No es que yo me oponga a que Las Palmas de Gran Capital fuese elegida como Capital Europea de la Cultura en 2016, pero me temo que ese honorable título le viene bastante ancho a nuestra ciudad, si analizamos bien la situación, que no es precisamente la más adecuada.
Depende, claro está, al concepto que tengamos de Cultura, y una vez aclarado esto, podemos proceder, podemos aspirar a ese honor. En definitiva, se tendrá que recorrer un largo camino, remodelar esta ciudad, cambiar malos hábitos ciudadanos y convertir a la primera urbe canaria en un lugar donde se respire cultura por todos lados, en el más amplio sentido de la palabra..
El que aquí se celebren festivales de música, de ópera, de cine, de ballet, o haya constante desfile de comediantes, de obras de teatro, de expositores, de conferenciantes, etc. no quiere decir que la cultura, en el más amplio sentido de la palabra, se encuentre al alcance de la mano de todos los ciudadanos, sean niños, adolescentes, jóvenes o adultos. Generalmente a este tipo de culturas solamente a reducidos grupos de ciudadanos y en ocasiones a unas élites que realmente están impregnadas de cultura, o a clases adineradas, que son cultas, o quieren presumir de ello, que también se dan casos.
Cuando Sevilla expuso su última Expo de 1992, o se celebraron los Juegos Olímpicos en Barcelona, tanto el gobierno central como el de Andalucía y Cataluña, invirtieron mucho dinero en las más variadas infraestructuras: pabellones, calles, puentes, circunvalaciones, hoteles, mejora de arquitectura, incidencia en la conservación de sus edificios históricos, o los relacionados con la cultura, adecentamiento de sus parques, etc. que cambiaron la faz de esas dos ciudades y produjeron, a su vez, grandes beneficios.
Si tenemos la suerte de que Las Palmas sea elegida, me supongo que habrá que prepararla para ese gran evento, tanto en el desarrollo de infraestructuras y mejoras, como también en un cambio de actitud de una parte de la población que con proceder cotidiano no da precisamente la sensación de que nos encontramos ante personas que posean siquiera un nivel cultural mínimo, y mucho menos, un comportamiento cívico ejemplar.
¿Infraestructuras? Pues mire usted, si no queremos que nuestros visitantes comenten que Las Palmas sea una “sicking town" (lo digo en plan fino para no molestar tanto) tendremos que solucionar el problema de los malos olores en muchas de nuestras calles, en las cercanías del Teatro Pérez Galdós, en el litoral este de la capital (donde incluso se vierten aguas sin depurar y asquerosamente olorosas) y aun quedan restos de chatarra de una naufragio que sucedió hace bastantes años. Tendremos que poner empeño en la limpieza de vías y parques, y en evitar que haya desaprensivos que no cuidan esos detalles. Habrá que acabar también con esa costumbrita de llevar a pasear por ahí perros sin bozal, y que hacen sus necesidades en calles, aceras, parques y jardines, y que aún sus dueños no han adquirido el hábito recoger los excrementos de sus animales. O si no, que una multitud de jóvenes conviertan muchos puntos de nuestra ciudad en un estercolero, cuando se reúnen para rendir culto a Baco, o a su primo, y aprenden lecciones de alcoholismo, que probablemente les conducirá después a otras adicciones tan peligrosas como la primera.
Habría que incrementar los esfuerzos para que mayores y pequeños aprendiesen esa necesaria “educación para la ciudadanía”, que no se trata, como quiere resaltar esta nefasta oposición que tiene el actual gobierno nacional, de “un adoctrinamiento político”, sino de crear ciudadanos responsables, conocedores de sus derechos y deberes, honrados, educados y que aprendan a convivir. Habría que insistir para que, a falta de la escasa educación que reciben algunos alumnos en sus hogares, sea la escuela pública o privada, da igual, quien les enseñe a ser buenos, honrados y cultos ciudadanos, porque, la verdad, se observa una deriva enorme de irresponsabilidad y casi un deseo tácito de no asumir las funciones de padres, que podría ser peligrosa para el futuro de nuestra sociedad.
Ciudadanos que conducen con prudencia, que no estacionen, como hacen diariamente, en las paradas de las guaguas, sin que los responsables de evitarlo hagan nada; que se destrocen el mobiliario urbano; que permitan a los demás descansar y no convierten parques y calles en lugares ruidosos y peligrosos; que no se tolere que nadie arroje la más mínima porquería en playas, avenidas, vías y parques. Ciudadanos, en suma, que respetan el medio ambiente, que contribuyen a conservar la naturaleza, que se interesan por los hechos culturales de la más variada índole. Que sepan valorar lo bueno lo excelente que poseemos y sean a su vez críticos con lo que está mal o no se hace adecuadamente.
¿Ciudad cultural? Si, de acuerdo, pero tenemos antes que aprender todos, y aquí incluyo también a políticos, a ayuntamientos, a cabildos, a instituciones culturales y de cualquier otro tipo. Cada actividad debe realizarse en el lugar preciso. Numerosos ciudadanos no consideran acertado que, con la excusa de la celebración de un carnaval, se tome el parque de Santa Catalina como el centro de un jolgorio que dura toda la noche, con las consiguientes molestias a las personas que viven en la zona, o se alojan en los diferentes establecimientos del entorno y que tienen derecho al descanso. Ninguna corporación municipal ha pensado nunca en los ciudadanos que sufren esos ruidos y escándalos. Ni tampoco en construir un lugar, como por ejemplo el recinto de la Feria de Sevilla, donde puedan acudir las personas que los deseen, sin tener que perturbar a nadie. Nadie se opone a que la gente se divierta, pero si es posible (y creo que lo es) dentro de una orden. Eso también es cultura. La cultura del respeto que al mismo tiempo conserva nuestras tradiciones más ancestrales..
La cultura se respira incluso en todos esos mínimos detalles que he descrito, y que van también unidos a la hospitalidad, al bueno trato a nuestros visitantes, a la imagen que pretendemos dar en el exterior. Esa sería nuestra mejor propaganda.
Y hablando de las instituciones, poco favor le hacemos a la cultura cuando se permite que el Museo Canario, un verdadero templo de la antropología aborigen y de la cultura prehispánica, cierre sus puertas o reduzca al máximo su actividad, por falta de presupuestos. Es una verdadera afrenta a nuestra cultura.








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