Se acerca a galope tendido el tiempo en que los empresarios y los profesionales serán llamados a votar en las Cámaras de Comercio y se vuelve a constatar que tanto el poder político como el empresarial no se han atrevido, ni se espera que hoy se atrevan, a reformar y plantar cara a una de las pocas instituciones que aún sobreviven a la Constitución, ancladas en modelos de encuadramiento forzoso y tan vetustas como de dudosa utilidad mayoritaria, al decir de muchísimos paganos obligados a mantenerlas económicamente, en las que no ha entrado, ni dejan entrar los de siempre, la lógica, el verdadero control democrático y la puesta al día, tan necesaria como de sentido común.
Aunque no todas las Cámaras son iguales, algunas de ellas están controladas por un pequeño grupo de personas que parecen preferir las subvenciones al trabajo empresarial creador de riqueza. Hace ya algunos años en el Hotel Santa Catalina, Suárez Gil, en su discurso de toma de posesión como presidente dijo algo que muchos políticos presentes aplaudieron con aparente fervor: “hay que quitarle a Andalucía ese río de dinero que va a África”. Durante su mandato, conviene recordar, hubo tales tensiones que la pelea acabó con un cisma de las otras dos islas de la provincia.
En pleno fragor de la batalla, ahí están las hemerotecas en papel y en Internet para comprobarlo, los promotores de la Cámara de Lanzarote lo tildaron de “vividor y mentiroso”.
Como ningún cambio se produce de forma espontánea, la redefinición de las estructuras para beneficio y provecho de todos, sus fines y su papel en el siglo XXI, así como la libertad de afiliación, debería ser liderada por las propias víctimas que padecen y soportan la trasnochada y “friki” situación. Los empresarios en cabeza, denunciando situaciones anómalas dentro y fuera de Canarias con datos, nombres y apellidos. Aunque ellos, por miedo ese miedo reverencial y con frecuencia justificado a todo y a todos que les atenaza en su relación con los poderes públicos, prefieren pagar el recibo a regañadientes y llorar quejosamente por las esquinas a la espera de que otros émulos del Alcalde de Móstoles o de Agustina de Aragón les insuflen la dignidad colectiva y el valor necesarios para reaccionar contra el Napoleón de turno y sumarse a la insurrección o a la insumisión, aunque algunos puedan caer en un segundo Dos de Mayo.
Apoyando a los empresarios estaría el poder político, removiendo las dificultades legislativas y los viejos reglamentos para reconducir hasta la normalidad democrática a las obsoletas, costosísimas y gastonas Cámaras de Comercio. Si me apuran, la eliminación del pago obligatorio a las Cámaras podría incluirse como otra de las medidas del Plan “E” de Zapatero para apoyar a las empresas sin coste para el erario. Ésta sí que llegaría realmente a los empresarios mucho antes que vagas promesas y sin necesidad, espero, de tener que colgar grandes carteles de agradecimiento a la puerta de los negocios ni rellenar cientos de papeles destinados a comisiones de aprobación, en las múltiples acepciones que admite en castellano la palabra.
En mayo de 2007 publicaba un artículo con el nombre de “Hacia unas nuevas Cámaras de Comercio”, y que por su actualidad me permito cortar y pegar dos párrafos:
“Conviene hoy recordar que, entre otros muchos, había tres frentes abiertos en las Cámaras. Uno, el papel que éstas deberían cumplir en el siglo XXI. Dos, la afiliación voluntaria y no la obligatoriedad de encuadramiento y cotización para asuntos que sólo benefician a unos pocos. Y tres, la descentralización de las elecciones, que no parecen querer ya que es más fácil hacer maniobras cuando la abstención supera el 95% y cuando, con dinero contante y sonante, se puede controlar el voto por correo. Por cierto, parece un misterio de Fátima el poder conocer el texto que lo regula, y que creo que debería incluirse en la Orden de convocatoria electoral.
Mantener la ficción de que las Cámaras son representativas de algo o de alguien porque lo dice un papel, será legal pero es también obviamente liberticida y recuerda la representatividad que se atribuía a los sindicatos verticales o a los Diputados en Cortes”.
Cuando se contempla la actividad real y los personajes que aparecen en las fotos, aunque hay algunos de ellos que los jerifaltes prefieren que se “retraten” lo mínimo imprescindible, más que llamarles representantes “camerales” habría que denominarlos “camareros”, pues sirven con fruición e inmerecido celo a un amo y señor, avalando con su presencia o buscando votos por correo en las elecciones. ¿Y qué dicen a esto las asociaciones empresariales y los partidos políticos? Cuando alguien lo sepa, por favor, que nos lo cuente a todos. Después juzgaremos si es un buen relato navideño y no otro cuento chino, (es frase hecha y no un artículo de las tiendas de todo a un euro).








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