Con el título de "Los mitos actuales al descubierto", (Ed. Libroslibres, 2008, ISBN: 978-84-96088-78-8), el Vicedecano de Ciencias Políticas y profesor de Sociología de la Universidad Abat Oliba CEU, Javier Barraycoa Martínez, ha publicado un excelente libro que, a mi modesto entender, debiera ser estudiado con atención para empezar a vislumbrar la cantidad de medias verdades y mitos que el pensamiento dominante y excluyente ha logrado colar en nuestras mentes sin el más mínimo pudor ni rigor científico o intelectual.
En su capítulo 1, "La mentira sistemática", el autor razona: "Hoy por hoy, las técnicas televisivas se han perfeccionado hasta límites insospechados. Las televisiones se disputan buenos presentadores de informativos. Son sabedoras de que la personalidad y el aplomo para contar las noticias acaban sustituyendo el contenido de la propia noticia. La técnica del 'teleprompter' ─o texto visionado─ permite que el presentador pueda leer las noticias confiriéndoles seguridad y certeza... Además los guiones de los telediarios se ven salpicados por expresiones tales como 'los expertos avisan...', 'los científicos han descubierto...', 'una encuesta revela que...', 'la ciencia confirma...'. Sin el menor rubor, ni posibilidad de contraste, el discurso de los informativos provoca que el televidente vaya asumiendo comentarios, opiniones e interpretaciones de la realidad sin el más mínimo esfuerzo crítico hacia las fuentes".
Siendo la televisión para la gran mayoría de los ciudadanos la principal fuente de información, cuando no la única vía, sobre los acontecimientos relevantes o banales que afectan a nuestras vidas, no es por casualidad que todos los partidos políticos se hayan puesto tácitamente de acuerdo y compartan una actitud liberticida y totalitaria en lo referente a la televisión y, en gran medida, también a la radio, medio éste de gran influencia en la conformación de la opinión pública. Así como casi cualquier persona o grupo puede imprimir algo y distribuirlo, no puede hacer lo mismo con una emisora de radio o televisión, que sólo podrá emitir legalmente si es autorizada en unas más que discutibles concesiones. O, como ha sucedido en España desde hace años, si el poder político, del signo que sea, mira para otro lado, algunas veces porque les favorece y otras por el temor a ser acusados de atentar contra la libertad de opinión. Aunque tengo para mí que eso último poco les importaría si tuvieran la certeza de que los votos que ganarían silenciando a la oposición fueran más numerosos que los que perderían si la opinión pública fuera consciente de tal desfachatez.
Un ejemplo actual y obvio de tal actitud por parte de los partidos políticos en contra de la pluralidad informativa y de la libre concurrencia en el mercado de las ideas, todos ellos sin excepción, está en las judicializadas concesiones de licencias para emitir en la TDT. Entre las ventajas que ésta tiene frente a las televisiones analógicas, o a la FM y OM para la radio, según puede leerse en las páginas Web oficiales www.impulsatdt.es/ y www.tdtcanarias.es/, es que "la digitalización de la televisión permite usar de forma más eficiente el espectro radioeléctrico, incrementando el número de canales disponibles. El resultado más visible para los espectadores es un incremento en la oferta del número de canales". Si esto es así, al margen de la motivación real y la oportunidad del apagón analógico, ¿por qué se han quedado sin concesión tantas emisoras que hoy están ofreciendo al público sus programas sin casi ningún tipo de problemas radioeléctricos? El resultado real será que el espectador podrá ver menos canales locales que los que ahora puede sintonizar. ¿Quién se beneficia de esto?
Y volviendo a la manipulación de la televisión, es curioso comprobar cómo hoy en día no suele abrir un telediario la noticia más relevante del momento, desde un punto de vista lo más objetivo posible, sino aquella que ofrece la imagen más impactante, aunque su importancia sea poco o nada relevante para la mayoría de los teleespectadores. Incluso, aquello que nuestras madres y abuelas nos enseñaban, que había primero que saludar cuando uno se dirigía a otras personas, se pospone para después del primer o segundo titular de apertura. Otra vez la fachada y la forma "postmoderna" gana al fondo y a la buena educación.
Pero, lo que es aún más grave, en muchos de los mal llamados debates televisivos, suele primar la ideología y el pensamiento políticamente correcto sobre el razonamiento. Con grandes aspavientos e insultos o descalificaciones zafias, ante la indiferencia o la complicidad del presentador, que no actúa como moderador sino alineado con un bando, a la vez que jaleados por los aplausos que pide el realizador al público presente en el plató son, falaz y torticeramente, rechazados los argumentos de unos frente a los más políticamente correctos de los otros. Esto hace que muchas personas, especialistas en algún tema, prefieran no asistir a esos programas, privando a los espectadores de un debate serio y fundamentado, no a base de eslóganes políticos o pseudo científicos. Como muy bien afirma Elisabeth Noelle-Newnann en su clásico libro "La espiral del silencio" (Ed. Paidós ISBN 84-493-0025-8, reedición año 2003) que "en las sociedades democráticas se generan silencios colectivos que permiten la extensión de un pensamiento dominante. El miedo a quedarnos aislados por nuestras opiniones lleva al asentimiento público ante ciertas ideas y al silencio sobre otras. Así, lo que muchos critican en el ámbito privado no lo suelen exponer en público". Pero, sobre este serio asunto, se volverá en otra ocasión, si el tiempo y lo políticamente correcto lo autorizan.
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