“Se mueve siempre por encima del resto”
Siempre he confiado en la evolución de las especies. Gracias a ese milagro que poco a poco va sacando adelante la naturaleza todo es cambiante y sorprendente. Los monos se vuelven hombres, los lobos se tornan perros leales y los colores de las plumas de los pájaros se acaban confundiendo con los colores de las flores junto a las que han volado durante siglos. También me he encomendado a esa evolución para confiar en la mejoría de los comportamientos humanos. Uno sigue apostando por ese crecimiento que nos haga cada día más solidarios y más inteligentes; pero si levantas la vista no dejan de aparecer sátrapas, mezquinos y sinvergüenzas que se reproducen con más facilidad que las almas cándidas que no han roto nunca un plato. Si lo que triunfa es el insulto y la mentira, lo lógico es que a los niños que se crían viendo ese aberrante espectáculo multimedia no le podamos pedir que imiten a San Francisco de Asís. Querrán ser como cualquiera de esos descerebrados que se insultan en la tele a golpe de talonario. O eso, o meter goles y salir luego del vestuario enseñando cadenas y atusándose el pelucón.
Pero yo quería hablarles hoy de los pedantes. La verdad es que no sé cómo llega alguien a la pedantería en ese proceso de la evolución de la especies. No sé de qué animal ni de qué costumbre ancestral provendrá ese comportamiento tan altanero y vergonzante. En el mundillo de la cultura se da mucho ese espécimen siempre airado, con gesto adusto y con un tono de voz engolado que va soltando sandeces por donde quiera que pisa. Perdón, no pisa; levita y se mueve siempre por encima del resto de la gente. Seguro que ya tienen en mente algún grotesco personaje que se ajusta a esa descripción. No hace falta tirar de umbrales. Aquí en las islas tenemos a muchos de esos acomplejados que casi parece que nos perdonan la vida cuando hablan. No hace mucho coincidí con uno de ellos en un acto cultural que había programado un centro de enseñanza. Miraba a los alumnos como si fueran bichos molestos, y luego se dirigía a ellos como si él fuera inmortal y estuviera muy por encima de las necesidades fisiológicas de cualquier hijo de vecino. Yo preferí hacerme el invisible: es lo que siempre hago con los pedantes: si ven que no peligra su protagonismo no te atacan. Con los años sí he podido comprobar que los más grandes son casi siempre los más sencillos y los más campechanos, y que justamente cualquier escribiente de pueblo es el que se te pone pedante y altanero a las primeras de cambio. Allá ellos. Para mí merece la misma consideración quien escribe un verso que quien conduce la guagua, diseña los planos de mi casa o acaba de bajar de una sonda espacial. No sé quién les habrá dicho a todos esos mentecatos que son algo más que el resto. Lo único que consiguen es hacer el ridículo.
CICLOTIMIAS
La radio que se queda encendida en la madrugada acaba siempre sintonizando sueños imposibles.








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