Es muy evidente hoy en día que el serio asunto de la inmigración o de la emigración, según de que lado del problema se analice, preocupa grandemente tanto a las sociedades más desarrolladas, entre otras la española, como también, y mucho, a la sociedad sudamericana, marroquí o la senegalesa, por poner tan sólo unos casos. Las naciones receptoras de emigrantes, que son aquellas dónde tantas gentes esperan ver realizados sus sueños y aspiraciones de una vida mejor y con futuro, están ocupadas en controlar los flujos migratorios y en cómo posibilitar la adecuada integración o asimilación cultural y social de los que llegan. Por el contrario, los dirigentes más responsables y con visión a largo plazo de los países de origen, observan preocupados cómo se marchan las personas más cualificadas, hipotecando el futuro de sus países por carencias de capital humano, aunque sea bien cierto que a corto plazo alivien la presión social y la miseria económica, mejorando sus economías de subsistencia con las remesas de los emigrantes. Esa misma situación se vivió en España hace ya unas décadas y en Canarias, en particular, se padeció de forma secular hasta hace bien poco.
Es razonable suponer que la mayoría de las gentes que eligen la emigración para sobrevivir, no desean abandonar su casa, su familia, sus amigos y sus raíces para ir a tierras extrañas en busca de la fortuna que su propia tierra les niega. No ven ningún futuro, ni presente, en el sistema económico y social donde han sobrevivido hasta ese momento, siempre tutelado por unos caciques locales más o menos corruptos, que desde este lado de la civilización nos empeñamos en asimilar a políticos cuasi democráticos porque una vez cada equis años les permiten poner un papelito en una urna y un sello de tinta en el dorso de la mano. Y esto también sucede en países que, sin razón, clasificamos como ricos porque tienen recursos naturales, materias primas en abundancia y además vemos a sus mandatarios despóticos alojarse, sin el más mínimo pudor, en Hoteles Ritz o tienen casa en Marbella o en la Costa Azul.
Simplificando el problema, puede decirse que hay dos grandes grupos de emigrantes, vistos desde la sociedad que los acoge. Uno de ellos es el de los que quieren romper definitivamente con su pasado, olvidarlo y enterrarlo para siempre en el fondo del infierno. No piensan en ningún momento en retornar. El segundo grupo lo forman los que piensan que su situación actual es pasajera y sueñan con volver al terruños que les vio nacer para vivir allí como nuevos ricos, con la secreta satisfacción de verse y sentirse entonces respetados, admirados y envidiados por aquellos mismos que le empujaron a emigrar. Sienten una mezcla de orgullo y rencor, que muchos no logran asimilar y puede empujarlos a transformarse en aquello mismo que odiaron en su juventud. El gallo nunca se acuerda cuando fue pollo, dice un refrán ancestral.
En general unos y otros intentan integrarse socialmente en su nuevo hábitat, pero no todos lo hacen, o lo intentan, de igual forma. Unos tratan de asimilar la cultura y los valores de la sociedad en que ahora se encuentran, procurando mimetizarse con el entorno social lo más posible. Pero hay otros que, aún no pensando retornar, si no logran satisfacer sus esperanzas a corto plazo pueden querer disimular y desviar esa frustración canalizándola a través de una exacerbación de sus odiados valores originales. En vez de cultivar todo aquello que une, potencian las diferencias. Y lo peor para ellos es que esta actitud, realmente disgregante y marginadora sin remedio, es apoyada y justificada por alguna ONG o algún grupo de caritativos bien pensantes, que dicen querer ayudarlos bajo la bandera de una falaz multiculturalidad mal entendida. El psiquiatra Luis Rojas Marcos tiene un excelente libro, La semilla de la violencia, donde analiza este problema en relación con los latinos, el llamado poder negro en Nueva York o los variados y emergentes "orgullos". O como escribe acertadamente Giovanni Sartori en su libro La sociedad multiétnica, al hablar de tolerancia y pluralismo: "la diferencia está en que la tolerancia respeta valores ajenos, mientras que el pluralismo afirma un valor propio". Analizar y diagnosticar correctamente el problema, es poner sólidos cimientos para, si no resolverlo del toso, al menos paliarlo en la mayor medida posible.
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