres escriben buena parte de nuestro destino. No es lo mismo llamarse Alberto que Andrés o que te bauticen como Alicia o como Fátima. Ya eso era algo que reivindicó Óscar Wilde con aquella importancia de llamarse Ernesto. Eres quien eres porque te llamas como te llamas. Los demás sólo te conocen y te visualizan cuando pronuncian tu nombre. Y justamente ese nombre que te pusieron azarosamente, junto con un par de palabras que te identifiquen, será lo único que quedará de ti cuando te vayas. Pero las palabras también tienen sus propios pesos, y en estos tiempos tan pueriles parece como si se fueran adelgazando y perdiendo toda su fuerza evocadora. O se vuelven anoréxicas, o se nos presentan con un sobrepeso que nos abruma cuando juegan con ellas los políticos y las vacían de contenido, adormeciéndolas y dejándolas como hojas secas e inservibles que se lleva el otoño. Se le ha perdido el respeto a la palabra, lo que equivale a decir que nos hemos perdido el respeto a nosotros mismos. Ha perdido valor, lo mismo que la verdad y que la honradez. En la literatura, por ejemplo, el principio de Arquímedes se suele cumplir justo al revés: suele desalojar más agua quien menos pesa y menos vale, y si no ahí está el ejemplo de Delibes sin premio Nobel. Si hubiera gritado un poco más o si se hubiera sumado a todos los manifiestos de los abajo firmantes seguro que habría tenido un eco mucho más mediático mientras estuvo vivo. Pero la gloria se la llevaron los otros montando numeritos en la televisión o atizando mandobles a diestro y siniestro. En la escritura, sin embargo, que es al final lo único que queda, sí ha salido ganando el vallisoletano. Obras son amores, que decía el adagio. Ya no escribimos recurriendo a aquel recado de escribir que aparece en las novelas decimonónicas o que pedía González Ruano cuando entraba cada mañana a la cafetería Teide del Paseo de Recoletos para escribir de un tirón cuatro o cinco artículos de opinión. No hay pluma, ni tinta, ni arena para secar las palabras e inmortalizarlas en el papel. Ahora escribimos mirando a la pantalla, y las letras parece que las trazamos en el agua. Basta un despiste para perderlas para siempre. Las palabras, que parecían tan inmortales, se han vuelto tan etéreas y tan vulnerables como la propia vida. CICLOTIMIAS El periódico siempre abre el año con el primer nacimiento. Es luego nuestra propia realidad la que ensombrece casi todas las noticias.
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