Me uno a las voces que muestran su indignación ante el vil asesinato de Ignacio Uría, un empresario vasco, un hombre del pueblo, hecho a sí mismo, basado en el esfuerzo y el trabajo, que por decisión de la banda mafiosa ETA no tenía derecho a vivir. Las alimañas han vuelto otra vez a salir de sus madrigueras para decidir quien tiene que vivir y quien no. Ellos son así. "Sus valientes" muchachos, tal vez descerebrados, vuelven a utilizar sus pistolas ante un hombre desarmado e indefenso. ¡Vaya gloriosa lucha para defender la independencia de Euskadi! A las alimañas hay que cazarlas porque son muy dañinas.
Los partidos demócratas y los ciudadanos honrados y amantes de la paz, o del diálogo, o de las conversaciones o negociaciones, o todo lo que sea razonable, antes que la violencia, se han aprestado a condenar este crimen execrable. Todos menos los que creen que pueden doblegar al Estado de Derecho con esta violencia cobarde. El partido ANV que es el que manda en Azpeitia, apoyado hasta ahora por un partido más o menos constitucional, como es EA, no ha reprobado este atentado.
Es hora de que esta democracia tan convulsa que hemos iniciado apenas hace treinta años, experimente una catarsis, una lavado integral que nos lleve a la transparencia, al respeto por la vida y la dignidad humana y a una gestión seria y responsable de quienes han sido elegidos para llevar a cabo esa labor. No puede haber en las instituciones democráticas quienes apoyan a asesinos, los consentidores, los que pecan de omisión o se inhiben ante estas barbaridades, ni tampoco quienes aprovechan sus cargos para promover asuntos turbios, e incluso esté imputados en presuntos o no presuntos delitos.
La bella villa guipuzcoana de Azpeitia, situada en la confluencia de los ríos Régil y Urola, pertenece a un encantador valle por el que se extienden los prados, los terrenos agrícolas, y diversas e importantes industrias, así como pintorescos caseríos. Pero dentro de su prosperidad tiene la desgracia de ser gobernada por gente que no cree en el diálogo, en la paz y en la armonía. En una gente que a estas alturas piensa que por una ideología, por una religión, por el fanatismo, o por una doctrina filosófica se puede matar... Pero han convertido a Euskadi en una tierra donde la libertad está condicionada. Muchos tienen que vivir con una guardaespaldas a su lado todo el día, y los que no lo tienen y son "fichado" por ETA, pueden sufrir el riesgo de que los "ajusticien", como le ocurrió a Ignacio Uría, un vasco, que solo quería disfrutar de su existencia y trabajar por su tierra.
Cerca de Azpeitia está Loyola, el santuario que se levantó donde nació un paisano de esta tierra que sería santo, San Ignacio de Loyola. Una persona que iba a enseñar, siguiendo las enseñanzas cristianas, precisamente lo contrario de lo que hacen estos asesinos del gatillo fácil y desprovistos de conciencia. O sea la hermandad, la caridad, el perdón, la reconciliación, el amor al prójimo y el respeto a la vida.








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