La mediocridad es la pandemia de nuestros días. Los mediocres están en todos lados, en puestos de responsabilidad de la empresa, de las instituciones y, por encima de todo, de la política. La persona mediocre lleva su nariz pegada al suelo y es incapaz de elevar la mirada. Está convencido de que es mejor que el resto y se pasa la mayor parte del tiempo rodeándose de personas aún menos capaces o viendo la manera de arrinconar y ningunear a cualquiera que pueda hacerle sombra.
Los mediocres son como una masa silenciosa que se mueve aunque no haga ruido, porque esa no es su estrategia. Los mediocres no llegan a pensar tanto. Pero eso sí: se camuflan tras su mediocridad, su actitud burda, su ignorancia y su mala educación, y desde esas trincheras comunes atacan. Atacan con alevosía, tozudez, ignorancia y estupidez, pero no con inteligencia. Eso sería demasiado para ellos. Algunos incluso pueden llegar a parecer listos a veces, pero se les desenmascara fácilmente.
El mediocre es ambicioso y soberbio y cree que es capaz de conseguir lo que se proponga porque piensa que si ha llegado tan arriba sin especiales conocimientos, ni esfuerzo, podrá seguir subiendo uniendo para ello en la proporción precisa la adulación y la traición.
La mediocridad impide el desarrollo de las personas realmente válidas, pues las que no son apartadas violentamente del camino terminan por irse asqueadas de tanta indolencia. La mediocridad tiene la capacidad de hacerse cada vez peor, un mediocre siempre dejará paso a otro más mediocre aún.
Los mediocres que están al frente de empresas sólo desean conseguir el mayor beneficio con el que poder justificar sus desmedidos ingresos, pero no buscan un futuro despejado para la empresa, no ponen las bases sólidas en las que asentarlo, no dan a sus clientes lo que prometen, sus productos no tienen la calidad que anuncian y las cualidades y ventajas de los mismos no son más que un espejismo creado por una publicidad bien diseñada y que se ha convertido en un objetivo en sí misma. Sólo hay que ver el hincapié que hacen algunas empresas en sus departamentos de atención al cliente y lo terriblemente mal que funcionan la inmensa mayoría de ellos, sean del sector que sean.
Del mismo modo, los políticos mediocres dan a los electores eslóganes y promesas en lugar de gestión y proyectos. La propaganda política se ha convertido en un fin en sí misma y cada acción de gobierno o de oposición no se mide por los beneficios sociales que pueda producir, sino por los votos que pueda atraer o los que le pueda quitar al adversario.
Cuando un mediocre alcanza el poder, aspira únicamente al saldar sus deudas con aquellos que le agraviaron por el sólo hecho de ser mejores que él; por eso, tras su paso sólo queda desolación. En su pequeña y retorcida mente, disfrutan de antemano de uno de los pocos placeres que se permiten, y es el imaginarse la caída del pedestal que están intentando socavar. Lo que no saben es que ese mismo pedestal, si cae, puede caerles encima. No son tan listos para preverlo y nunca lo serán.
A los mediocres de los partidos políticos no les importa dejar en la cuneta ideas y personas y aupar a quienes, sin tener más mérito que haber caído simpático/a, aparecen por los partidos sobre todo si esos partidos pueden tener alguna parcela de poder.
Instalados en su Olimpo particular los mediocres de la política piensan que los demás se equivocan y cuando algún grupo de afiliados comienza a cuestionar su mediocridad, montan en cólera y empiezan a declarar herejes a todos los que osan poner en entredicho sus actuaciones, sin darse cuenta de la falta de respeto que se comete con todos los afiliados de su partido a los que el único mensaje que les llega es el de la existencia de familias que pretenden repartirse un territorio como si de mafias se trataran. Es lamentable que esto ocurra porque la ciudadanía puede perder la confianza y el respeto no sólo a los partidos políticos sino también a las instituciones que algunos de estos mediocres representan.
A los mediocres y a sus vasallos hay que renovarlos y hacerles ver que los partidos políticos son algo muy importantes para la democracia. Y esa renovación, que ellos pueden llamar purga, es necesaria que se haga porque los partidos políticos son algo vivo, dinámico que tiene cada día que adaptarse a la realidad cambiante de la sociedad y tratar de dar las respuestas adecuadas a las necesidades que esa sociedad plantea.
Es necesario dejar atrás esa actitud y mostrarse abiertos a la crítica constructiva, tener la suficiente gallardía para reconocer los errores y si, a causa de esos errores, hay que dimitir se dimite de forma serena, haciendo mutis por el foro La condición humana tiene estos defectos pero ello no supone hacerse el ciego, el sordo o el mudo. Es necesario ser conscientes que los vasallos son una pena para los partidos políticos y los mediocres una vergüenza. Y unos y otros son un cáncer que es capaz de destruir las estructuras más firmes.








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