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Como a escondidas

Viernes, 22 de Mayo de 2009
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Un día por la mañana sales tranquilamente a tu trabajo y dejas las calles que están junto a tu casa como han estado durante todos estos meses: raspadas por un tractor por una parte, las rejas de los imbornables a medio poner, por otro, etc. Llegas por la tarde de tu trabajo y, de repente, (apenas han pasado 10 0 12 horas) te encuentras las calles ya asfaltadas llegando, por algunas casas, hasta casi a la altura de la acera y, por otras, al mismo nivel. Ingenuamente algunos vecinos y vecinas, asombrados, van haciendo preguntas a algunos concejales, cargos de confianza y trabajadores de la empresa que, como a hurtadillas y a la carrera, ha hecho el trabajo como si tuvieran prisa por tapar algo o irse a otro lado donde les están esperando: ¿no nos dijeron que, antes de asfaltar, se iban a reunir con los vecinos y vecinas afectados para hablar del proyecto que tenían y cómo lo iban a ejecutar? ¿No ven que, si antes el agua entraba en nuestras casas, ahora entrará más porque el nivel de las calles ha subido? ¿Por qué tanta prisa?. La respuesta más altisonante, despreciativa y vejatoria para cualquier persona, y más para los afectados, fue la del cargo de confianza presente que dijo: “¡yo no tengo que reunirme con nadie ni tengo que dar ninguna explicación!” Alguien perteneciente o muy cercano a la empresa encargada del asfaltado daba prisa a los operarios y a los representantes del Ayuntamiento para que la obra se terminara lo antes posible. La Alcaldesa, que salía de almorzar con el fuera alcalde en su momento, decía a un vecino que el Cabildo iba a hacer un túnel por debajo de la carretera general que solucionaría el problema de desagüe del pueblo, pero ¿y de la barranquera que nos viene por la carretera y se mete en nuestras casas? José Juan Santana decía que esto no era asunto suyo sino de Borín. Ha sido todo un alarde de desaliento a la participación ciudadana y al desprestigio, si todavía cabe más, de los responsables políticos. Hoy he leído en este mismo periódico que la Alcaldesa y alguien más se han reunido con los vecinos del Pajar para explicarles las obras que se van a hacer en el barrio. Juan Grande también existe. Nos han dicho algunos vecinos de La Aldea que allí se ha bajado el nivel de algunas calles antes de asfaltarlas. Juan Grande queda a muy poco de allí. El miércoles pasado nos hemos reunido los vecinos y vecinas afectados en Juan Grande. Hemos analizado toda esta situación y nos hemos contado todo lo que ha venido sucediendo y diciéndose en la calle en torno a este problema. Sencillamente asombroso e indignante. De nuevo hemos hecho otro escrito al Ayuntamiento (y ya van unos cuantos desde el año 2001) para que, si están tan seguros de que con lo que han hecho el agua no nos va a entrar en nuestras casas, nos lo certifiquen por escrito los técnicos que han hecho el supuesto proyecto y los responsables políticos que lo han autorizado. También hemos decidido solicitar una reunión con los responsables del Cabildo Insular y hacer otro escrito al Diputado del Común. Así vamos escribiendo nuestra historia. La de Juan Grande, desgraciadamente, nunca ha dejado de ser una historia de olvido, abandono, desidia, cuando no de caciquismo, dependencias y sumisión. Ahora también de oprobio e indignación con la imposición de la cárcel, la continuidad del basurero, la machacadora, la Central Térmica y, si entre todos no lo remediamos, la regasificadora junto al Castillo del Romeral. Menos mal que la Demarcación de Costas ha comprado Juncalillo del Sur y, al menos allí, no se podrá hacer ninguna barrabasada más. Una historia que, estoy seguro, se puede retomar y rehacer a poco que aprendamos de todo esto que nos está pasando y nos esforcemos para que no nos vuelva a suceder.  A poco que aprendamos a querernos como pueblo y a sentirnos orgullosos de ello. A poco que nos ayudemos a aprender a caminar por nosotros mismos y a no hacer caso a los cantos de sirena que cada cuatro años nos llaman para que les votemos y que, como decía alguien de nuestro pueblo, olvidan cuando pasan de la gasolinera hacia abajo. A poco que hayan personas preparadas, coherentes y servidoras del bien colectivo a los que podamos elegir para que se dediquen durante un tiempo a los asuntos públicos. En definitiva, a poco que queramos de verdad. A escondidas sólo van los que intentan ocultar algo o a hacerse con lo que no es suyo.
Domingo Viera González
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